“Mi padre era un maestro”: Hijos de grandes artistas guatemaltecos recuerdan hazañas y afectos de sus padres

Varios hombres dejaron marca histórica en el país por sus oficios artísticos, pero también en la vida de muchos a quienes supieron llamar hijos.

"Mi padre era un maestro": Hijos de grandes artistas guatemaltecos recuerdan hazañas y afectos de sus padres
El Día del Padre varía de fecha alrededor del mundo. En Guatemala se celebra el 17 de junio. (Foto Prensa Libre: Unsplash)

Evocar el Día del Padre implica una serie de ejercicios mentales y afectivos de los que pocos se escapan. Se puede hablar de una fecha en la que se busca reconocer a aquellos que posibilitaron el origen de otras historias, pero que también —en muchos casos— jugaron un papel definitivo en la vida de personas a las que supieron llamar hijos e hijas.

De esa cuenta cabe resaltar las historias de varios padres que desde su partida han dejado la posibilidad de rastrearlos mediante la memoria y el recuerdo de anécdotas únicas.

Entre ellos pueden mencionarse varios de los grandes maestros del arte en Guatemala que dejaron una huella en la historia del país, pero también en sus hijos, quienes los recuerdan. Sus historias reviven las cualidades de estos personajes y se presentan en esta edición, a propósito de la celebración del Día del Padre, este 17 de junio.

La fecha

Se cree que el Día del Padre se estableció en Estados Unidos, luego de que, el 19 de junio de 1910, en el área rural de Washington se rindió homenaje a William Smart, por su cumpleaños y por ser un “padre ejemplar”. Él fue veterano de la guerra civil estadounidense y su esposa falleció al dar a luz a su sexto hijo. La celebración fue organizada por su hija Sonora Smart.

La fuerte admiración y el amor de Sonora Smart hacia su papá la llevó a proponer un “día del padre”, precisamente en la fecha de onomástico del suyo, el 19 de junio.

Fue así como pobladores del lugar acogieron la propuesta de Sonora y la celebración se fue transmitiendo a distintos condados y ciudades, pero fue en 1924 que el presidente Calvin Coolidge apoyó la idea de establecer la fecha como día nacional.

De acuerdo con la Unicef, la paternidad activa va más allá del sustento económico que un progenitor varón puede dar; implica afecto, interés y escucha activa hacia con los hijos. (Foto Prensa Libre: Shutterstock)

Cuatro décadas después, en 1966, el también mandatario estadodunidense Lyndon Johnson firmó una proclama que declaraba el tercer domingo de junio como Día del Padre en ese país.

Aunque en muchos países se acostumbra celebrar el Día del Padre el tercer domingo de junio, en otros la fecha varía. Desde la visión católica, esta celebración está relacionada con la figura de San José, por lo que se festeja el 19 de marzo.

En Rusia se rinde homenaje al padre el 23 de febrero, cuando se conmemora a los defensores de la patria. Países como Corea del Sur, Rumania o Tonga lo celebran en mayo, y en otros, como Guatemala, el 17 de junio.

Efraín Recinos: el creador incansable

Cuando a la arquitecta Lorena Recinos se le pregunta cuál es la imagen que más recuerda de su padre —el ingeniero y artista Efraín Recinos— no titubea al describirla: “Lo veo con su chalequito, su pelo alborotado y sus lentes”, comparte la hija de quien fuera el encargado de diseñar el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias.

A “Lorenita” —como solía decirle Efraín— no le faltan palabras para describir a su padre, aunque prefiere quedarse con dos: “amoroso” y “genio”. Ella, quien optó por una carrera desde la arquitectura, influenciada por su progenitor, recuerda que de niña solía acompañarlo a recoger revistas en los buzones a los que llegaban desde distintas partes del mundo.

Luego de esa actividad, dice que pasaban por un helado que era degustado ya fuera en el carro o en algún lugar al aire libre. El cine era otro espacio que la dupla Recinos solía visitar.

Efraín y Lorena Recinos posan junto a una estatua dedicada al artista e ingeniero. (Foto Prensa Libre: Cortesía Lorena Recinos)

En general, la actividad era propiciada por Efraín, quien no se perdía las producciones de ciencia ficción.
Tampoco demeritaba otros géneros: “Le gustaba mucho el cine de Fellini. Era un experto en cine que le gustaba dar charlas acerca de eso. Estudiaba mucho”, cuenta Lorena.

