EDITORIAL
Propuestas de turismo son repetitivas
De oficio, varios candidatos presidenciales incluyen el turismo entre de propuestas para el desarrollo económico. A pesar de las rivalidades naturales como parte de la campaña, este es un tema en el cual todos coinciden. Las propuestas van desde el fortalecimiento del actual instituto dedicado a este rubro hasta la creación de un ministerio o una superintendencia que tenga mayores potestades en la definición de políticas y acciones.
Infortunadamente, la mayor vulnerabilidad para tales intenciones de hipotéticos gobiernos tiene tres pecados originales que, desde ya, hacen avizorar una repetición de intentos que no responden a las necesidades económicas ni a las realidades socioculturales propias de Guatemala.
El primero de tales defectos radica en que se vuelve a hacer depender el desarrollo turístico del país de una persona o un grupo, designado por el mandatario de turno, en lugar de generar un mecanismo de organización intersectorial multidisciplinaria que tenga continuidad y también renovación más allá de los períodos políticos de gobierno.
El segundo gran problema de los “planes” anunciados con bombos y platillos es que no incluyen ni detallan nuevos marcos de legislación a favor de emprendimientos, simplificación de negocios, subvenciones comunitarias o incentivos fiscales progresivos aplicables para poder desarrollar un empresariado turístico más numeroso y a la vez abierto a nuevas inversiones extranjeras. Simplemente no se tiene claro tal panorama y los grupos políticos en contienda esperan llegar al gobierno para empezar a configurarlo a la carrera, como si no fuese útil proponerlo desde ya.
Un tercer aspecto de fondo que les resta credibilidad a las supuestas apuestas por el turismo es la fragmentación conceptual e incluso la ignorancia crasa acerca del potencial cultural de Guatemala. En las últimas décadas, tanto presidenciables como aspirantes a alcaldías o diputaciones se refieren a este término encerrados en ideas folclóricas estereotipadas que dejan fuera numerosos aspectos de la riqueza del país, cuyo primer gran tesoro es la persona.
Una verdadera industria cultural guatemalteca debería comenzar por el cambio de actitud de los políticos hacia la educación artística, la promoción de talentos y el apoyo a las expresiones estéticas. Esto implica, además, una inversión considerable, extendida y urgente en el rescate, conservación y aprovechamiento del patrimonio natural, histórico y arqueológico del país.
Cientos de hectáreas de bosque de Petén y otros lugares se consumen debido a incendios causados por vecinos que aún creen que la agricultura de subsistencia es viable a largo plazo. La depredación de sitios arqueológicos continúa y muchos de ellos están abandonados, sin excavación ni visitantes. Tales lugares son potenciales núcleos ecoturísticos que beneficiarían a los habitantes, quienes a su vez serían sus protectores. Pero eso requiere capacitación comunitaria en ecología, geografía, emprendimiento, relaciones humanas, historia e idiomas, además de certeza legal, facilidades fiscales, mejora en el acceso vial y la provisión de seguridad por parte del Estado, a fin de garantizar a turistas, nacionales y extranjeros, una estadía que los convierta en multiplicadores de publicidad positiva gratuita. Pero si los políticos continúan repitiendo las mismas ideas rezagadas, ¿no son acaso ellos los que llegan de turistas a las comunidades e incluso al Gobierno?