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Hay vidas delante y detrás de un volante

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Con la Semana Santa llegan los días de devoción para miles de guatemaltecos que concurren a actividades religiosas, católicas o evangélicas, en busca de un enriquecimiento espiritual y de momentos de reflexión, motivados por la conmemoración de la pasión y muerte de Jesucristo, que son los hechos que fundamentan esta esperada pausa anual precedida por la Cuaresma.

El descanso más prolongado del año es aprovechado, por otros tantos miles de personas, para viajar a sus lugares de origen o trasladarse a destinos turísticos del país, sobre todo playas y balnearios, que se ven abarrotados en un ambiente de relajación y jolgorio que a la vez tiene una importante derrama económica para las comunidades y también para diversas industrias.

La masiva movilización de vehículos particulares y de transporte público motiva dispositivos gubernamentales de seguridad y prevención que no dejan de tener un componente de publicidad pero que, al fin y al cabo, insisten mucho en la moderación en la velocidad, la prohibición de conducir en estado de ebriedad, la revisión del óptimo estado de los automotores y el respeto a las normas de tránsito. Es en este punto donde se necesita resaltar que, si bien en estos días puede haber un repunte en la cantidad de percances viales, el riesgo persiste a lo largo de todo el año y prueba de ello son recientes tragedias como la ocurrida en Nahualá, la noche del 28 de marzo último, la cual dejó 18 fallecidos; justo al día siguiente, un autobús se accidentó en esa misma localidad y causó decenas de heridos y una víctima mortal.

En septiembre de 2016 se aprobó una ley para regular el transporte colectivo y de carga, según la cual se debía instalar un dispositivo en este tipo de vehículos para que su desplazamiento no supere los 80 kilómetros por hora. Tal cambio no ha sucedido, debido a que la implementación de la norma quedó en un limbo entre la necesidad y la posibilidad, entre el peligro colectivo y los intereses de transportistas. Muchos autobuses recorren precipitadamente las carreteras del país, rebasan en curva, conducen en doble fila o contra la vía, en un afán riesgoso para todos. Pero no solo ellos, en la capital microbuseros conducen a su sabor y antojo, sin supervisión municipal alguna. El domingo último, una absurda competencia entre conductores terminó con una pasajera muerta y varios heridos, por una brutal colisión.

Tan solo en el 2018 hubo dos mil 644 fallecidos a causa de accidentes viales: más de la mitad de ellos, peatones o ciclistas; el resto, conductores y pasajeros: siete muertes diarias en promedio a causa de la imprudencia, la impericia o el simple descuido, pues a veces los percances obedecen a fallas mecánicas prevenibles.

El sistema de prevención oficial en carreteras es un programa necesario para la Semana Santa, pero también para todo el año. No debe consistir solo en campamentos de auxilio mecánico o médico, sino en una permanente campaña de conciencia sobre la responsabilidad que implica conducir un vehículo, ya sea particular o de transporte colectivo. Un segundo componente radica en la actitud. Toda persona al volante debe cumplir los requisitos de ley, pero además poseer el valor moral de respetar el derecho ajeno, la cortesía para ceder el paso, la valentía de tener paciencia en una congestión y el sentido común para ver en el retrovisor los ojos de los pasajeros cuyas vidas dependen de su buen juicio.