EDITORIAL

Valioso recurso sigue sosteniendo economías

De Guatemala se ha ido mucha buena gente.

El primer mes del 2026 volvió a confirmar una paradoja que Guatemala conoce bien: mientras la ofensiva antimigrantes en Estados Unidos se endurece y se refuerza la estrategia de redadas, detenciones y deportaciones se siguen reforzando, el aporte económico de los migrantes guatemaltecos no solo persiste, sino que alcanza nuevos récords. Al menos la mitad de los 3.4 millones de connacionales se encuentran indocumentados en ese país y virtualmente a salto de mata, sobre todo en ciudades que han sido objetivo de los más fuertes operativos de ICE.

Además, desde el 1 de enero entró en vigencia el impuesto de 1% al envío legal de remesas, creado mediante el llamado Big Beautiful Bill de Donald Trump. No obstante, los guatemaltecos no solo cumplen con su compromiso de afecto y responsabilidad hacia sus familiares en Guatemala, sino que prosiguen el envío preventivo de fondos adicionales, para tener algo de que disponer en caso de ser retornados. La mejor evidencia de ello son los US$1 mil 954 millones en remesas en los primeros 31 días del 2026: un 7.5% más que en enero del 2025.

No es una cifra menor ni un dato frío: es reflejo mensual de millones de decisiones individuales tomadas con disciplina, sacrificio y una obstinada fidelidad a los seres queridos que dependen de tal aporte para completar los gastos del hogar, principalmente en compra de alimentos, educación y vivienda. Pero no solo eso: también cubrir gastos en electrodomésticos, pago de servicios, combustible y vehículos, así como pequeñas ventas o emprendimientos, atención de salud y adquisición o mejora de inmuebles. Por eso, las remesas constituyen el principal reductor de pobreza en hogares y comunidades que las reciben; pues tienen un efecto multiplicador directo.

Para este año, el Banco de Guatemala proyecta una continuación del crecimiento en el envío de remesas, aunque menor respecto del 2025: solo un 5% más. Aun así, el monto proyectado —US$26 mil 806 millones— confirma que continuará siendo una columna estructural de la economía nacional. Pero se debe tomar en cuenta que el contexto estadounidense es cada vez menos amable, con mayores controles, retórica hostil e incluso uso de fuerza contra hombres, mujeres y hasta niños. Esto, a su vez, impacta en la asistencia laboral, en la economía de los hogares migrantes y, por lo tanto, en la proporción de recursos destinados a envío.

Cabe citar lo ocurrido el 5 de febrero, cuando Donald Trump bromeó con el presidente salvadoreño, Nayib Bukele, al preguntarle si su país enviaba “buena gente” a Estados Unidos. En realidad, su comentario tiene una respuesta elocuente: la inmensa mayoría de los migrantes trabaja, produce, aporta valor y valores a las comunidades donde se han establecido. Así lo evidencia el amplio rechazo de muchas de esas comunidades a operativos indiscriminados. Porque EE. UU. se construyó sobre la migración y, por supuesto, en ese proceso nunca faltan las manzanas podridas, pero ello no depende de su origen, sino de las propias labilidades y volubilidades de la naturaleza humana.

De Guatemala se ha ido mucha buena gente: científicos e intelectuales que trabajan sin reflectores en laboratorios, universidades y escuelas, pero también constructores que elevan casas y edificios; obreros de campo que sostienen la cadena alimentaria; operarios de plantas de carnes y manufacturas, artistas, cuidadores, jardineros, chefs y tantos talentos que aportan mucho allá y envían algo hacia el sur. No lo decimos como reclamo, sino como una constatación real y cotidiana.

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