Durante más de tres décadas, 10 gobiernos no han cumplido con los sueños vendidos

Desde la reapertura democrática, en 1986, los partidos políticos han hecho ofrecimientos que no han cumplido.

Protestas del 2015 rechazaron la corrupción de los partidos políticos.  (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)
Protestas del 2015 rechazaron la corrupción de los partidos políticos. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)

Los guatemaltecos nos preparamos por novena vez, a partir de la reapertura democrática de 1986, a escuchar las soluciones que los políticos ofrecen para combatir los grandes males que aquejan al país, como la falta de educación, salud, seguridad y fuentes de trabajo, entre otros. Promesas que, luego de cuatro años de gobierno, quedan en el vacío.

Desde el 14 de enero de 1986, cuando asumió la Presidencia Vinicio Cerezo Arévalo, apoyado por el partido Democracia Cristiana Guatemala (DCG), fundado en 1955, el país ha sido gobernado por ocho partidos distintos —ninguno ha repetido y casi todos han desaparecido—, pero sus añejos dirigentes continúan mutando hacia otros partidos.

Las organizaciones políticas que han alcanzado el poder tienen como eje transversal que al final de su período abandonan el Palacio Nacional de la Cultura acusados de corrupción, al punto de que dos mandatarios —Jorge Serrano Elías (1993) y Otto Pérez Molina (2015)— no concluyeron su mandato y fueron sustituidos por Ramiro de León Carpio y Alejandro Maldonado Aguirre, respectivamente.

Las primeras elecciones generales de esta nueva era se celebraron el 3 de noviembre de 1985, en medio del conflicto armado interno. Era el regreso a la constitucionalidad luego de dos golpes de Estado en los últimos cinco años —Efraín Ríos Mont (1982) y Óscar Mejía Víctores (1984—). Casi dos millones de guatemaltecos asistieron a las urnas para elegir a Cerezo Arévalo, entre ocho candidatos, para el período 1986-1991.

“El gobierno del pueblo”
El gobierno de la DCG es considerado como de transición, pues llegó después de ser dirigidos desde 1954 por militares, que únicamente se trasladaban la estafeta para aparentar que Guatemala vivía en democracia. A raíz de eso, Cerezo Arévalo se mercadeó durante su campaña como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, por lo cual despertó muchas expectativas, tanto a escala nacional como internacional.

Una de sus promesas fue encontrarle solución a los problemas a través del diálogo o de “la concertación”, como solía decir. Esta propuesta resultó novedosa, debido a que se venía de una época de asesinatos e innumerables violaciones a los derechos humanos. “Con esta propuesta lo que hizo fue abrir una válvula de escape a la tensión que se vivía en esos años”, indica el historiador y analista político José Alfredo Calderón.

Dentro los ofrecimientos de Cerezo destacó acabar con el rezago de la deuda social, para lo cual apostó por una reforma tributaria, pero fue bloqueado por la élite empresarial que se resistió a pagar impuestos. “El sector privado lo presionó y no logró lo que pretendía”, indica el sociólogo e historiador Ricardo Sáenz de Tejada.

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Al final, sus promesas se quedaron en el aire y su gobierno fue desbordado por la corrupción. Abrió las arcas del Estado y con ello se rompió la esperanza que tenían los guatemaltecos de que se terminara el saqueo que se consideraba propio de los militares. “La corrupción fue la sombra que más empañó a Cerezo Arévalo”, indica Sáenz de Tejada.

Después de cinco años de gobierno, los guatemaltecos agobiados por la corrupción confiaron el destino del país en Jorge Serrano Elías, del Movimiento de Acción Solidaria (MAS), quien conquistó al pueblo con la bandera de que “no era de los mismos”, en alusión al partido demócrata cristiano y al aspirante Jorge Carpio Nicolle, de la Unión del Centro Nacional (UCN).

Uno de sus éxitos publicitarios fue el spot donde salía un personaje barriendo la plaza central y un estribillo que decía: “Los mismos nos quieren engañar, pero no les vamos a seguir la corriente…”, pero al final fue más de lo mismo, tanto que en mayo de 1993 salió al exilio, después de un autogolpe de Estado.

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“El problema de Serrano es que llegó sin fuerza al Congreso, con una bancada reducida, por lo que tuvo que ceder a las extorsiones de las mayoritarias, la corrupción se disparó y ya no la pudo controlar. Al final los mismos militares que salieron en la foto dando el autogolpe, lo sacaron por el Callejón Manchen rumbo a Panamá”, expone el politólogo Franco Martínez Mont.
empresariado y pueblo.

El 14 de enero de 1996 asumió la Presidencia Álvaro Arzú, quien llegó como miembro del empresariado y con el ofrecimiento de la modernización y la promesa de desarrollo del país, para lo cual ejecutó un proyecto de construcción de carreteras y la venta de varias empresas nacionales, como Guatel y EEGSA.

“Arzú propugnó por un movimiento empresarial joven de derecha moderna que pretendía emular al partido Arena de El Salvador, pero, al final de cuentas, la privatización la convirtió en una piñatización de los bienes y servicios del Estado”, afirma Martínez Mont.

