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El súbito final de una era política

Mario Antonio Sandoval

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Mario Antonio Sandoval
Mario Antonio Sandoval

La muerte de Álvaro Arzú, por ser repentina y en condiciones tan dramáticas para su familia, me sorprendió el viernes, junto a todos los guatemaltecos. Se trata, sin duda, de un hecho sin precedentes en la historia nacional, donde algunos políticos han sido víctimas de asesinato. Pero esto nunca había ocurrido y constituye una especie de final a toda orquesta, porque se encontraba en la más dura batalla de su larga carrera.  En mi caso personal, sigo pensando como siempre lo he hecho acerca de sus decisiones como político. Eso provocó una reacción muy hepática en él, y de mi parte un endurecimiento de mi posición crítica. Pero ya cruzó el umbral de la vida y por ello el tema Arzú difícilmente será el central de alguno de mis artículos.

Nuestras vidas se cruzaron varias veces. Cuando dirigía el Inguat, en algunas ocasiones nos encontramos en La Antigua e incluso cantamos juntos porque lo hacía, y tocaba guitarra, razonablemente bien. El acto de entrega de un libro mío sobre redacción periodística se realizó en el auditórium de esa institución y lo invité a subir a la mesa donde estábamos mi papá y yo. Posteriormente me sucedió como presidente de Olimpíadas Especiales. Luego vino su primera candidatura a alcalde, en la cual tuvimos un encontronazo telefónico derivado de su mal carácter y de mi rechazo al insulto. Desde entonces cada quien tomó su camino. Sus acciones como presidente y luego como alcalde fueron motivo de críticas, y se le afianzó un genuino odio al periodismo.

Sin embargo, rechazo los mensajes de burla vía redes sociales. No hay derecho a crearlos, a divulgarlos porque son anónimos. ¡Ya está muerto, por Dios! Dos horas después de haber fallecido, había al menos cinco memes de burla y algunos de sus seguidores irracionales se dedicaron a divulgar ataques contra la prensa dedicada a hacer un recuento de su vida. Es el fanatismo en sus dos caras. Recuerdo haber visto una foto cuando estaba votando en la reciente consulta popular, y se le notaba una herida en el cráneo, tal vez evidencia de una grave enfermedad. Cuando se presentó irreflexivamente a la conferencia de prensa de la Cicig y el MP, su rostro estaba descompuesto, pero nadie imaginó el próximo resultado, ocurrido el viernes.

Álvaro Arzú Irigoyen llenó una era dentro de la política nacional. Eso es innegable y no implica un juicio necesariamente positivo. En su primera campaña de alcalde rechazó la oferta de Ríos Montt y, años después, resultaron aliados. Esa es solo una de las múltiples anécdotas dentro de una carrera prolongada, en la cual aplicó el criterio de privatización y luego de manejo de fondos vía fideicomisos. Las investigaciones seguirán, pero sin duda cambiarán de objetivo, aunque eso será visto posteriormente. Por ahora queda resolver los cambios políticos derivados de su muerte, indudablemente inesperados a causa de la ausencia de planificación a largo plazo, sustituida por reflejos derivados de la coyuntura.

Cuando muere alguien, y esta no es la excepción, pienso en sus familiares. Todos tenemos un cónyuge, padre, hijos, nietos, sobre todo estos últimos, y si son pequeños, porque en sus corazones no puede caber la explicación de ese misterio de la vida. Todos ellos tienen el derecho de llorar su dolor en paz, sin intromisiones, ni críticas, mucho menos si son malintencionadas. Duele perder a un padre, siempre, pero es menos duro cuando se es adulto. Duele perder a un compañero de vida. Son esos familiares cercanos quienes sufren en carne propia la ausencia definitiva, aunque se esté seguro en la existencia de la vida eterna. Ojalá el tiempo del dolor no sea tan largo y sus familiares puedan comprender a la conformidad como resultado del paso constante e imparable de ese tiempo, cuya extensión nadie puede saber.