La hija de Efraín refiere que al maestro le gustaba prepararse antes de cualquier reunión, sin importar el motivo por el cual era invitado, como conversatorios, fiestas y actos de protocolo, con más de algún dato que para él era necesario compartir con quienes estuvieran cerca.

Su elocuencia lo caracterizaba y su grandeza no lo empañaba. Lorena recuerda que cuando le dieron la Orden del Arrayán optó por hablar de teatro en lugar de sí mismo. Lo mismo ocurrió al recibir la Orden del Quetzal. Exaltó el trabajo de otras personas y no tanto el suyo. Desde su práctica artística era humilde: “Casi regalaba todas sus obras. No creía que el arte fuera para lucrar”, cuenta Lorena.

Efraín Recinos estuvo a cargo del diseño del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias en los setenta. (Foto Prensa Libre: Cortesía Lorena Recinos)

La arquitecta siempre valoró la excentricidad y particularidad del mundo artístico que su padre creaba. Su primera impresión de esa grandeza, destaca, fue cuando se encontró con una imagen del ingeniero en un libro de Historia del Arte. “Siempre había visto muy normal que hiciera cosas, pero con el tiempo caí en cuenta de su capacidad”, relata.

Con el paso de los años Lorena comprendió que Efraín era capaz de ser artista, padre y también “un maestro de la vida” al que agradece por haber cultivado perseverancia, humildad y originalidad en su historia.

Herbert Meneses: El intérprete de teatro

Si a algo le debe Estuardo Meneses una relación más próxima con quien fuera su padre —el actor y director de teatro Herbert Meneses— es al tiempo. Estuardo, quien ha fungido como diplomático, asegura que aunque no convivió mucho tiempo con el artista, siempre lo mantuvo cerca.

Recuerda tenerlo presente cada vez que leía publicaciones y entrevistas donde lo mencionaban. Comenta que mientras fue embajador en Nicaragua y Cuba, su padre participó en varias obras a las que Estuardo asistió con mucho interés, a pesar de que para entonces no tenía tanta relación con el actor.

Por otro lado, revela que la distancia que supuso la separación de su madre con su progenitor no impidió que se encontrara con él. Aunque Herbert tuvo otros hijos, el actor estaba enterado de los sueños de Estuardo.

Durante su adolescencia, el ahora diplomático solía competir en el fútbol y al igual que su padre, aparecía en ciertas notas de prensa. Con los años, Herbert le contó lo que pensaba cuando el nombre del joven aparecía en las publicaciones.

Imágenes de Herbert Meneses con sus hijos: Nahuel (arriba, izquierda), Rodrigo (abajo, izquierda) y Estuardo (derecha). (Foto Prensa Libre: Cortesía Estuardo Meneses)

La relación de ambos se construyó por capítulos. “Nuestras coincidencias no fueron muy frecuentes”, cuenta Estuardo al evocar que durante la secundaria lo veía con cierta periodicidad, pero que no fue sino hasta que el diplomático cumplió 35 años que tuvieron un mayor acercamiento.

Luego de estudiar Derecho, Estuardo se dedicó a la diplomacia, y a los 35 años llegó al Ministerio de Cultura y Deportes (MCD), un mundo del que desconocía la vena artístico—cultural que en definitiva no era ajena para alguien como su padre biológico. “Acudí a él para pedirle consejo y me dijo que la política y la vida eran como una obra de teatro en la que nadie podía equivocarse, pero sí improvisar”, relata Estuardo.

De esa cuenta, Herbert le presentó a su hijo varios personajes relevantes de la cultura, como Elmar Rojas, Luiz Tuchán y muchos más que, desde su aproximación, aportaron un sentido artístico que el diplomático supo abstraer con el fin de desarrollar propuestas desde el MCD para el apoyo a artistas y creadores.

Asegura que el tiempo que compartieron fue poco y mucho a la vez. Desde su relación con el actor, el abogado manifiesta que supo desarrollar una nueva sensibilidad hacia las artes y descubrió que tenía la capacidad de comenzar a ejecutar guitarra.