Al finalizar este mandato, asumió el poder Alfonso Portillo del Frente Republicano Guatemalteco (FRG), quien derrotó a la corriente del PAN, representada por Óscar Berger, con el eslogan “el asfalto no se come”, en alusión al proyecto de construir carreteras.

Portillo se presentó como “el candidato del pueblo; la voz de las mayorías, el que estaba en contra de los ricos” y por lo tanto, aparentemente, combatió los monopolios del pollo, el cemento y la harina, entre otros, y antepuso sus políticas sociales como la entrega de fertilizantes y otros insumos agrícolas.

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“Portillo usó mucho la retórica antiempresarial, por lo que tuvo pocos logros importantes y al final fue condenado en EE. UU. cuando se declaró culpable de lavado de dinero. Fue uno de los Gobiernos más corruptos”, indica Sáenz de Tejada.

El 14 de enero del 2004, el péndulo regresó al campo empresarial con Óscar Berger, bajo la bandera de la Gran Alianza Nacional (Gana), quien no hizo grandes ofrecimientos, lo cual se reflejó en su gobierno donde intentó continuar con el proyecto de Arzú, pero no hizo mayor cosa.

“Lo que se recuerda de él es que mencionó llevar a cabo varios megaproyectos para lo cual nombró comisionados especiales, pero no concretó nada. Fue un gobierno gris y Berger lo único que transmitió fue la imagen de un presidente bonachón, jocoso y, a veces, ignorante”, indica Calderón.

Los programas sociales
Después del período pálido de Berger llegó Álvaro Colom, del partido Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), quien se autoproclamó el cuatro gobierno de la Revolución, en alusión a los de Juan José Arévalo, Jacobo Árbenz y Julio César Méndez Montenegro.

Según Sáenz de Tejada, teóricamente quiso retomar las conquistas revolucionarias, pero fracasó. En su favor se puede decir que hubo algunas conquistas democráticas como espacios a los pueblos indígenas y a las mujeres en la administración pública.

“Los programas sociales, a pesar de la manera clientelar y la demagogia con que los manejaron registró un aumento en la cobertura escolar, se mejoraron los índices sociales y hubo otros avances, pero el tema que lo marcó fue la corrupción, con lo cual demostró que esta no tiene ideología”, indica Calderón.

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La mano dura
Agobiados por la ola de asesinatos y las extorsiones, los guatemaltecos fueron encantados en el 2011 por la masiva campaña de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti, de acabar con las pandillas “con mano dura”, por lo que el binomio tomó las riendas del país el 14 de enero del siguiente año.

Pérez Molina se promovió como “el general de la paz”, y del sector institucional del Ejército, la otra cara de la “Cofradía”. Sin embargo, colocó a los militares más oscuros en puestos claves de la administración como los puertos y aduanas, donde la Comisión Internacional Contra Impunidad de Guatemala (Cicig) descubrió grandes centros de corrupción.

“El proyecto de este Gobierno fue el saqueo sistemático del Estado de Guatemala, el cual aún no se termina de dimensionar. La mayoría de los programas de Pérez Molina tenían como intención el enriquecimiento de sus funcionarios. Fue una máquina para saquear”, sentencia Sáenz de Tejada.

Los casos más emblemáticos de este período fueron La Línea, Cooptación del Estado, Agua Mágica y Odebrecht, entre otros, lo cual desembocó en las marchas del 2015 y, con ello, la renuncia del binomio presidencial, que actualmente se encuentra en prisión.

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“Ni corrupto, ni ladrón”
El hartazgo de la población por los niveles de corrupción encontró en el lema “ni corrupto ni ladrón”, una esperanza para salir de décadas de impunidad y votó por Jimmy Morales, un comediante autodefinido como “nuevo en la política”, pero que en el fondo representaba a un grupo de militares señalados, bajo el símbolo del partido FCN-Nación.

La poca consistencia de dicha bancada permitió que Morales negociara con diputados cuestionados del PP y de Líder, con lo cual se inició otra cruzada de corrupción. “Fue una elección muy marcada por el financiamiento electoral ilícito y no registrado, por lo que el Ejecutivo y sus aliados durante los últimos dos años se dedicaron a expulsar a la Cicig, sin haber ejecutado un proyecto importante”, afirma Saénz de Tejada.

Poco más de tres décadas después, los guatemaltecos se preparan, otra vez, para elegir a su noveno presidente constitucional, en un ambiente confuso, donde aún no se ha comenzado a escuchar las ofertas electorales, pero, eso sí, ya se sabe que los mismos políticos buscan permanecer en sus cargos.

Los dos gobiernos temporales electos por el Congreso

Después del autogolpe de Estado de Jorge Serrano, en 1993, el Congreso nombró a Ramiro de León y Jorge Herbruger para concluir el mandato de cinco años, el cual con las reformas constitucionales de 1993 se redujo a cuatro. Se caracterizó por velar por los derechos humanos y mantener contentos a todos.

Ante la renuncia de Pérez Molina y Roxana Baldetti, el Congreso de la República nombró a Alejandro Maldonado Aguirre y Alfonso Fuentes Soria para cerrar el mandato. Este corto período dejó como única huella el ofrecimiento de entregar casas a las víctimas de El Cambray, promesa que no se cumplió.

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