EDITORIAL
Obra en construcción
Ninguna inteligencia artificial podrá suplir la capacidad creativa de la vivencia personal.
La inteligencia personal y colectiva siempre está en constante construcción. “Nunca se deja de aprender”, dicen aún los abuelos y los maestros, para inspirar a los más jóvenes y no tan jóvenes en el camino de la curiosidad y el cultivo del acervo, en el cual la lectura siempre aporta nuevas piezas para seguir descifrando el rompecabezas de la vida.
Y la imagen del rompecabezas no es casual, vivimos en una época en la que casi todo cabe dentro de una pantalla: leemos noticias en el teléfono, estudiamos desde una tableta, trabajamos frente a un monitor y hasta descansamos viendo contenido digital. Y eso está bien, tenemos acceso a información las 24 horas. Pero esto, a su vez, suele causar dificultades para la atención sostenida, tan necesaria para el análisis crítico de situaciones, desafíos y decisiones.
En medio de ese vórtice de datos renovados constantemente, el libro impreso se convierte en un refugio de papel que abre ventanas a nuevos universos. No estamos enfrentando al papel con lo digital; tienen funciones distintas.
La lectura del libro impreso, por su propia naturaleza y tal como lo ha hecho por más de cinco siglos, lleva a construir un mapa mental, obliga a recordar en dónde se quedó la lectura o a releer sobre un personaje páginas atrás, una orientación que fortalece la memoria, estimula la comprensión y lleva a un diálogo con quien lo escribió o quienes también leyeron la historia. Y es justo esa celebración conjunta la que sucede en la Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua) 2026, que se ha constituido en el evento cultural y literario más importante y esperado del año.
Los autores salen al encuentro del público, voces relevantes del país se dan la mano con el texto, los géneros literarios caminan juntos en un abigarrado conjunto de senderos, nombres, tradiciones, idiomas, culturas e identidades en una fehaciente demostración de la vitalidad del formato impreso cuyo valor se incrementa conforme la digitalización sigue su expansión en tantos órdenes de la actividad humana. Ninguna inteligencia artificial podrá suplir la capacidad creativa de la vivencia personal que integra afectos, temperamentos y experiencias.
Solo uno de cada tres graduados de diversificado en el país tiene el puntaje mínimo de comprensión lectora; aún si fuera la mitad, seguiría siendo bajo, dadas las demandas de competencias analíticas que, a su vez, llevan al planteamiento de soluciones a problemas en todos los campos. Y la solución está —o debería estar— en las manos de cada niño y joven: libros de narrativa, de poesía, ensayos, historia, dramaturgia y, por supuesto, periodismo, entre muchas otras temáticas. Padres y maestros son —o deberían ser— los guías y facilitadores, pero solo pueden —y deben— enseñar con el ejemplo. La lectura de libros desafía al cerebro a deducir, conectar conceptos, hacer preguntas, cuestionar al autor. Leer no tiene nada de pasivo, y por eso su valor neurológico se sigue demostrando. El objeto material del libro se convierte en ideas creativas, comenzando por las imágenes mentales con las cuales el lector representa a los personajes de una novela o un cuento, así como lo hacen autores, diseñadores, ilustradores y editores en una industria que sigue cumpliendo su papel en el avance de la civilización.