EDITORIAL

Un país cansado de los malos caminos

Guatemala no necesita más promesas sobre el camino. Necesita, de una vez, un rumbo claro e interconectado con los grandes potenciales del país.

Guatemala todavía está pagando, literalmente, los discursos rimbombantes de aquel exministro que negoció y retorció el proyecto de la carretera CA-2, que se iba a ampliar a cuatro carriles, desde la frontera con El Salvador hasta la de México, y que fue encomendada a la infame compañía Odebrecht. Terminó en fiasco y sus coimas a diputados de hace tres legislaturas nunca fueron investigadas de manera fuerte ni firme. De aquel fraude solo quedaron decepcionantes exculpatorias de exfuncionarios y politiqueros sucios. Y en el siguiente capítulo de esa sinuosa historia vino el bodrio del libramiento de Chimaltenango, cuya expectativa de justicia también terminó en un desfiladero de impunidad.

Se esperaba que el actual gobierno emprendiera un plan innovador y visionario de recuperación de rutas. Lo cual no ha ocurrido. Que prosiguiera el Anillo Regional o retomara la construcción abandonada por Odebrecht, pero tampoco ha sucedido, aunque ya va a la mitad del período. El socavón de la ruta Cito-Zarco, entre Xela y Reu, sigue entorpeciendo el tránsito entre tan importantes enclaves comerciales y turísticos. Hay ofrecimientos sobre esas y otras rutas, pero eso sobra: ofertas que no se cumplen, proyectos que se atrasan, daños que complican la vida en todos sus órdenes.

En efecto, las deficiencias de la red vial no son un tema de unos cuantos sectores, sino un calvario colectivo diario. Así lo refleja la escucha social publicada ayer, realizada por Datalab a pedido de Prensa Libre, basada en miles de interacciones en redes sociales, que hablan, con decepción, de un Estado que no responde, de recursos desperdiciados, de pérdidas económicas por retrasos o daños vehiculares a causa de malos caminos, que a su vez se vuelven metáfora de un país que anhela una ruta al desarrollo humano y económico sostenido.

Más de 368 mil menciones muestran una percepción mayoritariamente negativa sobre la red vial. Apenas el 8.2% expresa valoración positiva, frente a 44% desfavorable. Y es que las carreteras en mal estado afectan incluso al paciente que va en una ambulancia que se queda atorada en una congestión por un derrumbe o un hundimiento. El comerciante, el operador turístico, el proveedor de insumos de construcción y hasta el ciudadano que aprovecha el fin de semana para visitar a su familia en provincia se encuentra ante el laberinto de la limitación, del abandono, de la negligencia de gobiernos de dos décadas atrás.

Las carreteras reflejan la corrupción, la falta de planificación, el sindicalismo venal, el amaño de contratos y también la impunidad. En efecto, el deterioro vial no es solo cuestión de vehículos, sino de limitaciones para el acceso a salud, educación, cultura. En el mismo tono se puede agregar que la red vial no es solo pavimento: es inclusión, es competitividad, es pan en la mesa de guías turísticos y artesanos. Y la atención a este desafío ya sobrepasó cualquier discurso electorero coyuntural: debe ser un compromiso interpartidario, intergubernamental e intersectorial.

La reciente creación de la Superintendencia de Infraestructura Vial Prioritaria en el 2025 abrió muchas esperanzas. No hay lugar para errores ni para fiascos. El actual Ejecutivo debe emprender los primeros proyectos de un plan que abarque al menos una década de recuperación inicial, con todo y nuevos tramos para trazar la nueva movilidad nacional. Guatemala no necesita más promesas sobre el camino. Necesita, de una vez, un rumbo claro e interconectado con los grandes potenciales del país, incluyendo la productividad agrícola e industrial, las exportaciones y los atractivos naturales, culturales e históricos.

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