Ventana

San Juan La Laguna crea su marca

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

Hoy quiero compartir las lecciones que aprendí al visitar la comunidad de San Juan La Laguna, en el Lago de Atitlán. Comento con mucha alegría que su gente,   de origen tzutujil y k’iché,  está luchando para salir de la pobreza de una manera creativa.   Una amiga me dijo: “Si vas el fin de semana al  Lago de Atitlán,  no dejes de visitar  San Juan La Laguna”.  Seguí su consejo. El  sábado  en la mañana, junto con mi familia,  cruzamos en lancha el espejo de agua del   ri muxux caj uleu, el ombligo entre el cielo y la Tierra, como le dicen los habitantes  de las comunidades mayas asentadas en sus orillas.  En estos días de marzo sus aguas son tan lisas como un fino cristal.  Reflejan  el cielo.  Por momentos,   sentíamos que volábamos entre  las nubes.

Llegamos al embarcadero de San Juan, observamos varias lanchas con grupos de turistas. Al final del muelle fue construido un gran portal de entrada con un rótulo que saluda al visitante en tres idiomas: “Bienvenidos”, “Utz Epejtik” (tzutujil) y “Welcome”. Adentro del portal dos jóvenes pintaban, en uno de los muros, un colorido mapa del pueblo. Se acercaron varios guías de turistas para mostrarnos las variadas actividades que ofrece este pequeño, ordenado y pacífico municipio. Los tours incluían galerías de arte, ventas de artesanías y las visitas a las cooperativas, muchas de ellas integradas por mujeres. “Aquí la gente se organizó para dar a conocer los procesos de sus tradiciones ancestrales. Se ayudan mutuamente”, comentó uno de los guías. Entonces reparé que no había niños ni mujeres pidiendo limosna o vendiendo algo en condiciones de extrema pobreza, como ocurre en muchas de las poblaciones alrededor del lago. Entre los tours elegimos Ixcaco, la Casa del tejido, para conocer el proceso de “cómo la nube de algodón la transforman en hilo”. Xunah Kaab’ para aprender sobre las abejas sin aguijón y el proceso de la miel. Licor Marrón, que da a conocer el proceso del cacao, y Q’omaneel, la cooperativa integrada por mujeres, algunas son comadronas, para conocer los beneficios de las plantas medicinales que tienen sembradas en un pequeño jardín botánico. Abordamos tres tuk tuk, quienes forman parte de esta red de turismo creada por los pobladores y empezamos a disfrutar de estas experiencias. (Hablaré de ellas en próximos artículos).

Lo que hoy se ve en San Juan La Laguna, y causa tanta alegría no ha sido fácil alcanzarlo. Creo que, poco a poco, se ha venido generando un nuevo modelo de desarrollo local que puede servir de inspiración para las otras comunidades de la cuenca del lago, así como a nivel de país. Para mí, lo que está sucediendo en San Juan conlleva cuatro grandes lecciones. Primero, lograron darse cuenta de que la dispersión de las familias, trabajando cada cual por su lado, no les permitía salir de la pobreza. Segundo, se organizaron en sectores que, en lugar de competir entre ellos, les exigía cooperar y compartir la visión del trabajo solidario de las organizaciones que trabajan como cooperativas. Cuando vieron que obtenían mejores resultados, dieron el tercer paso: se integraron como grupo, como comunidad, cuya unión era dar a conocer la fuerza de su identidad al mundo. Ya como grupo, dieron el cuarto paso, que es el más importante de todos: vender sus productos. “Percibí que San Juan La Laguna está en proceso de crear su marca”, cantó el Clarinero. Cada visitante que llega se encarga de ser su mensajero. “Vayan a San Juan La Laguna. Les va a encantar”. Ahora eso es lo que yo estoy haciendo. Si viajan al lago para esta Semana Santa, visiten y contribuyan con este pueblo que está luchando por salir adelante a través de su cultura.

clarinerormr@hotmail.com