Escenario
Qué se necesita para hacer un Altar de Velación durante Cuaresma y Semana Santa
La práctica que se conoce como altares de velación en Guatemala ha evolucionado hacia una tradición doméstica que invita a la oración.
Durante la Cuaresma y Semana Santa familias crean altares que recuerdan lapasión y muerte de Jesús. (Foto Prensa Libre: Freepik)
Desde el principio de los tiempos, Dios hizo que el hombre le dedicara espacios “sagrados”, es decir, “separados”, para el culto y la oración. Cuando Jesús oraba, buscaba siempre un lugar apartado y secreto. Y la Iglesia siguió con esa costumbre desde los primeros siglos y hoy se practican los altares de velación en templos y hogares.
"Los altares y huertos guatemaltecos para la conmemoración de Cuaresma y Semana Santa están elaborados con alfombras tradicionales de aserrín, así como con frutas y verduras que recuerdan el huerto de Getsemaní. Algunos se hacen para imágenes de Pasión que son de mucha devoción en las iglesias, pero también hay imágenes de Pasión de devoción personal en casa, donde igualmente se elaboran estos espacios", explica Luis René Sandoval, director de comunicación del Arzobispado de Santiago de Guatemala.
El Jueves Santo se prepara un altar especial en las parroquias, que recuerda el acompañamiento a Jesús en la noche antes de su Pasión. Cuando Él dice a los discípulos: “¿No han podido velar conmigo ni siquiera una hora?”, es una invitación a orar ante Jesús, que se ha quedado en la Eucaristía y permanece reservado en el Sagrario, explica Sandoval.
Sandoval agrega que el espacio es para orar y rezar, en especial el Vía Crucis, que es la oración por excelencia de este tiempo de piedad. "Ese altar también debe llevar a la acción. Es decir, la limosna, la oración y la penitencia deben vivirse; no se trata solo de hacer el altar, sino de combinarlo con los tres pilares de la Cuaresma", agrega.
¿Cómo armar un altar en Cuaresma y Semana Santa?
El portal de Catholic-link explica que los lugares de culto se comenzaron a representar imágenes que recordaban escenas de la vida del Señor y, posteriormente, crucifijos que representaban a Jesús en el momento de nuestra salvación.
Estos objetos se convirtieron en ayudas para la piedad: así como una foto de un ser querido nos lo recuerda (y no amamos la foto, sino a la persona), las imágenes sagradas nos ayudan a recordar a Jesús, a la Virgen y a los santos, y a dirigir nuestra oración con mayor eficacia.
El sitio también da algunas recomendaciones a la hora de crear un altar:
- Escoger un lugar ideal
Debe buscarse un espacio que invite al recogimiento y a la oración, donde se pueda “estar” con Dios. - Escoger las imágenes
Conviene elegir imágenes representativas para la persona, la familia o el trabajo. Es recomendable incluir un crucifijo y una imagen de la Virgen María bajo alguna advocación de devoción. - Que la Palabra esté presente
Debe haber una Biblia o un Evangelio. La lectura frecuente de la Palabra de Dios es esencial para la vida espiritual. - Santos, reliquias y devocionarios
Se pueden incluir reliquias, devocionarios u oraciones que ayuden a entrar en contacto con Dios. - Que no sea un simple adorno
El santuario debe usarse realmente para orar. Debe convertirse en un lugar de encuentro personal y familiar con Dios.
“Asimismo, y siguiendo los tiempos litúrgicos, pueden emplearse manteles de colores: morado hasta el Miércoles Santo, excepto el Domingo de Ramos que es rojo; el Jueves Santo blanco, Viernes Santo rojo y a partir de la Vigilia Pascual de color blanco durante los 50 días que dura la Pascua de Resurrección”, precisa la publicación de Aci Prensa.
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La Iglesia precisa que “un altar en casa supone una oportunidad para ejercer como Iglesia doméstica, especialmente a los ojos de los más pequeños, a los que se puede implicar en esta tarea con responsabilidades acordes a su edad”. Esto quiere decir que, si hay niños en casa, también pueden participar en el armado del altar para rezar en familia.
¿Cuándo nacen los altares de velación en Guatemala?
