Pluma invitada

Tales y la comedia de la superficialidad

Las redes sociales, las noticias instantáneas, las tendencias efímeras y la agitación continua convierten lo urgente en una tiranía.

Hace unos días intenté conectar mi teléfono a la televisión mediante AirPlay para ver el Mundial. Lo único que conseguí trasmitir fue mi ignorancia tecnológica. Al menos el espectáculo sirvió para entretener a algunos, que lo encontraron bastante más divertido que el encuentro que intentábamos ver. Durante unos minutos me convertí en el centro de las bromas. Cada vez me ocurre con más frecuencia. Basta con que pregunte por una aplicación, una nueva tendencia o alguno de esos vídeos que de pronto se vuelven virales para que queden al descubierto no solo mis lagunas digitales, sino también los años que ya voy teniendo.

Vivimos rodeados de estímulos que reclaman nuestra atención de manera permanente.

Sin embargo, el paso del tiempo tiene una curiosa ventaja. Uno deja de saber algunas cosas, pero empieza a sospechar que no todas las cosas merecen ser sabidas con la misma urgencia. Hay una edad en la que resulta difícil distinguir entre lo importante y lo simplemente novedoso. Más adelante, en cambio, comenzamos a descubrir que muchas de las cuestiones que ocupan nuestra atención durante semanas desaparecen sin dejar rastro, mientras que las preguntas verdaderamente decisivas permanecen.

Quizá por eso recordé un viejo chascarrillo filosófico que se cuenta de Tales de Mileto, aquel sabio nacido en la ciudad jonia hacia el año 624 a. C., a quien la tradición reconoce como el primer filósofo y científico griego. Se cuenta que una noche caminaba contemplando el firmamento. Astrónomo, geómetra, político y también hábil hombre de negocios, era ante todo un espíritu movido por una curiosidad insaciable. Mientras otros observaban los acontecimientos cotidianos, él trataba de comprender el orden profundo de la realidad. Aquella noche avanzaba con la mirada fija en las estrellas cuando, sin advertirlo, cayó en un pozo que se abría ante sus pies.

Una muchacha tracia que pasaba por allí presenció la escena y rompió a reír. “Se esfuerza en conocer las cosas del cielo, pero no ve lo que tiene en el suelo”. Aquel hombre que buscaba el principio de todas las cosas —el arché del universo— quedaba reducido, a los ojos de la joven, a la figura de un torpe distraído. La carcajada de la criada expresa, en realidad, algo más profundo: la reacción espontánea del mundo cotidiano frente a quien se aventura a pensar más allá de lo inmediato. Es la risa de lo práctico ante lo contemplativo, de lo urgente ante lo importante.

Pero la muchacha no comprendió algo esencial. Tales no estaba distraído; estaba absorto. No había perdido de vista el mundo. Intentaba comprenderlo en su raíz. Su mirada se dirigía hacia aquello que sostiene todo cuanto existe. Su caída, por eso mismo, no es solamente un accidente cómico. Es también un símbolo del riesgo que corre quien decide levantar la vista más allá de lo inmediato.

La escena parece repetirse constantemente en nuestro tiempo. La risa de la muchacha tracia no ha dejado de resonar. Vivimos rodeados de estímulos que reclaman nuestra atención de manera permanente. Las redes sociales, las noticias instantáneas, las tendencias efímeras y la agitación continua convierten lo urgente en una tiranía. Pensar despacio, contemplar en silencio o preguntarse por el sentido último de las cosas aparece cada vez más como una extravagancia.

La risa frívola de aquella muchacha ha atravesado los siglos. Es la misma risa que sospecha de la sabiduría porque no genera beneficios inmediatos; la misma que considera inútil todo aquello que no puede transformarse rápidamente en entretenimiento, productividad o rendimiento. Quizá por eso convenga, de vez en cuando, levantar la mirada del teléfono. Detenerse ante una rosa en el jardín. Buscar un lugar desde el que contemplar la lenta desaparición del sol en el horizonte. Compartir una cerveza sin prisa con un amigo. Abrir un libro que nos obligue a pensar. Permanecer unos minutos ante una obra de arte. O dejarse envolver por el silencio recogido de una iglesia. Frente a la superficialidad reinante, la profundidad sigue siendo una forma de resistencia. No estamos hechos únicamente para lo efímero, sino también para lo eterno. Y tal vez no exista verdadera sabiduría sin alguna caída en el camino, ni pensamiento auténtico que no haya escuchado alguna vez, a lo lejos, la carcajada de la muchacha tracia.

ESCRITO POR:

Fernando Armas Faris

Sacerdote y doctor en Filosofía