Con nombre propio

La nicaragüización centroamericana

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

En Centroamérica, cada vez hay más descaro, servilismo y abuso de poder. Con la  excepción costarricense, las democracias y las ganas de construir repúblicas serias parece cuestión del pasado.

¿Qué hemos hecho los centroamericanos en 194 años? —en 1824 se promulgó la Constitución Federal— ¿Vamos para adelante o para atrás? Veamos, Nicaragua tiene un dictador con un discurso de izquierda pero que convenció a la gran élite centroamericana para que fuera de shopping a su territorio y adquiriera extensiones de tierra o instalara industrias, pero bajo la modalidad de la mordida al “club dirigente”. Daniel Ortega convenció a las grandes cámaras de empresarios para llegar a invertir, pero sucedió lo lógico: cuando se vio acorralado por su pueblo hizo lo que todo dictador: reprimir. Su secuela es de muerte, heridos, exilados, cierre y allanamiento de medios de comunicación y empresas, suspensión de clases en institutos y universidades. Nicaragua tenía una proyección de un crecimiento del 5% y hoy ya tiene índices negativos. ¿Qué permitió a Ortega convertirse en dictador? Algo muy sencillo, se concretó la máxima “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, muchos ayudaron a que un solo hombre tuviera el poder que tiene.

Un individuo, en cualquier parte del mundo, con poder sin límites actuará como dictador. A Ortega lo encumbraron poco a poco quienes lo adulaban, hacían negocios con el régimen y a la vez defendían las bondades del sandinismo rosa. Ortega no lo hizo solo, tuvo aliados que hicieron de él el monstruo que ahora actúa tal y como lo hacen todas las dictaduras.

¿Por qué los demás gobiernos del Istmo no hacen nada o dicen algo sobre Ortega? Pues también es muy sencillo: Ortega es su inspiración. Juan Orlando Hernández acaba de cometer un fraude electoral en Honduras (hasta aplaudido por EE. UU.), pero antes logró consumar un fraude constitucional al empujar una “sentencia” que no soporta ningún análisis constitucional serio dictada por su Corte Suprema, por medio de la cual se declaró “inaplicable” la prohibición constitucional de no reelección y güizaches con toga validaron la afrenta a la República (la misma sentencia fue dictada antes en Nicaragua).

En El Salvador gobierna la exguerrilla, que demostró ser tan hábil ladrona como Arena, y si bien su sistema judicial hace lo posible por sancionar penalmente a expresidentes y exministros, la institucionalidad es tan débil que no puede avanzar como debiera y la tentación sandinista rodea la mente de más de alguno con mucho poder.

El país es gobernado por quien pretende dar una imagen de anodino pero es un excelente instrumento para consumar la deslegitimación de las pírricas instituciones republicanas. La libertad de prensa está amenazada, la libre asociación es amenazada con proyectos de ley que quieren “fiscalizarla”, y ahora se publica hasta en el diario oficial el retiro de visas de personal de Cicig en violación con fluorescencia del convenio vigente.

Morales en Guatemala nombra generales por granel —como si aportaran algo al país—, desarticula cuadros técnicos en la Policía y hasta en el sistema de financiamiento de vivienda deslegitima al sistema judicial y enseña su verdadero color: de un autoritario rodeado de servilismo.

Guatemala tomó la ruta de la nicaragüización del poder. Un “golpe de Estado a cámara lenta” se fragua con manifiesta complicidad de una élite académica, militar, sindical y empresarial que no abona en nada a la construcción del Estado de derecho y menos a la República.

Cerca de Navidad quisiéramos dar un mensaje de paz y optimismo; sin embargo, la realidad nos hace comentar los grandes riesgos en los cuales el abuso, la mediocridad y el servilismo nos han colocado.

@Alex_balsells