Catalejo

Total derrumbe de los “partidos” locales

Mario Antonio Sandoval

Una de las ideas contraproducentes aplicadas en la Constitución de 1985 es la creencia de considerar signo de mayor democracia al aumento del número de partidos políticos. Todos los integrantes de la asamblea constituyente del  84 provenían de partidos ideológicamente sólidos y por ello nunca pensaron en el  florecimiento de hordas politiqueras dirigidas por alguien autonombrado salvador de la patria, cuya meta única era el ego exacerbado, luego unido al enriquecimiento indebido y el de un grupo de seguidores no de una idea, sino de una forma de aprovechamiento para salir de la lipidia y cambiar la bicicleta por un helicóptero, o la casita de una colonia de clase media baja por una mansión en la playa, o fincas de muchas caballerías, entre otras granjerías.

En esta línea de acción se explican los negocios sucios entre un Baldizón y un Sinibaldi, entre muchos ejemplos, quienes supuestamente eran adversarios en las plazas con gente debidamente acarreada para recibir su gorrita o playera, pero en realidad fueron compinches en negocios vergonzosos. Ello provocó transfuguismo, hoy satanizado por los asaltantes del congreso porque así afianzan el poder de los secretarios generales y dejan maniatados a los poquísimos diputados opuestos a los negocios sucios hechos por los corruptores con los dueños de los “partidos”. Este entrecomillado no es erróneo, porque simplemente expresa el significado del Diccionario de la Lengua al uso de ese signo ortográfico cuando le da un tono de burla a una palabra.

Luego de tres décadas y media de la existencia de agrupaciones politiqueras tribales, fallecidas luego de una muy corta vida, los ciudadanos se han cansado. Esta actitud se afianza sobre todo en las generaciones jóvenes, de menos de 40 años, cuyos criterios tienen mucho de la ilusión y las esperanzas, en su momento, de la generación ahora setentona, a la cual pertenezco. Los “partidos” actuales del Congreso constituyen un ejemplo de humor negro, sin excepción, y por desgracia quienes siendo jóvenes, a veces apenas treintañeros, se les han unido, muy pronto han adquirido las mañas de los mañosos, valga la redundancia, entre ellas la de cambiarse de bandería como cambiarse de calcetín o de medias y de blusa. Así no hay presente, menos futuro, para el país.

De los grupos autocalificados de partidos, dos se derrumbaron en los últimos días. Uno es Encuentro por Guatemala, porque su lideresa apoyó de hecho la elección del ungido por el oficialismo, al dejar solo a su propio candidato. El otro fue la Unidad Nacional de la Esperanza, porque a su jefa le falló la estrategia de no firmar negocios sucios por los cuales ahora su exesposo y expresidente fue capturado el martes, junto con casi todo el gabinete. La silenciosa reacción popular fue en su contra y hasta sus propios excolaboradores la denunciaron, talvez en la línea de las “cosas gruesas, pero gruesas”, anunciadas internamente hace más de un año. Pero el resto de “partidos” no tienen posibilidades reales de sobrevivir a esta crisis generalizada.

Sobresale el Unionista, cuya membresía de una persona convierte a su presencia en asamblea general unánime, reunión de directiva y secretaría general. De los demás, FCN-Nación es un transfuguero, con la tremenda competencia de Todos, no muchos, ex UNE, y le siguen Viva, ex FRG; Alianza Ciudadana, ex Líder; Creo, tan poco creíble; Movimiento Reformador, ex PPy ex Líder; PAN, talvez una champurrada politiquera; UCN, Winaq y Convergencia, pintorescos, así como los independientes de algo desconocido. Esa horda no puede continuar participando en elecciones y por ello el Tribunal Supremo Electoral deberá tomar medidas especiales, porque la clausura de este Congreso no la verá nadie, aunque sea la única posibilidad de dar a Guatemala una salida de su actual crisis política.