EDITORIAL

Un miércoles negro en la historia de EE. UU.

Prácticamente inédito en dos siglos resulta el asalto al Congreso de los Estados Unidos de América cometido ayer por hordas de fanáticos, quienes irrumpieron en la sala de sesiones donde se desarrollaba la sesión bicameral para revisar el resultado electoral y oficializar como próximo presidente al demócrata Joseph Biden, algo que el mandatario saliente Donald Trump se ha negado a reconocer e intentado revertir a través de presiones, y contra el cual ha azuzado repetidamente a sus seguidores a rebelarse. Las arengas se concretaron ayer de manera triste, vergonzosa y desafiante para la cuna de la democracia occidental.

La capital de la potencia del norte vivió un verdadero miércoles negro. Salvando las distancias de poderío económico e historia política, la irrupción de vándalos intolerantes en el Capitolio, uno de los mayores símbolos de la institucionalidad estadounidense, recuerda lo sucedido en Guatemala en julio de 2003, cuando hordas de simpatizantes del extinto partido Frente Republicano Guatemalteco salieron a las calles con palos y pasamontañas, para exigir mediante el terror la inscripción del general Efraín Ríos Montt (1926-2018), sobre quien pesaba una prohibición constitucional. Aquel suceso quedó en la historia como el Jueves Negro. Ríos Montt trató de deslindarse de la bochornosa situación al decir que en algún momento podían “salirse de control” las acciones de manifestantes.

Lejos de exigir respeto y cordura, el presidente Donald Trump mantuvo ayer el discurso de fraude electoral pese a que no existen pruebas. En lugar de condenar las acciones, el mandatario justificó el asalto, por lo que sus mensajes y videos fueron removidos de varias redes sociales por incitar tácitamente a la violencia. De hecho, tales piezas podrían erigirse en posibles indicios de un intento por alterar el orden constitucional, con potenciales repercusiones legales. Cabe agregar como signo de desasosiego de este zafarrancho en el corazón de Washington, la utilización de banderas confederadas por parte de algunos de los manifestantes. Dicha insignia se remonta a la Guerra de Secesión del siglo XIX y pertenecía a los estados del sur, a favor de la esclavitud. También había playeras y pancartas con alusiones al nazismo y a otros grupos extremistas.

No solo del lado demócrata hubo expresiones de condena hacia lo que se califica como un intento de golpe de Estado. Hasta el propio vicepresidente republicano Mike Pence, quien se encontraba participando en la sesión legislativa, reclamó la aplicación rigurosa de la ley contra todos los que participaron en el asalto. Y es que existe una abismal diferencia entre la legítima defensa de derechos conculcados y el atentado en contra de la institucionalidad vigente, que es la única defensa de tales garantías.

Queda claro que en cualquier latitud es altamente peligrosa la mezcla de populismo e intolerancia, de confrontación y fanatismo, sin importar color, ideología o pretextos.
Anoche mismo, el Congreso y el Senado estadounidenses tenían previsto continuar con la sesión que fue interrumpida por la protesta que activó una respuesta policial que dejó una persona fallecida. El Partido Republicano tiene ante sí un dilema ante el cual no debería ser difícil definir su postura: avalar el comportamiento del mandatario que pasa por sus últimos 13 días de gobierno o emitir una enérgica condena a fin de tomar distancia de este tipo de sucesos lamentables.

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