Editorial

Hay que fijarse bien


Resulta admirable ver a parejas de abuelos que celebran 40, 50, 60 y más aniversarios de matrimonio.

¡Fíjese bien! es el consejo que solían dar, con frecuencia, los padres y abuelos de antaño a los jóvenes que, bajo efectos emocionales del enamoramiento, consideraban casarse con esa persona tan especial, tan perfecta, tan aparentemente hecha a la medida. Y todavía existen padres que advierten sobre la necesidad de poner atención a ciertos giros de carácter, actitudes y súbitas conductas del pretendiente o de la pretendida. El afán es tratar de que la pareja encauce su convivencia en una ruta de estabilidad, unión y metas conjuntas, a fin de constituir una familia que sea la comunidad básica de amor donde se procrean nuevas personas.


Lamentablemente, las dinámicas mediáticas, los influjos culturales, las codependencias y condicionamientos psicosociales, la banalización de la sexualidad y hasta las presiones laborales o económicas no siempre permiten una configuración serena, reflexiva y empática del nexo de pareja. En fin, sobre este tema se han escrito toneladas de libros, hay miles de horas de conferencias en línea y no existe una panacea universal para el corazón ansioso de amor.
Pero las estadísticas no mienten: en Guatemala se reduce la cantidad de matrimonios civiles registrados y aumenta la proporción de divorcios. Quizá no a los niveles de otras latitudes, pero sí en mayor cantidad que hace unas décadas. Las instituciones educativas pueden aportar algunos criterios, las iglesias brindan otros y en el seno de las familias sigue apareciendo el antiguo consejo.


Ciertamente, el machismo, la violencia intrafamiliar mayoritariamente padecida por mujeres, mas no exclusivamente, y las presiones cotidianas constituyen algunos de los mayores valladares para la duración de la convivencia conyugal. Se cuentan por miles, cada año, las denuncias de agresiones verbales, físicas, psicológicas y económicas. Pareciera que el amor termina a golpes, pero es muy probable que no haya sido amor desde el inicio: al menos, no recíproco, no comprometido y a menudo no jurado ante una autoridad civil o religiosa. El miedo al compromiso parece ser uno de los grandes males de la juventud actual, sin darse cuenta de que la gran riqueza y el gran sentido vital está en la complementariedad y la donación de sí.


Los enamorados hablan de amor, pero el amor no solo está hecho de expresiones físicas y verbales de afecto. Porque esa ilusión tan hermosa e idílica debe resistir los vientos huracanados de la rutina, el tiempo y, sobre todo, los defectos de la otra persona compartidos en el espacio cotidiano, al igual que sus cualidades.


Resulta admirable ver a parejas de abuelos que celebran 40, 50, 60 y más aniversarios de matrimonio. Son la mejor prueba de que la vida en pareja no tiene que ser perfecta, pero sí aspirar a serlo. No siempre se logra, pero a veces se consigue ese punto de equilibro a través de la conversación, de la atención al detalle, de la sabiduría de la experiencia y hasta del aprendizaje a partir de los errores, ajenos o propios. Es allí donde entra la disposición al perdón, que no se trata de una tolerancia acrítica, sino de un acuerdo de mutuo ejercicio alternativo. Así también es necesaria la sinceridad de poder expresar aquello que no fascina tanto de la otra persona y que incluso contraviene las propias convicciones. Pero eso nos lleva de vuelta al legendario y siempre válido consejo de dos palabras: ¡Fíjese bien!

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