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La otra niñez víctima de la migración

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El drama migratorio presenta una sucesión diaria de imágenes de personas que han emprendido un camino incierto hacia un sueño de mejores ingresos y más desarrollo para sus familias. Una de las facetas más recientes y dolorosas es la de grupos que llevan menores de corta edad, sujetos a avatares, precariedades y agonías. En muchos casos no es precisamente por un afán de unidad familiar, sino porque tratantes de personas han difundido el rumor de que al llevar consigo a menores tienen más posibilidades de lograr un permiso de entrada a EE. UU., lo cual constituye una total falsedad. No obstante, la gente lo cree, y así lo evidencia el hacinamiento en campamentos de migrantes detenidos en puntos fronterizos de dicha nación, en donde madres, padres y niños comparten un encierro por tiempo indefinido. Lo mismo sucede con aquellos grupos que esperan un improbable asilo desde el lado mexicano de la línea limítrofe.

Pero existe otra situación, también relacionada con la migración y la niñez, que tiene mucho más tiempo de ocurrir y que también implica una continua victimización infantil: los menores que se quedan al cuidado de abuelos, hermanos u otros familiares cuando uno o ambos padres han emigrado a Estados Unidos en busca de mejora económica, a un altísimo costo.

Esta realidad es experimentada a diario por incontables infantes en áreas rurales y urbanas de todo el país. Se trata de un drama silencioso del cual nadie se ocupa, puesto que ni siquiera existen análisis municipales, regionales o nacionales al respecto, mucho menos un seguimiento sobre los efectos de esta situación que los expone a sufrir agresiones, vejámenes o simple descuido.

Con toda certeza se puede afirmar que padecerán de secuelas emocionales, puesto que, según estudios de Unicef, la ausencia de los padres genera sentimientos de abandono, indefensión y pérdida de autoestima, de un cuadro compartido también por aquellas familias cuya ruptura se deba a otras causas. Los pequeños se ven impactados por síntomas sicosomáticos, ausentismo escolar, introversión, dificultades de comunicación y aprendizaje, e incluso síndromes de culpabilidad ante algo que no se pueden explicar pero cuyas consecuencias viven a diario. De hecho, esta situación constituye uno de los factores que dieron origen a la expansión de las pandillas, aunque no se trata del único.

Lo más lamentable es que a pesar de las décadas que lleva el fenómeno migratorio, agudizado en los últimos años, ningún gobierno le ha dedicado atención a este sector de población. Generalmente son los maestros quienes se enteran y tratan de subsanar, en la medida de sus posibilidades, este sufrimiento silencioso de los pequeños. Pero se necesita de verdaderos programas de sensibilización y atención profesional a los pequeños que de un día para otro se encuentran solos frente al mundo.

La precariedad económica, la generación de nuevas oportunidades y el impulso del desarrollo constituyen tarea pendiente de todos los sectores, pero sobre todo de los gobiernos, que llegan precedidos de ofrecimientos electoreros y estratégicos, pero que luego se desvían por otros intereses y pretextos. La indiferencia hacia la niñez debe terminar, aunque esa pueda sonar como una esperanza ilusa, ya que si el Ejecutivo ha sido incapaz de reclamar con vehemencia por los menores migrantes fallecidos, que tienen nombre y apellido, ¿cómo va a amparar a aquellos cuya situación ni siquiera se preocupa por saber?