EDITORIAL

Temporada de mudanzas, reciclajes y añagazas

Las jornadas de “afiliación” con todo y mítines disfrazados pueden crear cierta sensación de fuerza.

Es una verdadera pena, por no decir vergüenza, que —a pesar de las duras lecciones de la historia reciente— las viejas y nuevas organizaciones políticas prosigan en los devaneos triviales del clientelismo preelectorero. Es francamente lamentable que, a pesar de los lacerantes rezagos nacionales en el desarrollo humano y de los evidentes peligros de infiltración criminal en estamentos del Estado, la clase política siga jugando  en las  arenas movedizas de la demagogia y en los reciclajes maquiavélicos de cacicazgos locales sin ideología coherente, pero sí con antecedentes de indolencia e irrespeto a la ciudadanía.

Es temporada abierta de tránsfugas. No hace falta que le pinten letras de otro color a la curul de la cual se creen propietarios o a la alcaldía que ahora usan como moneda de cambio para atraer un nuevo vehículo electoral con el cual planean correr en seis meses, incluidos  quienes arrastran un pesado cascarón oficialista o exoficialista, que solo se levanta a base de levitaciones dinerarias o negaciones farisaicas.

A seis meses de la convocatoria a las elecciones generales de 2027, hay todo un remate de playeras partidarias —así como las del Mundial fenecido—, y hay algunos jugadores que ya nadie quiere. Diputados abandonan bancadas, alcaldes exploran nuevas siglas y dirigentes que hasta hace poco defendían un proyecto aparecen hoy negociando otro, con aires de impostada indignación o hasta discursos de transparencia que solo dejan entrever mercadologías de algoritmo e influencer. La décima legislatura comenzó con 17 bloques parlamentarios y hoy existen más de 25 posibles fichas, incluidos partidos que aún no existen y que intentarán venderse como novedosa oferta sin garantía.

No estamos criticando las diferencias internas ni las disidencias, porque de eso se trata la democracia. Se cuestiona el obvio afán camaleónico para  figurar en una papeleta bajo un logotipo contra el cual se despotricó en el proceso anterior.   La lógica politiquera es movida con hilos convenencieros: los diputados distritales ofrecen un supuesto caudal electoral, pero sopesan la estadía en el partido por el cual fueron elegidos en 2023. Eso conduce a una especie de lotería partidaria, en donde los símbolos no representan ideología: solo son pretextos para mantenerse en cargos desde los cuales no han querido ni sabido defender los intereses de la ciudadanía. El árbol se conoce por sus frutos.

Y ya que citamos un refrán, aquí va otro: “No todo lo que brilla es oro”. Se arriesgan los partidos que compran un supuesto caudal de votos, que en realidad puede ser un alud de desgaste. El fenómeno abarca por supuesto a las municipalidades, ya por la reelección, ya por salto de trapecista sin red a otro columpio. Algunos le apuestan todo a una  supuesta fama viral, pero, en política, del plato a la boca se cae la sopa, sobre todo cuando faltan seis meses para la convocatoria y, peor aún, si se subestima la inteligencia del votante.

Por desgracia, la figura de novedad, o outsider, tampoco sorprende ni despierta tantas esperanzas  como hace 10 años, gracias a múltiples engaños, dobles discursos e incumplimientos. El estado de la competencia electoral en seis meses es un enigma. Pero el ciudadano de a pie sí tiene la certeza de las penurias de hoy. De hecho, a eso apelan varios discursos de propaganda anticipada: a falacias populistas y a un madrugón de ofrecimientos. Así las cosas, las jornadas de “afiliación” con todo y mítines disfrazados pueden crear cierta sensación de fuerza, pero, del dicho al hecho….

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