Editorial

Remesas deben integrar estrategias de desarrollo

Archivado en:

editorial

Si en lugar de declarar de buenas a primeras la guerra a los migrantes, amenazar con medidas restrictivas y emprender una política de choque que desató una colosal crisis humanitaria fronteriza el gobierno de Estados Unidos hubiera optado por un plan de cooperación integral que incluyera como factor estratégico el potencial de las remesas en dólares enviadas a la región, probablemente se habría ahorrado un billonario gasto en procesos burocráticos y judiciales, movilizaciones de personal y logística para la detención de decenas de miles de personas que huyeron de sus países en busca de mejores oportunidades.

El aporte de los migrantes guatemaltecos a la economía del país sigue en ascenso, y aunque ha tenido un impacto positivo, aún no constituye un factor sistemático de desarrollo familiar, comunitario y departamental, debido a que no existen mecanismos extendidos de capacitación para el emprendimiento diversificado, la inversión financiera a mediano y largo plazos o la utilización del recurso económico para cultivar el potencial intelectual de niños y jóvenes de las familias receptoras.

Las mismas empresas que facilitan la recepción y entrega de estos fondos podrían constituirse en verdaderos mecenas del crecimiento local y la promoción de plusvalías que sustituyan, en parte, el consumo inmediatista del dinero. Si bien es cierto que buena parte de esos recursos sirven para brindar mejoras en el sustento y la vida cotidiana de miles de familias, existen oportunidades para dar mayor trascendencia a los envíos de dólares. En todo caso, el Estado podría implementar visionarios programas de educación económica, agrícola y laboral para los destinatarios de las remesas.

Ciertamente se trata de fondos privados, enviados por un migrante para sus seres queridos, quienes deciden sobre su uso. Sin embargo, según la Organización Internacional de las Migraciones, también existen modalidades de envío de recursos para inversión en el país de origen o donaciones en sus comunidades natales para proyectos concretos como escuelas, centros de salud o de promoción cultural. Sin embargo, estas últimas solo representan un máximo de 15% del total de envíos, y no se dan en todos los países, ya sea por desconfianza, poca información sobre esfuerzos benéficos locales o falta de interlocutores en el país.

En todo caso, el ahorro continúa siendo uno de los bastiones para asegurar un impacto más prolongado de los envíos, pero es una cultura sobre la cual se enseña muy poco en las escuelas, las universidades, las familias y las iglesias, pese a su demostrada utilidad. Según estudios de la OIM, con una quinta parte del monto total recibido que se ahorrara se conseguiría una mejor masa de capital para posibilitar mayores inversiones familiares, lo cual sí puede llegar a constituir una herramienta de desarrollo.

Por otra parte, poco se ha organizado desde las municipalidades, las gobernaciones y los gobiernos nacionales para involucrar a familias y comunidades en proyectos que contengan aportes de remesas con una contraparte de recursos públicos, a fin de promover alianzas en favor de mejoras que pueden ser desde reconstruir una escuela, equipar un centro de salud, crear un grupo artístico, implementar becas para niños y jóvenes talentosos, preservar un patrimonio histórico o natural y muchas ideas más que podrían partir de los propios remitentes, quienes sueñan con un mejor país que aquel del cual salieron.