EDITORIAL

Santo legado

Su legado sigue rozagante y vivo en cada persona atendida en las Obras Sociales impulsadas por la orden franciscana, que llevan su nombre.

El testimonio de amor cristiano y servicio del Santo Hermano Pedro de San José de Betancur (1626-1667) está escrito en libros de historia, pero también está grabado en piedras y muros de la Antigua Guatemala, donde efectuó, por casi 15 años, una labor de caridad y ayuda a los más necesitados que aún prosigue. Se siguen repitiendo incontables veces los tres golpes que los fieles dan a su tumba, en el templo de San Francisco El Grande, que hoy por hoy está abierta a los peregrinos.

Ayer, 21 de enero, se cumplieron los 400 años de su nacimiento, en la distante Vilaflor, Tenerife, España, desde donde viajó impulsado por un misterioso llamado espiritual que recibió al escuchar el nombre de Guatemala. La leyenda dice que al estar cerca de Santiago de los Caballeros, se arrodilló, besó el suelo y dijo: “Aquí he de vivir y morir”, tras lo cual sobrevino un temblor. Pero, en efecto, aquel mismo 1651, cuando arribó a la entonces capital del Reyno de Goathemala, hubo un fuerte terremoto. Pero aún más poderoso fue el movimiento espiritual que originó, porque aún sigue.

La vida del Hermano Pedro tiene datos concretos, pero también aires legendarios, que se resumen en realidad: la virtud de la caridad como método de vida y de la oración constante como herramienta de fortaleza ante los embates adversos. Después de haber enfermado y recibido atención en el entonces Hospital Real de Santiago, él pudo darse cuenta de que no había sitio para los convalecientes. Sin recursos, pero sí con mucha fe, fundó un hospital para que los enfermos pudieran recuperarse o bien morir con dignidad. Pedía limosnas para sostenerlo. También organizó una escuela para niños huérfanos y excluidos, así como un espacio para dar techo y comida a los indigentes.

¿Lo hizo para tener buenas relaciones públicas o para hacerse buena imagen? Obvio que no. En tiempos de politiquería demagoga que ayuda para contarlo en redes sociales, es posible apreciar el auténtico espíritu del humilde Hermano Pedro. En la ciudad colonial están los sitios de su vida: las ruinas del antiguo hospital de Belén evocan su obra; la Calle de los Pasos resguarda sus rezos de viacrucis hacia El Calvario.

En dicha ermita, que él mismo ayudó a construir, oraba ante un Cristo que una vez le pidió ser llevado al oratorio de las catalinas, y que aún se venera en la iglesia de Santa Catalina de la capital. El Hermano Pedro lo cargó sobre sus hombros, así como lo hizo con tantos necesitados. “Un alma tienes, no más; si la pierdes, ¿qué harás?” era la proclama que hacía al son de una campana: un desafío, una pregunta de vida y una respuesta de libertad.

El Santo Hermano Pedro murió joven, a los 41 años. Pero también su legado sigue rozagante y vivo en cada persona atendida en las Obras Sociales impulsadas por la orden franciscana, que llevan su nombre. En el cuarto centenario de nacimiento del hombre que fue amor, su legado es inspirador y desafiante: ¿Qué estamos haciendo hoy por nuestro prójimo? Esa es la pregunta implícita para toda persona, sobre todo si se afirma cristiana. ¿De qué sirve ganar el mundo, el poder, la gloria humana, si se pierde el alma? Guatemala es un país donde hay niños desnutridos, familias en precariedad, ancianos recluidos en asilos, migrantes que piden ayuda en la calle…

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