Pluma invitada

Una compañera para toda la vida

José Miguel Argueta jomiarbo@gmail.com

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Ver la vida desde la madurez es un don. Sin embargo, solo la madre es capaz de recorrer ese camino de la vida, en la cual sufrimos por nimiedades, nos engañamos a nosotros mismos y cometimos más de una vez los mismos errores. La madre se define como perdón, como expresión de amor, alguien que se libera a sí mismo de las ataduras del alma para brindar a sus hijos esa compañía en el recorrido por la vida.
Casi todas las tradiciones en nuestro mundo se están perdiendo. Quiero rescatar en estas líneas a ese ser extraordinario que mantiene una preocupación decisiva por los suyos: la madre.

A lo largo de la historia, la vida se ha posibilitado gracias a que hay fuerzas fundamentales que definen el mundo. Terminando el mes de abril e iniciando mayo, una serie de acciones de la vida se dirigen a reflexionar sobre ese ser que nos da la vida y nos reencuentra en cada día, año, década de nuestra existencia.

Durante mucho tiempo nuestras vicisitudes hacen que queden escondidas y escindidas entre recuerdos muchas de las fortalezas de la vida. Fundamental y silenciosamente… la madre. Muchas veces quedamos obnubilados y fascinados por cosas pasajeras que carecen de sentido, olvidando lo temprano de nuestra existencia para la inmensidad del amor que se nos brinda. Ese amor con el que se lleva en el vientre queda intacto y se mantiene a lo largo de toda la vida.

Hago un verdadero esfuerzo por entender el corazón de la madre: fuerte, vigoroso, frágil… que no revela asombro ante aquellas cosas fatuas que los demás ven en los demás. Fundamentalmente, no hay intención en ella más que el bienestar de los hijos, a quienes acompaña hasta el momento en que nuestro creador le da en gracia un descanso.

Nuestra vida, no importando la cuna que nos albergue, no delinea nuestro quehacer y nuestro actuar en el mundo; nuestra madre es mediatez intencionada. Esta siempre ahí… Muchas veces, cuando la madurez llega con todo el cúmulo de ansiedades y cargas, nuestra amada madre siempre está para hacer menos pesado ese transcurrir y ese vivir. En todas las culturas, la madre siempre resulta reivindicada.

Su habitual tacto para hacer fáciles las cosas más difíciles la hace ser el centro de la existencia humana, sin que este centro oscurezca en lo mínimo a sus seres más amados.
La vida recorre ese sendero en el cual los errores marcan cicatrices y surcos de existencia que a veces amargan o desorientan la acción. Basta con recordar el hogar materno para que todo se reconduzca y vuelva a esa calma y a esa pacífica armonía con todo lo demás.

Deseo que cada uno de nosotros encuentre en este día especial una apertura hacia la espiritualidad y para cerrar esa brecha de laberintos que nos hacen perder la dimensión de lo verdaderamente humano y la calidez del hogar.