En la lejanía física, pero desde la proximidad del afecto, recuerda la geografía del espacio que Herbert dejó luego de su partida: un departamento colmado de recortes de periódicos, diplomas y premios a su trayectoria. “Me faltó tiempo para aprender más de él, pero me dejó un apellido limpio”, afirma Estuardo, quien a la vez reconoce la humildad y modestia como dos valores que definieron a su padre hasta los últimos momentos de su vida.

Marco Augusto Quiroa: el más guatemalteco de todos los pintores

Marco Augusto Quiroa fue un escritor y pintor único. No solo porque Carlos Mérida lo haya definido como “el más guatemalteco de todos los pintores”, sino también por su papel como ciudadano y padre de familia.

Rocío Quiroa, una de sus hijas, lo imagina pintando en un espacio donde abundaban los lienzos, las pinturas, los bastidores y las colillas de cigarrillos. “Recuerdo que por la mañana nos levantábamos y veíamos los ceniceros llenos porque trabajaba toda la noche”, indica.

Dentro de su dinámica como padre y trabajador, “Maco” —como le decían muchos— propiciaba espacios donde la educación de sus hijas era estricta pero amorosa. Rocío cuenta que la exigencia por un buen desempeño académico siempre estaba presente. La hija apunta que no se le pasaba ni una sola falta ortográfica.

Asimismo, el artista también procuraba que sus hijas conocieran el mundo desde la lectura. Ya fuera en los cumpleaños o en ocasiones inesperadas, solía regalarles una variedad de libros que iban desde títulos de Truman Capote hasta los de Miguel de Cervantes y Gabriel García Márquez.

Marco Augusto Quiroa con sus hijas Rocío, Milagro y Anaité. (Foto Prensa Libre: Cortesía Rocío Quiroa)

Su compromiso intelectual también se vinculaba estrechamente con su conciencia social, resalta Rocío, al exponer que tanto las pinturas como obras escritas por su padre tenían un contenido social que abordaba la igualdad y el respeto de los derechos. El mundo de Marco Augusto Quiroga se basaba en un constante compartir.

Su hija lo recuerda como un hombre al que le gustaba prolongar la sobremesa del almuerzo hasta horas de la noche, y en no pocas ocasiones invitaba amistades del arte al hogar para que compartieran. En la casa, dice la hija, siempre había mucha gente. Recuerda que una mañana, al despertarse, encontró al artista plástico Roberto Cabrera durmiendo en la sala.

Para describir a su padre, Rocío se vale de algunas palabras para identificarlo. Entre sus favoritas están: simpático, humilde, agradecido y auténtico.

Richard Devaux: el primer (y apasionado) balletista

La historia de la danza en Guatemala no sería lo mismo sin la existencia de Richard Devaux, quien fue el primer bailarín del Ballet Nacional de Guatemala, fundado por sus padres, coreógrafo, docente y académico. Durante su trayectoria de más de 56 años enseñó a varias generaciones el arte del movimiento corporal escénico.

Se dice que su fallecimiento, en 2018, dejó un doloroso vacío en la danza nacional, entusiastas, allegados y familiares; entre ellos Paul Devaux, uno de sus hijos.

Paul comenta que en las últimas etapas de su vida, su padre se entregaba de lleno a los más jóvenes que instruía. “Me di cuenta de que muchas personas de nuevas generaciones lo querían”, agrega el hijo de Devaux, quien es fotógrafo desde hace 10 años.

Richard Devaux con sus hijos cuando estos eran pequeños. (Foto Prensa Libre: Cortesía Paul Devaux)

Además de su lazo filial, Paul compartía con Richard una pasión por el arte. Se dedicó a la fotografía, pero se nutrió en el mundo de la danza desde pequeño. La academia que tenían sus padres se convirtió en su segundo hogar y el de sus hermanos.

Aunque su interés no se encauzó por esa rama del arte, considera que la participación de su padre en las coreografías que dirigía o interpretaba se relacionaban con una mirada muy particular, lo cual le permitió valorar mejor la danza.

“La mayoría de las cosas que hacía eran para satisfacer su creatividad y no buscaba hacerlas por algo a cambio”, refiere Paul a propósito de la docencia y producción de danza en Guatemala de su padre, quien es recordado por haber sido parte de la época de oro de esta disciplina, de la cual destacan las danzas Juan Salvador Gaviota, Sílfides, La Princesa Ixquic y muchas otras.

