Escenario
El arzobispo Gonzalo de Villa revive con emotividad la devastación del terremoto de 1976
Solo el 13 % de los guatemaltecos había nacido cuando el terremoto de 1976 sacudió al país. Desde esa memoria que aún lo acompaña, el arzobispo Gonzalo de Villa y Vásquez recordó con emotividad lo que vivió entonces, durante la misa conmemorativa celebrada en la Catedral Metropolitana.
Monseñor Gonzalo de Villa y Vásquez, arzobispo de Guatemala, envía un mensaje de esperanza en la misa dedicada a las víctimas del terremoto que afectó Guatemala el 4 de febrero de 1976, a 50 años del desastre. (Foto Prensa Libre: cortesía Arzobispado de Guatemala)
A las 12 horas del 4 de febrero del 2026, se celebró una misa solemne en la Catedral Metropolitana para conmemorar los 50 años del terremoto que devastó Guatemala en 1976. El acto litúrgico, presidido por el arzobispo metropolitano de Santiago de Guatemala, Gonzalo de Villa y Vásquez, tuvo como propósito honrar la memoria de las víctimas, acompañar espiritualmente a los sobrevivientes y agradecer la solidaridad que emergió en medio de la tragedia.
El terremoto ocurrido el 4 de febrero de 1976 dejó más de 250 mil viviendas con daños, aproximadamente 23 mil muertos y un millón de personas damnificadas, según registros históricos.
En su homilía, De Villa y Vásquez afirmó: “Hoy estamos conmemorando 50 años de un cataclismo que devastó Guatemala... Solo el 13 % de la población actual había nacido cuando ocurrió el terremoto”.
El arzobispo, nacido en 1954 —quien tenía entonces 21 años—, recordó: “La realidad del terremoto, para quienes lo vivimos, fue algo terrible: devastación, miles de muertos, destrucción, un impacto que quedó marcado en la memoria personal y colectiva por generaciones.
Durante la homilía, se recordó dos frases del entonces presidente Kjell Laugerud, pronunciada en medio de la tragedia:
“Guatemala está herida, pero no de muerte”, y otra que también marcó ese momento: “Hoy Dios es guatemalteco”, la cual De Villa y Vásquez pronunció con emotividad.
En su mensaje, agregó que en esta tragedia Dios no abandonó a su pueblo, “ni entonces ni ahora. En medio de la devastación —con más de 23 mil muertos y una destrucción inmensa—, esa presencia de Dios se manifestó claramente, al menos, en tres momentos”, dijo.
El primero que describió fue la extraordinaria solidaridad del mismo pueblo guatemalteco. “A los minutos y a las horas del terremoto, muchas personas ya estaban de pie, ayudando a sus vecinos, buscando sobrevivientes, socorriendo heridos. Se manifestó una resiliencia profunda, un sabernos unidos en medio de la desgracia, pero también con una mirada puesta en el futuro. Dios nos había dejado con vida, Dios daba descanso a los difuntos, y la historia continuaba bajo su luz”, expresó el dirigente católico.
El segundo momento fue la solidaridad internacional; y el tercero, la esperanza que permitió a Guatemala mantenerse en pie. “El presidente de la República en ese entonces, Kjell Laugerud, pronunció dos frases que quedaron grabadas en la memoria nacional: ‘Guatemala está herida, pero no de muerte’ y ‘Hoy Dios es guatemalteco’”, comentó en su homilía.
“Pero esta conmemoración también es una ocasión para encomendarnos nuevamente a Dios, para confiar en Él, y al mismo tiempo para reconocer que debemos hacer nuestra parte: prepararnos, organizarnos, prevenir, estar listos para mitigar los daños cuando, por fuerzas de la naturaleza, ocurra otro terremoto. No sabemos cuándo será ni quiénes estaremos vivos entonces, pero sí sabemos que la responsabilidad también es nuestra”, comentó.
Concluyó animando a los asistentes a vivir esta memoria con fe, a transmitir a las nuevas generaciones —que no conocieron el terremoto— ese espíritu de solidaridad, fraternidad y resiliencia que marcó a Guatemala en 1976.
Durante la misa, se leyeron pasajes del libro de Romanos, capítulo 8: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida… nos podrá separar del amor de Dios…”.
También se proclamó el evangelio de san Mateo, capítulo 7: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán…”, con un mensaje esperanzador sobre la fe en tiempos de adversidad.

