Editorial

Operación especialmente fallida pero mortífera

El papa León XIV urgió a retomar la mesa de diálogo: “La paz no puede esperar más”, aseveró.

Cuando el 24 de febrero del 2023 se cumplió el primer año de la invasión militar a Ucrania ordenada por el gobernante ruso Vladímir Putin, la llamada “operación especial” ya entrañaba un fracaso, debido a las pretensiones, proclamadas inicialmente, de lograr subyugar la capital ucraniana, Kiev, en 10 días, y con ello al vecino incómodo que pretendía sumarse a la Unión Europea. Ayer se cumplió el cuarto año de la operación, que es “especial” ahora por lo prolongada, costosa y mortífera que ha resultado para ambos bandos, pero sobre todo para la potencia agresora, que no contaba con un David tan combativo.


Para Rusia y sus ciudadanos, existe un hartazgo acerca de esta prolongada operación, que ha costado decenas de miles de vidas de jóvenes soldados, también de padres de familia y talentos laborales. Las cifras de desempleo se mantienen estables, sobre todo por las plazas generadas en fábricas de armamento, pero está implícita también la ausencia de los trabajadores devenidos en bajas. Por supuesto, para Ucrania la cauda ha sido terrible, con un éxodo de millones, destrucción de su aparato productivo y múltiples ataques —sobre todo en el año reciente— contra objetivos civiles. Esto solo acrecienta el relato de su gallardía.


En una democracia real, el costo económico y humano de la guerra ya le habría pasado factura al gobernante Vladímir Putin, que fue reelecto en el 2024, en unos comicios en los que obtuvo el 80% de los votos, así como ocurre en otros países bajo regímenes intolerantes, en los cuales el disenso es perseguido y la libre expresión es coartada. El gran logro de Putin ha sido que la Unión Europea e incluso el Reino Unido se unan —valga la repetición— para ir en apoyo de la resistencia encabezada por el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.


Rusia no está ganando, y cada avance conseguido le sale cada vez más caro porque le implica un desgaste. Sin embargo, esta guerra también le ha pasado factura al gobierno de Donald Trump, quien de candidato descalificaba a su antecesor Joe Biden, que envió armamento vital a la resistencia ucraniana. Trump alardeó de que en pocos días podría pacificar la región, de que persuadiría a Putin, pero la intransigencia de este le hizo quedar mal, igual que la ríspida cita con Zelenski en la Casa Blanca, hace casi un año, el 28 de febrero del 2025. Trump y su vicepresidente, Vance, se portaron más bien hoscos con Zelenski, quien iba en busca de ayuda y recibió reproches porque no iba vestido de traje, sino en ropa de campaña.


En diciembre último se celebró una nueva reunión, un tanto más afable, que denotó la estéril estrategia de presión contra el Estado ruso. Las conversaciones están varadas y la guerra se ha convertido en un enfrentamiento de desgaste. Los muertos ya se cuentan por cientos de miles y los desplazados no saben si algún día volverán a casa. “¿Qué tipo de victoria será plantar una bandera sobre un montón de escombros?”, dijo el papa Francisco a los dos meses de iniciado el conflicto, y ayer, su sucesor, el papa León XIV, urgió a retomar la mesa de diálogo: “La paz no puede esperar más”, aseveró.


La fallida invasión a Ucrania es ya para Rusia un nuevo Afganistán, y la campaña no puede proseguir indefinidamente porque tarde o temprano la ciudadanía se cansará de poner los muertos para alimentar el ansia nacionalista de su líder. Esta demora también implica un desgaste para la actual Casa Blanca, que ya afronta un panorama crecientemente adverso de cara a las elecciones de medio término, dentro de ocho meses y medio, curiosamente, a causa de otras intransigencias.

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