Devaux falleció en abril del 2018. Su sexto hijo cuenta que seis meses antes del deceso, cuando ya se encontraba enfermo, Richard siempre se mantuvo con impulso para continuar. “Su pasión lo desbordaba”, concluye Paul.

Luis de Lión: el escritor desaparecido

Cada vez que Mayarí de León quiere regresar a su padre se dirige hasta la zona 1, específicamente en una banqueta de la 2ª avenida y la 11 calle, donde hay una placa metálica que conmemora la vida de su progenitor, Luis de Lión, quien fue interceptado y secuestrado en mayo de 1984 mientras caminaba por esa misma esquina.

José Luis de León Díaz —también conocido como Luis de Lión— fue escritor, poeta, docente, militante revolucionario, esposo y padre de familia.

Desde su desaparición en 1984 el vacío es evidente para Mayarí, así como para muchos que, con el paso del tiempo, se han dejado hechizar por las palabras del escritor, en especial de la novela El tiempo principia en Xibalbá —considerada su más grande obra, y también ganadora del segundo lugar del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela de 1972 (el primero fue declarado desierto)—.

La grandeza de Luis, apunta Mayarí, radicaba en su enorme capacidad de crear nuevos mundos que quedaban plasmados en textos, pero también en su compromiso con la formación, tanto académica como humana, de quienes lo rodeaban. La faceta de docente de Luis era una de las más particulares. Impartió clases en escuelas de los alrededores de la capital y en áreas rurales.

El escritor Luis de Lión con sus dos hijos en 1983. (Foto Prensa Libre: Cortesía Mayarí de León)

Cualquiera que fuera el lugar, se transformaba en un niño más, cuenta Mayarí: “No le gustaba mostrarse como un adulto autoritario. Utilizaba un lenguaje de niño, jugaba y enseñaba a la misma vez”.

Hablaba con el ejemplo, cuenta su hija desde su casa ubicada en la aldea San Juan del Obispo, donde nació y habitó con su padre, madre y hermano. Desde ese contexto, pudo ver el compromiso educativo de Luis, quien propició que varios niños de la comunidad empezaran sus estudios.

La libertad fue otro de los pilares en la vida del escritor y en consecuencia en la de sus hijos. Aunque se consideraba ateo, se valía de textos de la Biblia con los que destacaba la figura de Jesucristo como la de un ejemplo de liderazgo social.

Mayarí de León con una fotografía de su padre, quien fue desaparecido en 1984. (Foto Prensa Libre: Cortesía Mayarí De León)

Esa misma mirada revolucionaria y sensible a la dignidad quedó registrada en varias de las historias de Luis de Lión, razón por la cual se convirtió en un objetivo de las fuerzas especiales que lo secuestraron y desaparecieron. Del escritor solo queda una memoria vigente en páginas, fotografías y una placa en la zona 1.

Sus incomparables historias eran parte de la cotidianidad de sus hijos. Cuando Mayarí acompañaba a su padre y a su hermano al odontólogo y debían esperar a ser atendidos durante bastante tiempo, su padre comenzaba a trazar dibujos y a contar historias a los pequeños.

Mayarí cuenta que esa riqueza intelectual y artística fue una suerte de vida que ella, su hermano y varios alumnos pudieron disfrutar.
La hija apunta que se trataba de un ser en creación permanente. “Si alguien me dijera cómo debería ser un papá, diría que como Luis de Lión”, expresa convencida, y también emotiva, Mayarí de León.

Ricardo del Carmen Asensio: el sublime director de orquesta

Ricardo del Carmen Asensio pasó a la historia de Guatemala por su excelencia como pianista y director de orquesta. Entre sus grandes méritos se le reconoce haber ingresado a los 9 años a la Orquesta Sinfónica Nacional, la cual después dirigió por más de dos décadas, además de otras, dentro y fuera de Guatemala.

Tras su fallecimiento en julio de 2003, su legado sigue vigente en personas que comparten un interés hacia la instrumentación orquestal, como su hijo, Ricardo del Carmen Fortuny, quien se dedicó a la música desde la interpretación del violonchelo.

