Familias en paz

La honra a los padres

Rolando De Paz Barrientos rolando.depazb@gmail.com

En su Libro de las Virtudes, William J. Bennett narra sobre un anciano que había trabajado duramente como sastre toda su vida, y ahora era tan viejo que ya no podía trabajar. Tenía tres hijos que habían crecido, se habían casado y estaban tan ocupados con su propia vida. El anciano estaba cada vez más débil, y los hijos lo visitaban cada vez menos. Una noche se pasó en vela pensando qué sería de él, y al fin trazó un plan. A la mañana siguiente fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió que le fabricara un cofre grande. Luego fue a ver a su amigo el vidriero y le pidió todos los fragmentos de vidrio roto que tuviera. El anciano llenó el cofre hasta el tope de vidrios rotos, le echó llave y lo puso bajo la mesa de la cocina. Cuando sus hijos fueron a cenar, lo tocaron con los pies. ¿Qué hay en ese cofre? preguntaron mirando bajo la mesa. Oh, nada, respondió el anciano, solo algunas cosillas que he ahorrado.

Sus hijos lo empujaron y vieron que era muy pesado. Debe estar lleno con el oro que ahorró a lo largo de los años, susurraron. Deliberaron y comprendieron que debían custodiar el tesoro. Decidieron turnarse para vivir con el viejo. La primera semana, el menor se mudó a la casa del padre. A la semana siguiente, lo reemplazó el segundo hijo, y la semana siguiente acudió el mayor. Así siguieron por un tiempo. Al fin el anciano padre falleció. Los hijos le hicieron un bonito funeral, pues sabían que una fortuna les aguardaba bajo la mesa de la cocina y podían costearse un gasto grande con el viejo.

Al terminar la ceremonia buscaron la llave y abrieron el cofre, que hallaron lleno de vidrios rotos. ¡Qué infame! exclamó el hijo mayor. ¿Pero qué podía hacer? preguntó tristemente el segundo. Seamos francos. De no haber sido por el cofre, lo habríamos descuidado hasta el final de sus días. Estoy avergonzado de mí mismo sollozó el menor. Obligamos a nuestro padre a rebajarse al engaño porque no observamos el mandamiento que nos enseñó cuando éramos niños. El hijo mayor volcó el cofre para asegurarse de que no hubiera ningún objeto valioso oculto entre los vidrios. Desparramó los vidrios en el suelo hasta vaciar el cofre. Los tres hermanos miraron silenciosamente dentro, donde leyeron una inscripción que el padre les había dejado en el fondo: “Honrarás a tu padre y a tu madre”.

La honra a los padres no es una sugerencia, sino un mandato; su cumplimiento no tiene condiciones. No solo a quienes consideramos buenos padres, sino que a pesar de sus errores hemos de honrarlos. La pregunta es: ¿cómo hacerlo?

Hay cuatro maneras. La primera es perdonándolos. No hay ser humano perfecto, todos fallamos. Seguramente cometieron errores al disciplinarnos, quizás fueron injustos, pero es necesario perdonarlos para no llenarnos de amargura. La segunda es sosteniéndolos en sus necesidades. Si uno de ellos se encuentra desamparado, todos los hijos deben colaborar según sus posibilidades, mostrando una preocupación sincera y desinteresada. Considerémolos en su salud quebrantada, en su cuerpo cansado, en su rutina diaria y tediosa. Muchas peleas entre hermanos se originan por ver quién se hará cargo de ellos, no porque así lo quieran, sino porque los consideran una carga. La tercera es prestándoles atención. Conversemos con ellos, escuchemos sus historias una y otra vez. Con frecuencia lo que más necesitan es ser escuchados. Sin importar la edad, hemos de mantener el oído abierto y el corazón respetuoso hacia ellos. La cuarta, sea que estén vivos o muertos, es resaltar sus virtudes y cubriendo con amor sus defectos.

Señalar sus errores es una manera de deshonrarlos.