Editorial

Vientos apocalípticos

Las víctimas colaterales desgastan el objetivo libertador, al representar un costo moral incuantificable.

Ocho meses después del primer ataque, quirúrgico, a lo Top Gun, contra una planta de enriquecimiento nuclear en Irán, Estados Unidos e Israel bombardearon objetivos militares y también residencias de líderes iraníes en una acción sin precedentes que enciende las alarmas globales, también las protestas o los apoyos, debido al carácter neurálgico de la región.


Donald Trump adujo repetidas advertencias, no atendidas, como el detonador del ataque en el que habría perecido el máximo líder espiritual de Irán, país dominado por una teocracia islamista que hace apenas un mes reprimía a sangre y fuego las protestas ciudadanas que exigían la instauración de una democracia y la vigencia de libertad de expresión, de acción y de credo.


Aún sin confirmarse la muerte de Alí Jamenei, el líder espiritual extremista iraní y de otros cuadros militares, el régimen de Teherán emprendió el lanzamiento de misiles contra objetivos en Israel, país al que considera enemigo a muerte, sin importar lo que haga, y contra bases estadounidenses en Baréin, Catar, Emiratos Árabes, Kuwait y Arabia Saudita, cuya cauda mortal no ha sido develada. Según Estados Unidos, es cero, pero eso es lo que se supone que debe decir.


La negativa iraní a revelar sus planes de energía nuclear y el implícito intento de fabricar misiles de este tipo habría sido la causa del ataque, sumado al deseo trumpista de devolver al pueblo iraní la posibilidad de tener un régimen democrático que garantice sus libertades. Paradójicamente, uno de los misiles impactó contra una escuela de niñas y dejó decenas de víctimas. Puede ser parte de la desinformación o bien un hecho real, pero el caso es que estas víctimas colaterales desgastan el objetivo libertador, al representar un costo moral incuantificable.


Por otra parte, en Estados Unidos hay controversia acerca de las facultades presidenciales para emprender una ofensiva de esa dimensión contra una nación que no había hecho, taxativamente, una declaratoria de guerra contra la superpotencia. No obstante, en las últimas cuatro décadas, tal es la lectura de sus discursos, políticas y acciones. Aun así, en la institucionalidad estadounidense, es necesario un aval del Congreso para proceder en una estrategia que, según afirmó Trump, podría prolongarse, a diferencia del ataque estratégico del 2025.


También hace falta ver la respuesta de otras potencias militares y económicas como Rusia, China y la Unión Europea. Desde ya, las dos primeras son bastante previsibles, dada la tendencia histórica. En Europa y América, depende de la filiación del gobierno de turno, pero a la larga es innegable el grave impacto en la dinámica geopolítica internacional, comenzando por el súbito cierre del estrecho de Ormuz, dominado por Irán, paso clave del petróleo hacia Occidente.


Los llamados a una desescalada se han multiplicado en cuestión de horas y será necesario ver el desarrollo de decisiones, foros y acciones de los próximos días para vislumbrar una salida rápida de esta ofensiva o el inicio de una prolongada estrategia como la de Irak o Afganistán, que metieron a Estados Unidos en un laberinto pagado con vidas y billones de dólares.


Cierto es que Irán lleva 40 años en un círculo vicioso de cerrazón fundamentalista e inviable absolutismo teológico. Sin embargo, el cuestionamiento global es si este era el momento inevitable para emprender tan temido ataque a gran escala contra un grupo que tiene miles de células, potencialmente terroristas, obedientes y ahora obcecadas que podrían emprender acciones atomizadas pero trágicas.

ESCRITO POR:

ARCHIVADO EN: