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Horrores idiomáticos y algo más: Medicinas
Me pregunto por qué no siguen haciendo sencilla la preparación y administración de las medicinas
Por:
María del Rosario Molina
Desde que nacieron mis hijos, Juan José Hurtado (alias San Juan José) fue su pediatra y si algunas veces se ausentaba, llamaba al doctor Lionel Toriello, otro médico de corazón “grandote”.
Hablo del siglo XX, a partir de la segunda mitad de los años sesenta. Cuando alguno de mis vástagos tenía una infección bacteriana severa de las vías respiratorias, la medicina indicada era un antibiótico y algún antipirético. Entonces, receta en mano iba mi marido a la farmacia y regresaba con un frasquito que contenía polvo al que había que agregar agua hervida, y otro vacío que debía llenarse con la dicha agua; una línea señalaba hasta donde echarla. Había además un gotero de plástico que indicaba la medida en mililitros, etc. Y uno no se complicaba la vida, pues la preparación era muy sencilla.
Pues bien, hace unos días la hija de unos parientes debió tomar antibiótico, y yo, que me había ofrecido a cuidarla, muy segura de lo que hacía insté a la madre a que fuera a “hacer” el supermercado (¡qué anglicismo! Uno ”va” de compras al supermercado). Cuando llegaran de la farmacia las medicinas yo se las daría y no había por qué preocuparse. Eso decía en mi ignorancia de que han pasado no sé cuantos años y ahora preparar una “suspensión” (suspensión coloidal debió haber dicho) se ha vuelto un proceso complejo. Sí estaba el frasquito con el polvo, pero en el lugar del otro, tan fácil de manejar, había una jeringa. Las indicaciones en español no eran claras. Seguramente estaban vertidas por alguno de esos traductores que ignoran el léxico y la gramática del idioma al cual traducen. En los casos dificultosos me ayudo con otros idiomas y busqué inglés, francés, italiano, e incluso portugués. Nada... Solamente un castellano inentendible aparecía en la literatura.
Bien, me dije, usa tu cerebro, pero aun utilizándolo encontré dificultades, aunque no tengo IQ de morona (americanismo que ya aceptó el DRAE). La jeringa tenía un tope con roscas y cuando lo ajusté al frasco con la solución, que logré hacer exacta con alguno de esos artefactos de cocina que señalan mililitros y demás... nada... Las roscas se adaptaban, pero a menos que hubiera volteado el frasco al revés (advertían que no se hiciera) el líquido no se lograba aspirar, pues quedaba fuera del alcance del instrumento.
Finalmente, ya desesperada, busqué un gotero. Dejé caer gota por gota en la jeringa hasta ajustar la dosis y le inserté de nuevo el émbolo. A la niña le gustó el sabor del antibiótico. ¡Milagro aquel! Pero, no, no era milagro. Ahora los antibióticos para niños traen sabores sabrosos de frutas.
Me pregunto por qué si les han dado un sabor agradable a las medicinas no siguen haciendo sencilla su preparación y su administración. ¿Por cuál razón tienen que complicarles la vida a los padres, los abuelos y demás parientes cuando sería tan sencillo usar los mismos métodos prácticos e higiénicos de antaño?
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