EDITORIAL

La inteligencia debe ser el mayor activo del país

El mensaje ha sido repetido y vuelve a ser claro, estentóreo: la educación es el único camino al desarrollo. Es probable que no lo puedan o no lo quieran entender quienes vivan de ansias autocráticas, pero eso no le resta un ápice de veracidad; la formación escolar y universitaria de calidad en todos los niveles es la única vía sostenible para combatir la pobreza, el desempleo y el subdesarrollo que aún lastra el destino de millones de guatemaltecos.

Es posible que sea esa misma sinrazón la que subyace debajo de la permisividad con la cual se permite fomentar la mediocridad a ciertos dirigentes magisteriales empecinados en privilegiar la inercia en lugar de la innovación, las conveniencias cortoplacistas en lugar de la visión estratégica, los pactos sindicales oscuros en lugar de la renovación metodológica y paradigmática del proceso de enseñanza aprendizaje.

Basta observar la trayectoria del científico guatemalteco Julio Gallegos, participante en el más reciente hito de la investigación espacial, el desarrollo y despliegue del telescopio James Webb, para constatar una vez más el potencial enorme del talento guatemalteco y el papel clave de las oportunidades de formación académica a una escala masiva. Gallegos participa en el análisis de miríadas de datos para generar imágenes estelares que permiten descubrir los confines del universo. Aunque se trata de astrofísica de última generación, no es una ciencia alejada de la dinámica cotidiana. Por el contrario, cada nuevo hallazgo y también cada dispositivo utilizado en este tipo de estudios forman parte ya de avances que están al servicio de la humanidad en el plano médico, de transmisión de datos o desarrollo de imágenes.

Impulsar tales tecnologías e inquietudes en los jóvenes debería ser tarea prioritaria para las autoridades de educación. Tristemente, es improbable un golpe de timón en la política educativa pública a un año, cuatro meses y 21 días del fin del período presidencial de Giammattei Falla, toda vez que decidió venderla por un pacto colectivo avieso y lesivo que abdicó de la evaluación real de calidad docente. Y no es que todo el cuerpo magisterial del Estado sea malo; hay muchos maestros dedicados, comprometidos y que anhelan un cambio cualitativo. Sin embargo, es necesaria la actualización en contenidos y equipamiento en infraestructura y tecnología para poder responder a las exigencias del entorno laboral local y la competitividad global.

No se trata solamente de graduar gente con un título de cartón. Se trata de formar personas con capacidades de razonamiento, deducción y propuesta analítica, creativa o sistemática lo suficientemente innovadora como para poder abordar los retos cambiantes de la productividad contemporánea. Justo en este punto encajan las inquietudes y propuestas del científico Gallegos: generar una actitud proactiva en la docencia y el estudiantado.

En los preludios de la campaña electoral, que ya se adelanta con sus bullicios y ofrecimientos desaforados, no debería haber más de tres grandes objetivos comunes, con los cuales todo candidato debería comprometerse: erradicar la desnutrición como parte de un programa de salud preventiva de calidad, desarrollar un sistema de infraestructura visionario y generar una transformación educativa que haga de la inteligencia infantil y juvenil un potente activo económico. Solo a través de la inteligencia se puede pensar en una Guatemala mejor, a menos que detesten la inteligencia, como ha ocurrido en tantos períodos de la historia pasada.

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