EDITORIAL
Turismo es una ruta de ascenso para el país
El turismo es un activador de economías comunitarias, pero es necesario fortalecer la presencia del Estado.
Decir que el turismo en Guatemala es una ruta de ascenso tiene una doble connotación: primero, el récord de registros de viajeros en 2025, que alcanzó 12 millones 752 mil 574 movimientos de entrada y salida del país; segundo, pero no menos importante, se trata de un camino cuesta arriba, con numerosos pendientes, que implica esfuerzo, voluntad y apoyo para poder subirlo. Las cifras previas son la evidencia de que estamos en un momento clave para seguir la senda correcta que permitirá correlacionar múltiples esfuerzos que hasta ahora se ejecutan bajo una óptica dispersa.
La meta de visitantes extranjeros se situó alrededor de los tres millones de llegadas, una cifra sin precedentes, pero solo es escalón de una visión mayor, integral y ojalá continua: porque esta convicción debe involucrar a los poderes del Estado, a los sectores productivos, a todos los esfuerzos de desarrollo económico, educativo, tecnológico, ambiental, cultural y, por supuesto, político. El turismo ya no debe verse solo como la actividad de un sector, sino como un engrane estratégico capaz de impulsar infraestructura, emprendimientos, economías locales, educación, conservación ecológica, arqueológica, cultural e histórica, con visión de largo plazo y gobernanza ética.
Guatemala posee una diversidad climática y microclimática envidiable, un mosaico multicultural vivo, destinos mundialmente conocidos y otros aún poco difundidos pero que pueden llegar a ser imanes de visitantes, siempre y cuando se manejen con criterios de sostenibilidad e inclusión de las comunidades circundantes que deberían estar entre las primeras beneficiadas de su cuidado. Esta interconexión de esfuerzos precisa de comunicación, capacitación y desarrollo con pertinencia cultural y ambiental.
Diciembre fue un gran mes para el turismo, sobre todo porque muchos connacionales migrantes en Estados Unidos volvieron a sus pueblos de origen, para visitar a sus familias. A su regreso son ellos los mejores y más abundantes embajadores. Sin embargo, no todo es idilio y es aquí donde viene el camino cuesta arriba, ya que toda mejora implica inversión, planificación, trabajo en equipo y seriedad de parte de los políticos, para no deshacer —por pura miopía o animadversión— lo que sus antecesores lograron. El turismo como eje de desarrollo precisa de nueva infraestructura vial, portuaria y aeroportuaria: las buenas carreteras potencian la productividad de todos.
El país también precisa de una mejor y más segura red de distribución eléctrica, conectividad digital, servicios de agua y saneamiento. El turismo se puede convertir en el gran articulador de esa hoja de ruta. El visitante se ve beneficiado, pero también cada ciudadano productivo: el ascenso del turismo amplía la demanda de bienes y servicios —gastronómicos, de transporte, guía, elaboración y distribución de artesanías, servicios profesionales en campos específicos (turismo de bodas, dental, médico o de convenciones), por citar unos ejemplos—, con la correspondiente generación de empleos directos e indirectos en la agricultura, el comercio y la innovación.
El turismo es un activador de economías comunitarias, pero es necesario fortalecer la presencia del Estado para brindar seguridad y atención al visitante y al poblador. Apostar por el turismo no significa que toda Guatemala deba dedicarse solo a esta industria, pero sí colocarlo como un engranaje central que se moverá en tanto y en cuanto haya mejoras logísticas, viales, competitivas y de talento humano. La ruta de ascenso implica esfuerzo, desafío y continuidad para poder disfrutar la vista desde la cima.