EDITORIAL

Retorno a la realidad

El ciudadano puede hacer mucho al no quedarse en la indiferencia ni en la confusión viral.

Grandes esperanzas espirituales se encienden en la Pascua de Resurrección. En verdad es justo y necesario orar por Guatemala, por su niñez y sus ciudadanos, sin perder de vista que la acción concreta está en manos de todos, pero sobre todo en quienes están investidos de alguna autoridad. Terminó la Semana Santa, y con ella el asueto más largo del año y el retorno a las rutinas laborales y desafíos nacionales resulta un golpe de realidad, porque finaliza el primer trimestre y con ello el ciclo inicial del 2026. 

Para muchos veraneantes, esa inercia de adversidades les sale al camino: ya sea en el socavón de la ruta Reu-Xela, en los cuellos de botella y en otras vulnerabilidades, rezagos u obras viales inconclusas —desde antes del actual gobierno— en rutas del país, que ameritan atención eficaz del Ministerio de Comunicaciones, antes de que nos alcance el invierno, que ya ha dado muestras de lo que trae, y no son gratis. 

Este reto inminente abarca igual a las comunas que pierden el tiempo en nimiedades, parquecitos, componendas y entrega de dádivas para enmascarar la mediocridad. Las lluvias están por exhibir, en pocas semanas, lo que no han hecho los Codedes, los alcaldes o el Gobierno Central en dos años. 

La ilusión veraniega también tuvo algún efecto sedante respecto del incremento de los precios de combustibles, fenómeno en cadena cuya duración es impredecible, pero que traerá más presión a las autoridades. Es un factor externo, pero la abulia del Ejecutivo y riñas del Legislativo centrarán descontentos. Para colmo, este es un tema que podrían seguir enarbolando ciertos transportistas para tratar de ganar empatías y justificar ilegales bloqueos carreteros —que no deben ser permitidos—. En realidad, pretenden forzar la continuidad a la imprudencia, el riesgo y la impunidad vial. Revolver temas es una táctica usual de grupos con agendas clientelistas y sectarias, pero las disfrazan de bien común. 

Y justo en eso anda un combo de merolicos de la promesa y el oportunismo; no les decimos políticos, porque, si lo fueran en serio, aportarían propuestas sensatas al debate de los desafíos nacionales. De hecho, el primer desafío para el nuevo Tribunal Supremo Electoral es frenar la desfachatada campaña anticipada con reglas claras y sanciones ejemplares. 

Otra de esas inercias que afloran es el deslucido papel de la Postuladora para Fiscal General, que más parece una comisión tramitadora, un rejunte más bien acrítico y laxo. Eso se debe a la presencia de integrantes con obvios conflictos de interés y agendas obtusas. La más lamentable prueba de ello es el abordaje anodino de las tachas contra ciertos aspirantes. No son un tribunal, y por eso cabe la premisa de la “presunción de inocencia”. No deben probar delitos, pero sí calificar la idoneidad, la reconocida honorabilidad y, por ende, la coherencia ética profesional. 

Hay más realidades económicas, institucionales y sociales que nunca se fueron, pero su rostro parece más torvo, precario y desafiante en este reinicio. Es necesario hacerles frente. El ciudadano puede hacer mucho al no quedarse en la indiferencia ni en la confusión viral. Pero cualquier figura pública y funcionario, de cualquier estamento del Estado y de cualquier bandera política, está compelido a aportar su mejor esfuerzo, de buena voluntad, en favor del bien común, criticar con propuesta sana, tender lazos de diálogo y evitar la polarización, que tanto daño hace y nada resuelve.

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