EDITORIAL

Súbito despertar de catatonias políticas

Después de dos años y medio regresan las giras de “proselitismo”.

Las dirigencias partidarias y sobre todo las figuras presidenciables, que tanto ofrecen, analizan y resuelven en foros, entrevistas, debates y redes sociales durante las campañas electorales,  suelen ausentarse del diálogo nacional cuando termina una elección. A menudo ni siquiera se hacen responsables de las líneas de conducta o de apoyos de sus diputados. Valga poner como ejemplo el asedio contra la democracia de 2023: prácticamente todos callaron —con solo un par de excepciones— ante atropellos que bien habrían valido la pena un pronunciamiento interpartidario. Pero así ocurre respecto de otros temas de la vida nacional.

La discusión de los grandes desafíos nacionales, la propuesta de alternativas, el simple análisis crítico de causa-efecto nunca están prohibidos, pues ello atentaría contra la libre emisión del pensamiento.  La misma Ley Electoral, en el artículo 20, literal H, establece como derecho:  el “realizar proselitismo en época no electoral, entendiendo el mismo como las acciones y actividades de formación y capacitación, organización y difusión de su ideología, programa político, propuestas políticas, posiciones políticas, convocatorias y cualquier otra actividad referida al funcionamiento de las organizaciones políticas, así como su difusión en medios de comunicación”.

Muy aparte es que no les interese o que  ya no sepan qué decir más allá de las trilladas ofertas bajo asesoría de expertos, los supuestos “planes de gobierno” que en lo más caliente de la campaña hasta llevan cifras, proyecciones y metas. Pero después de cerrado el ciclo solo hay mutismo, inmovilidad, una falta de respuesta a cuestionamientos, con el pretexto de que no se quiere incurrir en “campaña anticipada”. Pero cuando falta año y medio para el final del oficialismo de turno, comienzan a revivir.

Después de dos años y medio regresan las giras de “proselitismo”, las vallas que invitan a afiliarse, las actividades de “formación política”, las “conferencias” y, por supuesto, en tiempos digitales,  los pódcast,   tiktoks, reels y hasta noticias de avistamientos casuales de personajes en la provincia. En otras palabras, lo que delata una posible campaña anticipada no es la promoción de ideas, sino la ausencia de pronunciamientos en el debate nacional permanente o la ausencia de responsabilidades respecto de lo que hagan otros correligionarios electos.

El Tribunal Supremo Electoral reveló que en este momento tiene abiertos 120 expedientes  por denuncias de campaña electoral adelantada, rumbo a las elecciones del 2027.  Existen numerosas prácticas para tratar de disfrazar la propaganda de personas, pero quizá las más recurrentes son las dádivas, los desfiles, las inauguraciones de obras, eventos deportivos y hasta celebraciones patronales. No aparece el mensaje “vote por mí”, pero sí abundan los colores partidarios, los nombres perifoneados y la asociación de símbolos, sobre todo en el caso de los tránsfugas, que son muchos y son sintomáticos. De pronto todos tienen interés en mejorar la realidad de las comunidades.

En este punto es importante que el Tribunal Supremo Electoral se pronuncie con claridad y contundencia sobre lo que considerará campaña anticipada. El uso de intersticios legales para colar esta práctica debería ser eliminado, advirtiendo de las consecuencias de querer pasarse de listo. No es que los secretarios generales o los comités ejecutivos no tengan derecho a exponer los postulados de sus partidos o sus cuestionamientos a las autoridades actuales: al contrario, deberían hacerlo todo el tiempo para tener credibilidad,   no solo cuando las ansias los sacan de  sus entumecimientos.

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