Editorial

Terrorismo repudiable

La pesadilla del extremismo terrorista estremeció el jueves a los colombianos cuando un atacante hizo estallar un carro bomba en las instalaciones de la Escuela de Cadetes de la Policía General Francisco de Paula Santander. El terrorista fue identificado como un integrante del proscrito Ejército de Liberación Nacional, uno de los grupos guerrilleros más escépticos ante la firma de los acuerdos de paz impulsados en 2017 por el entonces presidente Juan Manuel Santos.

Hasta ahora habían muerto al menos 21 personas y quedaron heridas 68, en un ataque inédito sobre el cual no existía ningún registro similar en la larga confrontación de las fuerzas regulares colombianas y los grupos guerrilleros, que protagonizaron uno de los más largos conflictos de Latinoamérica.

Pese a lo prolongado de esa confrontación armada, Colombia no había experimentado un ataque de esas características y el mismo adquiere mayor relevancia no solo por el número de víctimas, sino también por haber sido dirigido contra una de las instituciones que ha sido paradigmática en la formación de oficiales policiales del continente. Guatemala ha recibido el apoyo de esa academia para la profesionalización de la Policía Nacional Civil.

Ser una de las instituciones consideradas emblemáticas en la formación de oficiales de la policía de varios países latinoamericanos le concede mucha mayor relevancia al ataque, pues se traduce en un fuerte desafío para las nuevas autoridades o también al mismo proceso de pacificación del país.

Según las investigaciones militares y civiles, el ataque pudo haberse planificado durante al menos 10 meses, de acuerdo con las primeras investigaciones y el seguimiento que se le hizo en los archivos oficiales al vehículo convertido en arma mortal.
Si bien las autoridades colombianas han identificado al atacante como José Aldemar Rojas Rodríguez, quien también murió en el atentado, como un exintegrante del ELN, se deben profundizar las investigaciones, pues con antecedentes de manejo de explosivos y nexos con una facción violenta de la guerrilla, difícilmente actuó solo y se debe dar también con los autores intelectuales de tan brutal ataque, para frenar cualquier posibilidad de que la violencia vuelva a cobrar protagonismo en ese país.

Rojas era especialista en el manejo de explosivos, un instructor político de células urbanas del grupo guerrillero y durante las conversaciones de paz buscó obtener beneficios y ser incluido en la lista de integrantes de las Farc, pero fue rechazado en tres ocasiones, según el ministro de la Defensa de Colombia.

Eso plantea el reto para las fiscalías e investigadores colombianos de ubicar a otros potenciales atacantes entre los exintegrantes de la guerrilla, pero sobre todo profundizar las investigaciones respecto de este bestial acto de terror, para cerrarle el paso a expresiones de odio.
Nuestras condolencias a las familias de las víctimas de este nuevo acto de irracionalidad y el repudio contra cualquier manifestación de violencia extremista.