El historiador Aníbal Chajón explica que el concepto de velación se basa en que, según los Evangelios, después de la Última Cena Jesús va a orar al monte de los Olivos y les pide a sus discípulos que velen con Él.
A partir de 1689 aproximadamente —hacia finales del siglo XVII— se establece la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, en la Escuela de Cristo. “Ellos tenían, desde su fundación en Roma, la costumbre de visitar las siete basílicas, algunas cercanas y otras más lejanas, como acto de devoción. La práctica consistía en hacer un recorrido por esos siete templos”, explica. En Guatemala se adaptó esa tradición y la noche de velación de Jesús se convirtió en la visita a los siete sagrarios. Esta actividad solo podía realizarse en la ciudad de Guatemala, porque era la única que tenía más de siete iglesias; de hecho, llegó a tener 47. Las personas podían escoger las siete que les quedaran más cerca para visitarlas y pasar la noche en vela acompañando a Jesús.
Esta práctica se mantuvo durante mucho tiempo, pero en la época de los gobiernos liberales se prohibieron las expresiones de piedad popular en la calle. No lograron suspenderlas del todo, porque la gente continuó realizándolas; sin embargo, surgió entonces la idea: si no se podía salir, al menos se podía colocar un altar en casa. Esto coincidió con otro fenómeno cultural: la inauguración del Teatro Carrera, en 1859, que después se convirtió en el Teatro Colón.
Las escenografías teatrales incluían tramoyas, cortinajes y distintos planos para cambiar los escenarios. A los católicos les gustó esa disposición de telas superpuestas y comenzaron a decorar los altares del Jueves Santo con cortinas, flores y diversos elementos escenográficos. Con la llegada de los gobiernos liberales a partir de 1871, aunque no lograron suprimir la visita a los sagrarios, muchas personas optaron por decorar sus propias casas, colocando cortinajes, flores y otros adornos, como si replicaran lo que se hacía en los templos. Así, a finales del siglo XIX comenzó a consolidarse la decoración privada y lo que originalmente se realizaba en los templos se trasladó también al ámbito doméstico.
Siempre bajo la influencia del teatro, especialmente en la Antigua Guatemala, los altares de velación incorporaron el escenario pintado. Para la primera mitad del siglo XX ya se colocaban grandes telones pintados —muchos de los cuales aún existen— que representaban escenas como Jerusalén o Belén. En lugar de un adorno tridimensional como el de las andas procesionales, se hacía un decorado escenográfico, acompañado de cortinas, flores y candelas. Se añadió, además, una alfombra de aserrín de colores, con pino y flores, decorada con frutos de la estación. Esto tiene un sentido de agradecimiento, ya que coincide con el inicio de la primavera boreal, cuando muchos árboles florecen y hay cosechas. Así surgieron los llamados “huertos”, que incluyen productos de hortaliza como güicoyes, ayotes y otros frutos que el fiel desea ofrecer.
Cuando la Policía o las restricciones dificultaban las expresiones públicas, la gente decidió continuar la tradición en sus casas. De esa manera surgieron los altares de velación privados, destinados a la familia, amigos y vecinos cercanos. Lo que originalmente era una práctica exclusiva de las iglesias se trasladó a los hogares y, a lo largo del siglo XX, fue proliferando. Hay personas muy devotas que mandan a hacer su imagen de Nazareno y comienzan con un altar sencillo: cortinas y flores; al año siguiente adquieren una Virgen de Dolores; luego incorporan un romano, y así van formando su propio repertorio.
En determinados días colocan el Nazareno; el Viernes Santo lo retiran y ponen al Cristo Sepultado; y el Domingo de Resurrección colocan al Resucitado. Es, en esencia, lo mismo que ocurre en las iglesias y procesiones, pero en el ámbito particular. Todo esto es expresión de devoción personal y también implica una inversión económica. No cualquiera puede costear imágenes, telas, flores y decoración; por eso intervienen tanto la fe como la capacidad económica de cada familia.
Finalmente, es importante recordar que forma parte de nuestras tradiciones y que, como toda cultura, es dinámica: se transforma, se adapta y sigue viva porque la gente le da sentido y la mantiene en el tiempo.

