EDITORIAL
Lo que le pase a Laguna del Tigre nos afecta
No solo se condena a la flora y fauna locales, sino a todo el conglomerado.
Para dimensionar el tamaño del Parque Nacional Laguna del Tigre, que forma parte de la Reserva de Biósfera Maya de Guatemala, se puede comparar su extensión con la de todo el departamento de Jutiapa: sí, más de 3 mil kilómetros cuadrados de naturaleza que sirve de refugio a especies como jaguares, pumas, tapires, guacamayas: en síntesis, 390 especies de aves y 200 de mamíferos. También existe un mamífero muy valioso, el más preciado e inteligente de todos, cuya vida depende —aunque muchos no lo crean— de la conservación de esta zona, como un fuerte regulador de los ciclos de lluvias y el clima. Por desgracia, parte de esta especie se ha dedicado a destruir e invadir, para dedicar estas tierras a cultivos o pastizales, a pesar de que este suelo no tiene vocación para ello.
Se supone que el Estado debe fortalecer la protección de esta joya natural, que podría regenerarse al cabo de unos cuantos años si cesa la actividad invasiva, promovida por bandas de narcotráfico, traficantes de especies protegidas y usurpadores de tierras que luego venden a incautos. Ya que usamos un ejemplo departamental para ilustrar su extensión, emplearemos otro referente para dimensionar el tamaño de la destrucción actual: un área como el departamento de Sololá se encuentra talada, quemada y bajo uso ilícito.
En este parque nacional abundan las pistas clandestinas. A pesar del combate de este ilícito y de los reportes de destrucción de tales campos, los destructores se internan aún más en la zona núcleo y deforestan más. El truco está en hacerles creer a las personas, falsamente, que existen “permisos” para el uso de la tierra. Tampoco hay campañas informativas de radio o medios digitales que alerten sobre estas estafas o del impacto ecológico.
Por desgracia, Laguna del Tigre no es la única reserva nacional bajo asedio. Durante décadas, los guardarrecursos de estos paraísos amenazados han denunciado incursiones de cazadores furtivos, taladores e invasores de terrenos, que son los principales causantes de incendios. Con frecuencia se trata de grupos armados, que ciertamente huyen ante la presencia del Ejército o de la Policía, pero los patrullajes son demasiado esporádicos y la vigilancia, demasiado primitiva. En estos tiempos que vivimos, sistemas satelitales permitirían detectar mejor las actividades ilícitas, pero se necesita conciencia, voluntad política y planes de largo plazo para salvar estas joyas, entre las que están los parques Mirador-Río Azul, Yaxhá-Nakum-Naranjo, Sierra del Lacandón y Nacional Tikal.
No se trata solo de impedir el acceso a la zona núcleo de la Biósfera Maya, sino de potenciar el ecoturismo sostenible en las áreas de amortiguamiento y usos múltiples, para que sean los propios pobladores parte del cuerpo protector de esta riqueza que mentes inescrupulosas y perversas intentan saquear. Existen ya modelos virtuosos como el de la comunidad Uaxactún, que el año pasado fue destacada en el listado Best Tourism Villages, de la ONU, por la calidad de experiencia brindada al visitante, la creación de oportunidades de desarrollo para los pobladores y por la conservación del entorno.
Se necesita una clara visión prospectiva para no solo promocionar destinos, sino trabajar con otras entidades estatales que aseguren sus condiciones de seguridad para el visitante y respeto a los ecosistemas. De seguir la inercia que ha golpeado a estas reservas de vida, no solo se condena a la flora y fauna locales, sino a todo el conglomerado que cada año padece los crecientes efectos del cambio climático. Lo que le pase a Laguna del Tigre nos pasará a nosotros.