Editorial

Parece guerra y suena como una guerra

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Numerosos países, incluyendo potencias occidentales, han evitado denominar guerra a la abusiva y a todas luces premeditada incursión militar del ejército ruso sobre territorio de Ucrania, ordenada por el presidente Vladímir Putin, so pretexto de actuar en favor de dos territorios separatistas en el este de la nación vecina, pero que en el primer día de acción, artera por demás, atacó varias ciudades e incluso se habría apoderado de la abandonada central nuclear de Chernóbil, foco de contaminación y lugar de acumulación de toneladas de material de desecho radiactivo.

Putin ganó tiempo al fingir dialogar, pero también tuvo que ver la ingenuidad, por no decir la actitud tibia, de líderes de potencias europeas, más preocupados en preservar un suministro de gas ruso que en verificar el riesgo de una invasión que hoy es una dolorosa realidad. Los anuncios de sanciones poco han logrado, y el foro de las Naciones Unidas, que ha discutido el tema desde hace meses, parece desconcertado y sin más recursos que pedir a Putin, mediante un tuit, que desista de su atropello flagrante a todo derecho internacional.

No existe hasta ahora un indicio claro de hasta dónde pueden llegar las ínfulas zaristas del líder ruso, renuente a rendir cuentas y alérgico a la disidencia. Basta ver cuántos líderes opositores han sido perseguidos. Exacerbación del nacionalismo, invocaciones místicas, apelaciones populistas y un paternalismo sigloveintero figuran entre los elementos del gobierno putinista, cuyas acciones bélicas únicamente son acuerpadas por personajes intolerantes tales como Nicolás Maduro, de Venezuela, o Daniel Ortega, de Nicaragua, quienes por pura zalamería y busca de apoyo aprueban la guerra que nadie quiere nombrar como tal. Con sorna o sarcasmo hacia el presidente de Estados Unidos, Joseph Biden, su antecesor Donald Trump elogió la acción rusa y sugirió una medida similar contra México.

El presidente Putin ha dado declaraciones contradictorias para justificar su acción: que busca desarmar y desnazificar a Ucrania y le dice a la población civil que no tenga miedo, pero hay bombardeos en ciudades y ya van 147 muertos. Culpa a Occidente por el interés ucraniano de alejarse del fantasma soviético al intentar asociarse con la Unión Europea y la Otán: un tratado de defensa que no ha forzado a ningún país a unirse, pero que ha crecido precisamente por temor a lo que hoy se concreta.

El mundo ora, clama y reclama por que esta guerra de Putin contra Ucrania se detenga. Ni el pueblo ruso ni ningún pueblo del mundo desea una conflagración. Apenas se va sobreviviendo de la pandemia como para entrar en una espiral de conflicto que puede acabar con la civilización o, en todo caso, con la economía. Los pobladores de Rusia deben perder el miedo y demandar a su presidente que frene sus impulsos expansionistas.

El mundo ya vivió las tragedias, las matanzas y la destrucción causadas por tiranos como Josef Stalin o Adolfo Hitler, que en sus discursos se valían de la demagogia y la apelación a etnocentrismos y animadversiones. Lamentablemente parecen prevalecer en el presidente Putin los postulados de su formación como agente de la extinta KGB y no las enseñanzas que dejó el estrepitoso fracaso de la cortina de hierro. Es necesario impulsar una moción de censura en la Organización de Naciones Unidas, en la cual los países democráticos hacen mayoría. Incluso aquellos como China, con regímenes centralizados, saben que ni a su gente ni a nadie en el planeta le conviene acicatear al jinete rojo del Apocalipsis.