Editorial
Se consolida viraje a la derecha en el continente
Poco a poco, Argentina ha ido recuperando competitividad y protagonismo, igual que Ecuador, Bolivia y, más recientemente, Chile, debido a los golpes de timón dados por la ciudadanía en comicios libres.
El problema con los discursos populistas de campaña es que tan pronto como sus promotores llegan al gobierno, sus ofrecimientos empiezan a caer en el plano de la realidad, de la limitación de recursos estatales disponibles o, peor aún, como ha ocurrido tantas veces, se asumen millonarios empréstitos para mantener funcionamiento, burocracia, clientelismos o fachadas, y no para impulsar el desarrollo. Al final de tales despropósitos, todo el país queda mucho peor que antes, a lo cual se suman las polarizaciones inducidas, que a menudo se agravan durante las campañas.
Precisamente este ciclo de desencanto y deficiencias onerosas y que representan alto costo de oportunidad fueron el detonante del ascenso y triunfo del abogado penalista Abelardo de la Espriella, el candidato outsider y empresario de Colombia, calificado de ultraderechista, pero que únicamente se apoyó en la crítica de los errores de sus dos antecesores, el rescate de valores tradicionales y la apelación religiosa. Hasta Donald Trump eleva su banderita para atribuirse parte del triunfo de esta plataforma política en Colombia, fácilmente explicable gracias a las fallas de la política tradicional.
Participó una propuesta de derecha moderada, pero los desgastes de una década no le dejaron ni siquiera arañar la segunda vuelta. Y es que las incoherencias programáticas se pagan. El oficialismo izquierdista saliente, por su parte, se resistía a creer la realidad de los hechos y sus consecuencias: justo el mal que aquejó y ha llevado al retroceso de regímenes de similar signo en Sudamérica. En Perú, el lento conteo del balotaje ya lleva más de una semana, pero se atisba una ventaja de Keiko Fujimori y este país dará también un giro decisivo hacia la derecha.
No es de extrañar, porque el camino de las izquierdas es predecible, debido a dogmatismos e intolerancias que ya se padecieron en varios países y se siguen sufriendo en otros. Tal ruta se podría describir, dadas las repetitivas tramas y fracasos, con la celebre frase de la película Matrix: “Ya se sabe dónde termina ese callejón”.
La extracción, prisión y juicio de Nicolás Maduro solo fue el epítome del colapso chavista, que cerró el grifo petrolero con el cual se vieron subsidiados regímenes disfuncionales con el caduco discurso de supuesta ayuda a los pobres, mientras camarillas de allegados se volvían nuevos ricos y las grandes prioridades como educación, salud, productividad y fomento a la inversión quedaban relegadas.
Poco a poco, Argentina ha ido recuperando competitividad y protagonismo, igual que Ecuador, Bolivia y, más recientemente, Chile, debido a los golpes de timón dados por la ciudadanía en comicios libres. En agosto próximo asumirá el presidente De la Espriella en Colombia, con numerosos desafíos de administración pública y transformación institucional. Sin embargo, no se debe perder de vista que el denominado partido Pacto Histórico, actual oficialismo, tiene la mayor bancada en el Senado y el Congreso colombianos, por lo que el futuro oficialismo debe hallar entendimientos con bancadas de derecha a las cuales criticó en campaña. Sí, es un panorama complicado, más aún si se toma en cuenta que las segundas vueltas suelen dejar países polarizados, con discursos encontrados, a pesar de tener todos los sectores la necesidad de sacar adelante a toda la misma nación. Justo allí radica el quid del asunto: la política seria se enfoca en el bien común, en el respeto a la institucionalidad y en buscar la unidad, no la división.