Ricardo mantiene un recuerdo cercano de su papá. Al imaginarlo, no lo visualiza en un solo lugar o tiempo. Al contrario, evoca una idea que se ha quedado plasmada en él: “Era muy exigente y manejaba un temperamento rígido, pero tenía una personalidad muy especial, muy subliminal”.

El violonchelista agrega que se trataba de un hombre muy cariñoso, pero a la vez estricto. “Siempre estaba en búsqueda de la excelencia. Sus consejos los he trasladado a mis alumnos”, cuenta Ricardo, quien además es docente en el Conservatorio Nacional de Música.

Ricardo del Carmen Asensio (izquierda) y su hijo interpretando juntos. (Foto Prensa Libre: Cortesía Ricardo Del Carmen Fortuny)

Añade que por mucho tiempo, durante su niñez y adolescencia, consideraba normal la carrera de músico de su padre. No obstante, sus impresiones cambiaron cuando se realizaron homenajes y reconocimientos a Del Carmen Asensio. Por ejemplo, cuando se le concedió el galardón del concurso internacional para Directores de Orquesta Dimitri Mitropoulos.

En cuanto a la cotidianidad, Del Carmen Fortuny dice que su hogar era un constante concierto. Allí se escuchaba música académica “todo el tiempo”. A la vez, este componente terminó por nutrir las ansias artísticas del actual violonchelista.

Entre los más grandes momentos que Ricardo atesora respecto de su padre rememora una velada de mayo del 2003, cuando dos meses antes de su fallecimiento, Del Carmen Asensio dirigió su último concierto. “Fue muy emotivo. Sabíamos que sería la última vez que dirigiría”, recuerda el hijo, quien asegura que continúa trabajando orgullosamente sobre el legado del eximio pianista y director de orquesta que fue su padre.

Roberto González Goyri: el escultor de una generación

Al rodear el monumento erigido a Tecun Umán y pasar frente a la fachada del Banco de Guatemala o el mural en piedra del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social —estos últimos dos en el Centro Cívico capitalino—, Ana Lucía González se conecta con su padre. Detrás de cada forma moldeada, ahí estuvo él, Roberto González Goyri.

En la parte trasera de su vivienda González Goyri había construido enormes galeras en las que guardaba hierros, barro y demás materiales con los que elaboraba sus obras, generalmente escultóricas.

Por otro lado, contaba con un estudio en la parte interior de la casa donde con frecuencia llegaba a acompañarlo Ana Lucía, la penúltima de sus 10 hijos.

Familia de Roberto González Goyri en su casa, con su esposa y sus 10 hijos. (Foto Prensa Libre: Cortesía Ana Lucía González)

“Guardo en mi mente verlo a él sentado en el estudio. Era una persona naturalmente talentosa”, asevera la hija del notable artista.
Ana Lucía cuenta que para el tiempo en que ella nació, muchas de las obras públicas que su padre creó ya existían.

Aunque no estuvo cerca del proceso creativo, cuenta que cada vez que lograba apreciar las piezas sentía una admiración por la grandeza de lo que estas evocaban.

La hija del escultor y también pintor —quien fue pieza clave del movimiento artístico Generación del 40— destaca que su padre fue una persona marcada por la honestidad consigo mismo, hacia las otras personas y muy en especial en el arte.

Su obra, que se distribuye en murales, pinturas, esculturas y dibujos, es recordada en el país por mostrar una visión única, de referencia, sobre la idiosincracia y la historia de Guatemala. Entre sus grandes piezas destaca el mural que se encuentra en el Museo Nacional de Arqueología y Etnología.

Roberto González Goyri junto a su hija Ana Lucía y su esposa Carmen Ana Pérez Avendaño. (Foto Prensa Libre: Cortesía Ana Lucía González)

Ana Lucía menciona las piezas del artista como grandes ejemplos de su mundo interior. Desde esa perspectiva artística, pone de manifiesto que González Goyri le legó el interés por la literatura, puesto que era una persona que se informaba e investigaba desde la lectura de periódicos y libros de distintas temáticas.

Esa influencia decantó en un interés por el periodismo que Ana Lucía González ejerce hasta la actualidad. Al preguntarle qué extraña más de su padre no se decide, pero considera que sus conversaciones son, entre muchas otras cosas, lo que más echa en falta.