Ventana

El monje de los cocos

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

Hace muchos años, cuando el lago de Atitlán era prístino, mi mamá me enseñó a meditar en el agua. Luego de hacer varias respiraciones, de inhalar y exhalar el aire lentamente, flotábamos con el cuerpo extendido. Me decía: “cierra los ojos, imagina cómo cada parte de tu cuerpo se va transformando en esta agua turquesa sanadora. Relaja tus pies, las piernas, el tronco, el cuello hasta llegar a la cabeza”. Y ¡zas! la sensación de disolverme en ese hermoso espejo de agua generaba dentro de mí una paz inefable. Salía totalmente renovada y muy agradecida con el “ri muxux caj uleu”, el ombligo entre el cielo y la tierra, como le decían los antiguos abuelos tzutujiles.

Ahora, con esta realidad inédita del covid-19, que ha detenido al mundo, que nos ha encerrado en nuestros hogares para prevenirnos de más muertes, junto con la desesperación que provoca el impacto económico, nos agitan igualmente. Se siente la intranquilidad en el ambiente y eso es tan peligroso como el virus. La tristeza, el miedo, la angustia pueden capturarnos y eso no ayuda para buscar las soluciones a los problemas que enfrentamos. Todavía falta un buen trecho en este camino desconocido que debemos aceptar y saber manejar, por el bien de nosotros mismos, de nuestras familias y nuestra comunidad. Desde hace algún tiempo, influida por la relajación en el agua, leo a Thich Nhat Hanh, un maestro budista zen, poeta, erudito que luchó sin descanso por la reconciliación entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur en el siglo pasado. El maestro Hanh, después del Dalái Lama, es uno de los líderes espirituales que más han influido en Occidente. Ha escrito un centenar de libros sobre diversos temas, sobre cómo aprender técnicas sencillas de meditación para alcanzar la claridad mental, la calma y la paz interna. Considero que en estos tiempos de cambios drásticos, aprender a meditar es una práctica muy valiosa. Pueden buscarlo en el internet.

El maestro Hanh fue quien acuñó el término “budismo comprometido”, que significa alcanzar la serenidad interna para poder ayudarse a uno mismo y así poder ayudar a otros. El budismo considera que todo está interconectado. Si otras personas sufren menos, nosotros también sufriremos menos. “Meditar”, dice Hanh, “es estar consciente de lo que ocurre”. Durante la guerra era indecible el sufrimiento. Escuchaba las bombas que caían y los gritos de los niños y adultos heridos. Fue así como, utilizando la técnica de la “consciencia plena”, que enfoca a la persona en el momento presente, la hace sentirse más fuerte y conectada con los demás, Hanh y sus seguidores ayudaban a las familias campesinas para reorganizar sus pueblos, para reestablecer escuelas y hospitales.

Esta debacle del covid-19 es como una guerra que nos conduce a recapacitar sobre nuestros valores, sobre nuestro sistema de vida, sobre nuestra relación con los demás. El mundo ya no es lo que era, “se está transformando”, susurró el Clarinero, y ese renacimiento depende de cada uno de nosotros. Gandhi enseñaba que nuestros pensamientos generan palabras, las palabras llevan a acciones, las acciones crean hábitos, los hábitos modelan el carácter y el carácter forja el destino. El maestro Hanh, en el libro Silencio, narra la historia de un joven vietnamita que había estudiado en Francia la carrera de Ingeniería, pero al regresar a Vietnam y encontrar a su país devastado por la guerra, eligió ser monje budista y promover la paz. En el delta del río Mekong creó un centro de meditación. Cientos de personas llegaban a meditar con él. Le apodaron el Monje de los cocos porque meditaba sobre una plataforma hasta arriba de una palmera. Durante el tiempo libre recogía, por toda la zona, fragmentos de balas y bombas. Los fundió y forjó una campana formidable. La llamó la campana de la plena consciencia. Al tocarla invitaba a la población a meditar. Luego le escribió un poema que dice: “Queridas balas, queridas bombas, os he ayudado a uniros para que practiquéis. En otra vida habéis matado y destruido. Pero en esta estáis llamando a la gente para que despierte, para que despierte a la humanidad, el amor y la comprensión”. “Esa campana”, escribe Hanh, era un símbolo de cómo la transformación era posible.