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Liderazgo ético debe marcar nueva normalidad

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Una de las más conocidas clasificaciones de liderazgo se basa en su origen: natural, aquellos que por sus características personales, trayectoria, iniciativas y ejemplo logran inspirar a otros para reflexionar y actuar; el segundo tipo, los posicionales, que son quienes por decisiones en las organizaciones, públicas o privadas, acceden a un puesto medio o alto desde el cual actuar con base en las potestades conferidas. En ocasiones, estas dos caras del liderazgo coinciden, y suele ser entonces que se consiguen auténticas transformaciones, procesos innovadores que renuevan a las compañías y también a las naciones.

Las grandes crisis ponen a prueba a todas las personas, pero sobre todo a los líderes, ya sea naturales o posicionales, aunque estos segundos suelen revelar su naturaleza cuando llegan a un punto en el cual se ven limitados, prácticamente compelidos, a utilizar mecanismos legalistas, coercitivos para efectuar la labor directiva y a veces para esgrimir excusas.

Todo líder precisa de un cariz ético, algo que por supuesto va mucho más allá de discursos moralistas, invocaciones a Dios o apelaciones a la normatividad. Hay tantos ejemplos de políticos que en tiempos electorales buscan impresionar con reclamos de probidad, con peroratas puritanas y hasta con versículos bíblicos, pero una vez en los cargos, exhiben su verdadera discrecionalidad. Ello no solo ocurre en Guatemala: figuras políticas quieren impresionar a los incautos parándose con una biblia en la mano frente a una iglesia a la cual nunca han asistido.

El verdadero líder sabe que es un modelo. No presume de ello, pero cuida de sus palabras y acciones. Habla con la verdad, no maquilla realidades ni acepta inexactitudes. Exige excelencia, porque sabe que es lo único que funciona para todos. Sabe que la confianza ciudadana depende de sus actos y de su capacidad de responsabilizarse por los mismos. Si tiene a otros jefes a su cargo, les demanda altos estándares de rendimiento y proactividad. No se hace víctima ni reparte culpas.

Guatemala ha padecido las consecuencias de individuos que han ocupado posiciones desde las cuales se han empeñado en beneficiarse y beneficiar a sus allegados. Mediocridad, falta de idoneidad y ausencia total de carisma han anquilosado objetivos. Tristes ejemplos de este deterioro son los programas contra la desnutrición que en más de 20 años no han logrado eliminarla, los programas de extensión agrícola que no han conseguido afianzar la seguridad alimentaria, el sistema de salud cuya mejora figura dentro de las metas de los primeros gobiernos de la era democrática y ya pasaron tres décadas y media. En el Congreso de la República han desfilado personas anodinas o agendas excluyentes. La próxima elección de magistrados de Corte Suprema y salas de Apelaciones será una ventana para comprobar valores y fidelidades, pues deberán votar de viva voz.

El liderazgo ético se manifiesta en las grandes acciones, pero también en los detalles; trabaja en equipo, pero no deja que la burocratización sea pretexto para injusticias como la de tener trabajando en la limpieza de un hospital de covid-19 a un grupo de guatemaltecos que arriesgaron su vida y de pronto los despiden por un requisito irrelevante, justo cuando ya se licita un contrato en que se tercerizará a una empresa. El liderazgo del presidente, del ministro, del viceministro, del director hospitalario se refrenda con la acuciosidad en las cifras de casos y decesos. Porque si en los momentos de crisis, cuando más valiosa es la exactitud en los datos, no se logran sistematizar: ¿qué pasará cuando llegue la inercia de la nueva normalidad?