Editorial

La huella de los auténticos maestros

Archivado en:

editorial

En la vida de cada guatemalteco hay huellas positivas, indelebles y entrañables de maestros de primaria, secundaria o diversificado, de alguna materia específica o un oficio: una etapa de aprendizaje que transcurrió en una rutina de aulas y recreos, jornadas de mañana, tarde o noche, en un plantel público o privado: un plazo temporal durante el cual un empleo docente se convierte de un simple trabajo a una misión trascendental, un apostolado, un servicio público vital que a pesar de desarrollarse en grupos, tiene su importante dosis de personalización.

Precisamente esta vocación por la enseñanza se ha refrendado en múltiples y creativas formas en los últimos cien días. La restricción de actividades colectivas dejó vacías las aulas o más bien rompió sus muros y las tornó virtuales: las redes sociales y las plataformas digitales se han llenado de explicaciones, preguntas, soluciones y nuevos desafíos pedagógicos, en el ciclo vital e ineludible de alimentar los intelectos que más temprano que tarde se unirán a la población productiva, en una coyuntura económica global que se augura desafiante.

La mayor enseñanza que tantos educadores brindan en estos tiempos de calamidad sanitaria es el espíritu de innovación con el cual hilvanan, con ayuda de la tecnología, pero sobre todo en virtud de su experiencia, el delicado hilo de la atención infantil y juvenil para generar conocimientos relevantes, pertinentes y duraderos. Si bien es cierto que desde hace tres lustros se ha empujado una renovación educativa, en cuanto a metodología y pénsum, la adversidad del coronavirus representó una paradójica oportunidad para cambiar el paradigma tradicional, fomentar la deducción y la aplicación de los contenidos.

La planificación de las sesiones virtuales, preparación de ejercicios y la dosificación de asignaturas son acciones fáciles de listar, pero que entrañan horas de concentración y esfuerzo silencioso. Ello se desarrolla a pesar de limitaciones de conectividad por obvias razones económicas o bien por reducido espacio en sus respectivos domicilios. Y sin embargo, enseñan. En silencio, sin afán de protagonismo, pero con total disposición de servicio se puede imaginar a esa maestra de preprimaria, por ejemplo, en pleno esfuerzo diario de planificar la exposición, el juego o el ejercicio para explicar las primeras sumas o restas, el sonido de las consonantes o conceptos abstractos básicos como dentro y fuera, arriba y abajo, correcto o incorrecto: tan elementales, tan básicos.

Es necesario recopilar, valorar y sistematizar las experiencias educativas exitosas, en múltiples circunstancias sociales, culturales y lingüísticas, para poder multiplicarlas y adaptarlas a futuro, más allá de la pandemia. Es claro que el acceso a internet y a dispositivos tecnológicos será uno de los grandes retos, pero también una de las grandes esperanzas para hacer más eficientes, menos tediosos y más productivos los procesos didácticos.

¡Gracias a los buenos maestros de Guatemala, en todo nivel del sistema educativo! Gracias a los que enseñan música, a los que enseñan educación física, a los que explican matemática y también literatura, al que camina kilómetros para llegar hasta aldeas sin conexión digital. Su servicio es la construcción de mejores guatemaltecos, el fomento de mentes abiertas al cambio y la evolución. Ciertamente hay personajes que se han valido de la Educación para convertirse en negociantes, en traficantes de apoyos y hasta en cuñas útiles a los politiqueros de turno. Ellos también enseñan: lo que un verdadero maestro no es.