Pluma invitada
Lectiositas como virtud
El buen lector no lo es por accidente ni por ráfagas de inspiración: lo es de manera estable.
En antropología, ética, psicología y demás ramas del saber se ha estudiado la virtud con notable precisión. La tradición clásica, formulada con especial claridad por Aristóteles y desarrollada sistemáticamente por Tomás de Aquino, la define así: virtud es una disposición estable que perfecciona una facultad humana y la orienta a su acto propio de manera excelente.
El hábito en cuestión es la lectura. Sí, leer.
Gracias a esta definición sabemos que quien tiene el hábito de decir la verdad es sincero; quien vive en una alegría habitual posee la virtud de la alegría; quien acomete empresas grandes es magnánimo; quien domina sus apetitos es templado. La lista es larga y tranquilizadora: todo tiene su nombre, su clasificación y, si hace falta, su correspondiente tratado en latín.
Sin embargo, he descubierto una omisión grave. Hay un hábito operativo bueno —fundamental, diría yo— que no figura con carta propia entre las virtudes clásicas. Un descuido imperdonable, aunque comprensible. Propongo, pues, iniciar una campaña cívico-filosófica para subsanar semejante vacío y, con un poco de suerte, llegar incluso a los oídos de la Real Academia de la Lengua Española (RAE).
El hábito en cuestión es la lectura. Sí, leer. Ese acto casi arqueológico que consiste en posar la vista sobre signos impresos y, milagrosamente, comprender frases completas sin necesidad de que parpadeen, vibren o exijan batería.
Sostengo —con la gravedad que el asunto merece— que la lectura es un auténtico hábito operativo bueno. Se adquiere por repetición, exige disciplina y, cuando se consolida, permanece. El buen lector no lo es por accidente ni por ráfagas de inspiración: lo es de manera estable. Al inicio cuesta; la concentración se dispersa; el párrafo parece escalarse como una montaña. Pero con el tiempo llegan la destreza, la velocidad, la comprensión profunda… e incluso el gozo tan propio de la virtud.
Es frecuente escuchar a personas decir que no les gusta leer. Y, en cierto sentido, resulta lógico. Tampoco nos gusta quedar mal, y sin embargo intentamos ser sinceros; preferimos la comodidad, pero aspiramos a la magnanimidad; nos cuesta dominar el carácter, pero procuramos mantener la alegría. Del mismo modo, aunque leer no se nos facilite al principio, confiamos en que con el tiempo podremos adquirir el hábito. Lo que incomoda al inicio puede convertirse en una segunda naturaleza.
En una cultura donde ya se leía poco, los lectores se han convertido en una especie en peligro de extinción. Entre notificaciones, videos de 15 segundos y la urgente necesidad de opinar sobre todo, el libro compite heroicamente por sobrevivir. Las ballenas, al menos, tienen documentales; el lector silencioso apenas tiene memes.
Buscando respaldo teórico encontré que Tomás de Aquino habla de la estudiosidad, entendida como el recto orden del deseo de saber. Pero la estudiosidad es más amplia: abarca todo esfuerzo serio por conocer. Yo quiero rescatar algo más concreto, más humilde y —por qué no decirlo— más subversivo: la constancia de leer.
Por eso propongo instituir una nueva virtud: la lectiositas —o, si preferimos castellanizarla, la “lectuosidad”—. Su definición lexicográfica podría ser: capacidad de dejarse formar por los libros, dialogar con ellos e integrar lo leído en el juicio práctico y en la conversación cotidiana.
Conviene fomentarla desde la infancia. No como castigo escolar, sino como gimnasia del espíritu. Porque la lectiositas no solo produce lectores; produce inteligencias ejercitadas. Fortalece la prudencia —al ofrecer criterio—, alimenta la sabiduría —al ampliar horizontes— y ordena la curiosidad, evitando que se degrade en simple consumo de novedades. La lectura es a la inteligencia lo que el deporte es al cuerpo: sin ejercicio, ambos se atrofian.
Además, amplía el vocabulario, mejora la expresión verbal y afina la conversación. Enriquece la experiencia propia con la ajena. Permite recorrer siglos sin moverse de la silla. Da serenidad. Facilita la perspectiva. Da, incluso, la incómoda capacidad de pensar antes de hablar.
Inventar la palabra “lectuosidad” no sería un capricho académico. Sería reconocer que la lectura puede constituir una excelencia humana estable, capaz de modelar el carácter y sostener el deseo de verdad hasta el último día de nuestras vidas. Y quizá —solo quizá—, al atrevernos a nombrarla, empecemos también a practicarla.