Pluma invitada

El barómetro y la IA

Educar no es solo obtener respuestas correctas, sino formar mentes capaces de pensar por sí mismas.

Hace unos días, conversando con un colega filósofo y catedrático universitario, me relató una experiencia que lo dejó perplejo. Como había hecho siempre, pidió a sus alumnos que redactaran un ensayo con una extensión determinada. Al corregirlos, se encontró con algo inesperado: la mayoría de los trabajos presentaba una calidad técnica notable, con una estructura impecable, una sintaxis fluida y una ortografía irreprochable. Paradójicamente, los alumnos más responsables y comprometidos entregaron textos más modestos; correctos, pero menos brillantes.

El problema no es que exista ni que se utilice, sino qué entendemos por aprender.

No hacía falta ser Sherlock Holmes para advertir que buena parte de aquellos ensayos había sido elaborada con ayuda de la inteligencia artificial (IA). El problema, sin embargo, no era solo detectar el uso de la herramienta, sino decidir cómo evaluarlo. Todos los estudiantes habían cumplido formalmente la consigna: entregar un ensayo. Algunos lo habían hecho con apoyo tecnológico; otros, no. ¿Debía penalizarse a unos por usar un recurso disponible? ¿O, por el contrario, evaluar únicamente el resultado final, al margen del proceso?

Esta situación me recordó una anécdota que leí hace tiempo. Aunque lo más probable es que se trate de una leyenda urbana, sin respaldo bibliográfico serio. Aun así, la historia es lo suficientemente gráfica como para iluminar el problema que nos ocupa.

Se cuenta que Ernest Rutherford, presidente de la Royal Society británica y premio Nobel de Química en 1908, fue llamado a arbitrar un conflicto académico. Un profesor estaba dispuesto a suspender a un estudiante por la respuesta dada en un examen de Física, pese a que el alumno sostenía que su solución era correcta. La pregunta era simple en apariencia: “Demuestre cómo determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro”. El estudiante había respondido que bastaba con atar el barómetro a una cuerda, descolgarlo desde la azotea hasta el suelo y medir la longitud resultante.

La respuesta, en efecto, resolvía el problema planteado, pero no demostraba conocimientos de física. Si se le otorgaba la máxima puntuación, se certificaba un nivel académico que aquella solución no parecía justificar. Rutherford propuso entonces darle una segunda oportunidad, con una condición clara: debía demostrar sus conocimientos de Física y la solución del problema. Tras unos minutos de silencio, el estudiante escribió una nueva respuesta: lanzar el barómetro desde la azotea, medir el tiempo de caída y calcular la altura mediante las leyes del movimiento. Esa vez obtuvo la máxima calificación.

La historia no termina ahí. Más tarde, el propio alumno enumeró otras soluciones posibles: usar las sombras del barómetro y del edificio y, por proporción, determinar la altura; emplear el barómetro como unidad de medida, marcando tramos sucesivos, y multiplicarlos por la altura; hacerlo oscilar como un péndulo para aplicar la trigonometría o, incluso, ofrecérselo al conserje a cambio del dato. Cuando Rutherford le preguntó si conocía la respuesta “correcta”, basada en la diferencia de presión atmosférica, el estudiante respondió que sí, pero que sus profesores le habían enseñado a pensar, no a usar fórmulas. Según la leyenda, aquel alumno era Niels Bohr (Nobel de Física en 1922).

Al margen de la veracidad histórica del relato, la anécdota resulta profundamente elocuente. No cuestiona las herramientas, sino el modo en que valoramos el aprendizaje. La inteligencia artificial, como el barómetro, puede usarse de muchas maneras. El problema no es que exista ni que se utilice, sino qué entendemos por aprender, qué evaluamos realmente y qué tipo de pensamiento queremos formar.

Tal vez el desafío actual no consista en prohibir herramientas, sino en replantear nuestras preguntas, nuestros métodos de enseñanza y la forma como evaluamos. Sería equivocado no contar con la inteligencia artificial, pero más desorientado es seguir enseñando sin contar con la inteligencia artificial. Porque educar no es solo obtener respuestas correctas, sino formar mentes capaces de pensar por sí mismas.

ESCRITO POR:

Fernando Armas Faris

Sacerdote y doctor en Filosofía