Editorial

Solo se puede construir el país que se sueña

Archivado en:

editorial

Las realidades son duras y las decepciones, fuertes. La politiquería, la corrupción y la criminalidad ya venían haciendo estragos en las aspiraciones de los guatemaltecos y sus esfuerzos por lograr un desarrollo acorde al enorme potencial humano y natural de esta tierra que conmemora dos siglos de haber comenzado su andar como Nación. La pandemia ha puesto al descubierto brechas y desbalances, debilidades institucionales y fallos funcionales del Estado que deben ser corregidos sin perder los avances democráticos ni incurrir en polarizaciones estériles.

El gran desafío de los guatemaltecos en el momento actual se encuentra en rescatar de las cenizas del pasado aquellas enseñanzas aprovechables, para no incurrir en los mismos errores que llevaron a una precipitada e innecesaria anexión al imperio mexicano menos de cuatro meses después de la Independencia. Posteriormente vino la cristalización del ideal centroamericano a través de un sistema federativo que se rompió a causa de las pugnas entre bandos y de los prejuicios acicateados por grupos interesados en aprovechar la división. No fueron ni las únicas ni las últimas porfías que echaron abajo el plan de unidad regional. A lo interno de los mismos países, ya constituidos en repúblicas, prosiguieron las luchas que solo requerían un poco de madurez, de moderación y empatía para trazar rutas de consenso. Lamentablemente no fue así.

Es por ello que resulta impostergable reconstruir el sueño llamado Guatemala, un ideal que unifique la hoja de ruta sin perder la diversidad cultural o las diferencias de opinión, pero sin extremismos, enconos o intereses cortoplacistas. Es nuestra misión como guatemaltecos hallar acuerdos ciudadanos viables.

Existen críticas a lo acordado aquel 15 de septiembre de 1821, ya por sus implicaciones sociales, por sus signatarios o por las circunstancias en las cuales se desarrolló el Plan Pacífico, ampliamente estudiado en cuanto a sus deficiencias pero también respecto de su potencial como primer modelo democrático para una región que pasó más de tres siglos bajo yugo colonial. No obstante, tal fecha es el referente histórico para las cinco hermanas repúblicas que a pesar de los avatares, los respectivos dictadores y las infortunadas guerras internas encontraron vías de integración aún en proceso de mejora y solidificación.

Casi un tercio de la vida de Guatemala como República ha transcurrido bajo regímenes dictatoriales, con algunos respiros democráticos que no han alcanzado mayor duración a causa de los mismos factores antes mencionados, entre los cuales el más doloroso es la vulnerabilidad de buena parte de la población a ser presa de divisionismos implantados, acicateados por discursos panfletarios que hoy pululan y se camuflan en redes sociales.

Es allí donde entra el papel de la libertad de expresión, fundamental en el impulso de las primeras ideas independentistas, piedra en el zapato de los autoritarismos intolerantes y servicio público de información ofrecido a la ciudadanía para que forme su propio juicio, evalúe, tome decisiones y se haga responsable de ellas a través de la rendición de cuentas de quienes desempeñan el poder gubernamental. El 14 de septiembre de 1951, cuando estaba por cumplir un mes de circulación, el editorial de Prensa Libre instaba a la búsqueda de un desarrollo equitativo. Setenta años después, la exhortación es prácticamente la misma, pero eso quiere decir que en Guatemala se deben empezar a hacer cosas diferentes para poder aspirar a legar resultados distintos a las próximas generaciones.