Editorial

Ni la pandemia vence al espíritu de trabajo

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Gracias al trabajo de cientos, quizá miles,  de guatemaltecos, el país sigue en pie a pesar de los avatares de la pandemia. Trabajadores  de primera línea han entregado su mejor esfuerzo y en algunos casos han tenido que enfrentar la enfermedad: médicos, enfermeras, bomberos, proveedores de insumos, personal de limpieza y apoyo, químicos biólogos, conductores,   vigilantes. Pero no solo ellos, también hay miles, millones de  ciudadanos que a lo largo del año y a pesar de los efectos económicos, han puesto empeño en tantas ramas productivas para mantener a la Nación en marcha y llevar el sustento a sus familias: tenderos, motoristas, vendedores, distribuidores ruteros, gerentes, docentes de preprimaria, primaria, secundaria y universitarios; agricultores, comunicadores, obreros de la construcción, profesionales de  todas las ramas,  emprendedores —muchos de los cuales nacieron en plena tormenta y empujados quizá por la pérdida de un empleo—, artesanos, diseñadores, operarios de maquinaria, encargados de la prestación de servicio de electricidad o telecomunicaciones, migrantes que desempeñan diversas tareas lejos de sus familias para poder enviar remesas, cocineros, meseros, técnicos informáticos, empleados estatales y municipales que sí cumplen con sus obligaciones…

El sentido del trabajo tesonero ha abierto vías  innovadoras de ofrecer bienes y servicios, con el auxilio de la tecnología. La labor se ha extendido al hogar por razones sanitarias, pero siempre resalta ese  ingenio, esa chispa y ese   afán de mejora que caracteriza a la inmensa mayoría de guatemaltecos. Hay madres que    han emprendido la transformación digital y profesionales que han descubierto   campos adicionales a su especialidad, quizá acicateados por la necesidad monetaria, pero esperanzados por los rostros de sus niños.

Falta mucho por hacer, por supuesto, y buena parte de esa deuda se debe al deficiente o inexistente trabajo de individuos que ocupan curules y    cobran sueldos y dietas sin haber generado un solo dictamen constructivo, votando por dispendios con dinero ajeno y haciendo  contorsiones moralistas para parecer impolutos cuando en realidad solo son personajes de ocasión, aves de paso que lamentablemente dejan a su paso una huella improductiva. Hace falta una nueva ley de servicio civil, hace falta afinar la ley de trabajo a tiempo parcial, hace falta aprobar las alianzas público-privadas —que generarán más empleos a mediano y largo plazo—, hace falta la ley de competencia y tantas más. Son los antitrabajo que quieren salir de pobres sin carrera, sin talento y a golpe de oportunismo. A esos el 1 de mayo les queda grande.

La fuerza de Guatemala está en ese padre de familia que sale a la calle cuando aún no aclara la madrugada y que vuelve bajo las estrellas de una jornada de esfuerzo. El potencial del país está en esa empresaria que se decide a lanzar un nuevo proyecto pese a los nubarrones. La esperanza nacional no está en el politiquero barato que colecciona intentos, sino en  ese joven que estudia y trabaja —y que se desvela para estudiar porque no puede hacerlo a otra hora—.

No podemos dejar de mencionar en este día conmemorativo   a todos aquellos conciudadanos  que han perdido su fuente de trabajo por el impacto de la pandemia. El sector del turismo y la hostelería camina a medio motor. El gremio artístico en conjunto padece por el cierre de espacios y limitado aforo.  Empleos directos e indirectos se diluyeron y se recuperan poco a poco. Pero eso sí: el guatemalteco no se rinde. Le planta cara a la adversidad con valentía, con entereza, con creatividad, pero sobre todo con  dignidad.