Ventana

La metáfora del águila

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

Hoy les cuento una historia que le gusta mucho al Clarinero, y él la denomina La metáfora del águila. Se cree que el águila puede llegar a vivir hasta setenta años. Sin embargo, cuando se aproxima a los cuarenta su pico alargado se ha encorvado y casi le toca el pecho. Sus garras se han ido apretando y debilitando. Las plumas de sus alas se han engrosado, son más pesadas, y cada vez le será más difícil ¡volar! Al llegar a los cuarenta años, el águila tiene que tomar una difícil decisión: dejarse morir o enfrentar el reto de un doloroso proceso de renovación que le permitirá vivir otros treinta años más de una vida fructífera.

Si elige el proceso de renovarse para vivir, el águila buscará la cima de una montaña, con un nido cercano a un paredón. Golpeará su pico contra la pared hasta que consiga arrancárselo. Esperará varios días pacientemente hasta que le crezca un pico nuevo. Luego se irá desprendiendo una a una las garras de los talones. Cuando las garras le habrán crecido, empezará a desplumarse, a arrancarse las plumas viejas. Este punzante proceso de renovación le tomará varias semanas. El águila sabe que será como volver a nacer.

La metáfora del águila me hizo recordar las ideas de Thomas Kuhn, físico y filósofo estadounidense, quien desde mediados del siglo pasado afirmó que cada cambio de era implica un cambio de paradigma. ¿Qué es un paradigma? El paradigma funciona como un lente a través del cual percibimos la realidad y también funciona como el método que usamos para resolver los problemas que surgen a cada momento. Lo dramático está, de acuerdo con Kuhn, en que, para que ocurra ese cambio de paradigma, de valores y de acciones, la generación que lo creó y lo vivió debe desaparecer. Sin embargo, muchos científicos rebaten su tesis y consideran que ese cambio de paradigma puede suceder sin llegar al extremo de que toda su generación deba extinguirse.

Creo que después de haber vivido estos meses de confinamiento en “nuestros nidos”, por el covid, las dos posibilidades pueden darse, y por eso es que La metáfora del águila, mito o realidad, se convierte en una historia ejemplar en este año 2020. Cuando veo los cambios que el covid ha hecho en el mundo, en la educación tradicional, en el comercio, que se ha vuelto instantáneo; en la relación de mayor conciencia entre los países, en el traslado de las oficinas a las casas, en las relaciones intensas de familias encerradas en espacios reducidos, en el miedo de exponer a la muerte a los mayores. Me aparece la imagen del águila subiéndose a la montaña más alta, quebrándose el pico y arrancándose las garras, porque, en el fondo, sabe que es la única manera de tener a la vida de su lado y que todos estos sacrificios tienen sentido porque podrá volver a volar.

Todos estos aspectos son manifestaciones de la nueva era que está naciendo a la par de la pandemia. Lo importante está en que veremos el mundo con otros ojos, como si lo viéramos por primera vez, como si nunca antes lo hubiéramos visto, por el ruido ensordecedor de las calles, porque habíamos perdido la oscuridad de las noches y el silencio de las madrugadas, y le habíamos perdido el miedo a la muerte y a lo desconocido. Nos creíamos inmortales. Pero de todas estas lecciones hay una en especial que nos une a la metáfora del águila, y es la que nos enseña que en la naturaleza todo está conectado, el pico con las garras, las garras con las plumas, las plumas con el volar, con todo, pero los humanos nos habíamos empecinado en creer que vivíamos en un mundo donde todo estaba separado de todo. En un mundo donde todo está separado de todo prevalece la competencia, la discriminación, el egoísmo, el desprecio a la naturaleza, y la única ley que respetamos es la ley del más fuerte. Pero ahora estamos re-conociendo que lo contrario también existe, un mundo donde todo está unido con todo, y que la fuerza interna que lo une es el amor.