<br />

Errada personalización fue repetida en la ONU

Mario Antonio Sandoval

Archivado en:

catalejojimmyMoralesONU

Quienes se hayan tomado el tiempo para escuchar o leer el discurso del presidente Jimmy Morales el martes en la Organización de las Naciones Unidas, y luego lo comparan con la intervención del presidente colombiano Iván Duque, podrán notar con facilidad por qué se puede criticar la intervención del ahora primer mandatario de Guatemala por muchas razones, pero en especial por haber desperdiciado la oportunidad de dirigirse en nombre del pueblo guatemalteco a solicitar colaboración para disminuir o tratar de solucionar algunos de los problemas más serios de Guatemala. En vez de eso, desperdició el tiempo en su lucha personal contra la Cicig e Iván Velásquez.

Evidentemente, la mala asesoría interna del presidente guatemalteco se abstuvo de recomendarle semejante error. Talvez lo hicieron los diplomáticos del exterior pero no les hizo caso, o no quisieron aconsejarlo por temor a ser enviados a su casa por una canciller tan pintoresca como la actual. Jimmy Morales olvidó, o no sabe, la importancia de analizar la audiencia para saber cuál es el lenguaje adecuado. Pero, además, cuál es el nivel de importancia otorgado al discurso por la audiencia, cuyas risas ante lo expresado por el presidente estadounidense Donald Trump demostró cómo puede reaccionar cuando considera importante e influyente al orador. Para ellos, Morales es el presidente opuesto a la lucha contra la corrupción. Era necesario entonces ser muy hábil.

Otro error fueron los epítetos lanzados contra la ONU y su secretario general. Fuera de todo tono diplomático. Se pueden decir expresiones muy fuertes y duras sin alzar la voz y sin alusiones de hecho ofensivas, pero cuando no se actúa así sólo se puede calificar de cínico o infantil solicitar una audiencia con la persona agraviada. Parece humor negro… Por eso, el secretario general de la ONU le dio apenas diez minutos, como forma de cortesía, pero además de un claro mensaje de la molestia y la irritación del funcionario mundial y por eso constituyó otro error haber aceptado esa migaja de tiempo. En suma: no pega una. La secretividad de lo conversado, por fortuna, no fue conocido, porque poca duda cabe de lo expresado por Guterres.

Los guatemaltecos, inmersos en nuestro pequeño mundo con sus infiernos grandes, no tenemos conciencia de la importancia de nuestros problemas y la forma de solucionarlos a la hora de presentarlos ante el mundo. Los cargos políticos en Guatemala tienen importancia en el país, pero no necesariamente afuera. El lenguaje altisonante es visto como una malacrianza y prueba de poca capacidad diplomática. La andanada de mensajes netcenteros de apoyo al presidente tuvieron, como pocas veces, un efecto contraproducente. Ojalá no hubiera necesidad de hacer estos señalamientos, pero los constantes yerros obligan a señalarlos, por el bien del país al cual, equivocadamente, él cree defender.

Como guatemaltecos, todos debemos sufrir la vergüenza ajena —aunque en realidad también es personal— de la forma y el fondo de lo expresado por el presidente, quien en teoría no sólo representa al país sino a la unidad nacional, aunque eso sólo sea ahora un sueño de opio. No cabe, como expresaba antes, la ideologización: Estas vergonzosas actitudes no se relacionan en nada con los términos tan de moda y tan vacíos de contenido como “ser de izquierda” o “de derecha”. Esos errores no pueden ser apoyados por nadie, ni siquiera por ser quienes pertenecen a su círculo compadrístico, partidista, religioso, o cualquier otro, ajeno al área y a la necesaria manera de pensar cuando se ejerce, aunque sea mal, el más importante cargo de la administración pública.