Pluma invitada

El deber de una omisión incondicional

Las acciones de un Estado se condicionan a través de intereses, los cuales persiguen agendas políticas establecidas por un periodo de gobierno para mantener gobernabilidad y gobernanza de un país. Pero ¿qué de estos intereses deben su acción y qué otros deben su omisión?
Una acción no solo debe ejecutarse porque su fin último es bueno, o al menos aparentar en serlo. Robert Spaemann, un filósofo alemán, escribiría que también existen circunstancias, efectos resultantes, alternativas, e intenciones subjetivas que forman parte de una acción. En este sentido, aquellas acciones que buscan consecuencias buenas sin reconocer el sentido de los medios terminan aplicando el supuesto de Maquiavelo de que el fin justificará los medios.

Quienes aplican la propensión de tomar acciones justificando las consecuencias y obviando sus medios no podrán mantener su rectitud sin corromperse de manera moral. Son otros resultados que se buscan, que no solo requieren de su acción para ser bueno, sino también de su omisión. El sentido no es por egoísmo ético o moral, sino más bien de una cuestión de responsabilidad y deber. Por lo tanto, entender aquellas acciones y omisiones a las que nos debemos con responsabilidad constituye uno de los principios para construir civilidad.

Spaemann lo describe en un ejemplo al separar las responsabilidades que posee el Estado y la Iglesia. Una omisión condiciona a ambos, la del Estado de no intervenir en la salvación de las almas, y la de la Iglesia de no intervenir en el derecho de la vida, no porque deban actuar de manera egoísta, sino porque cada institución posee una misión condicional y se deben con responsabilidad a esta.

Que el Estado, por ejemplo, tenga el deber de velar por el cumplimiento de reglas claras y justas en la economía de nuestro país, y no en cambio, en una intervención arbitraria en la redistribución de la riqueza, es destacar su deber de acción y una omisión incondicional. En la tentativa de velar por intereses buenos, Spaemann advierte de que es necesario entender que el fin bueno no convierte bueno a los medios utilizados, y no justificará también las consecuencias en su momento.

La buena calidad de las relaciones comerciales de Guatemala, por ejemplo, empezará cuando sus indicadores macroeconómicos, políticos y sociales se vuelvan atractivos para la inversión extranjera directa (IED), en donde el Estado omite acciones que pueden beneficiar a pocos, y evitar en convertirse en un óbice estatal ante muchos otros. Sin embargo, el Estado no es el único que tiene el deber de la omisión.

Un futuro digno no se construye desde un aparato estatal. El guatemalteco también tiene mucho que ver en la construcción de una nación. Y aunque la tarea pueda ser ardua, con aplicar el deber de la omisión resulta ser un primer y gran paso hacia lo que por utopía creemos de Guatemala. ¿Qué pasaría si cada persona se debe con responsabilidad a lo que es bueno por vocación y omitir acciones a las que no se debe?

Ante un nuevo periodo de gobierno, el presidente Alejandro Giammattei tiene un reto por continuar con la consigna de reivindicar el fin último del servicio público, el cual se ha polarizado entre corrupción, ineficiencia e intervención política donde el Estado debería omitirse. Seguramente este gobierno no solo se vestirá de buenas acciones, sino también de permitirse trabajar con responsabilidad a lo que se debe, y esto será no intervenir en otras esferas donde el Estado no puede funcionar, no por incapacidad, sino porque tiene que mantener su deber de omisión incondicional.