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EL QUINTO PATIO Para que todos lo sepan
“No se puede construir la paz y una sociedad respetuosa de los derechos fundamentales, ignorando aquello que la dividió en su pasado reciente”. (Jean-Pierre Villard).
Por:
Carolina Vásquez Araya
Una vez más, Daniel Hernández-Salazar produce una obra capaz de marcar un antes y un después en el complejo arte de la fotografía en Latinoamérica. Ya había sorprendido anteriormente al público con sus osados desnudos masculinos en algunas exhibiciones que, aunque estrictamente censuradas por las autoridades de la época, merecieron excelentes críticas y constituyeron un parteaguas para el arte regional.
También tuvimos el privilegio de ver a sus extraordinarios músicos de pueblo, como imágenes extraídas de un remoto inventario antropológico, en una serie que aún permanece en la memoria tanto por el tratamiento original del retrato como por el respeto implícito en su creación.
Pero esta vez, se trata de un libro. Y no es un catálogo de fotografías, sino una obra impecablemente editada y presentada por Óscar Iván Maldonado con textos de Eduardo Galeano, Rigoberta Menchú, W. George Lovell, Michael Weinstein, Miguel Flores y Steven Hoelscher, a través de la cual se introduce al lector en la interpretación de un trabajo fotográfico enfocado en esa realidad oculta por muchos años, la cual aún despierta resistencia, negación, resentimiento y controversia, pero que está allí, actual, como un testigo indeseado.
Lo singular del trabajo de Daniel Hernández-Salazar es su cualidad documental, como acertadamente lo señaló Miguel Flores Castellanos en su presentación, y ese valor documental refuerza con énfasis el arte evidente en cada una de las piezas.
Para que todos lo sepan es el título de este libro, cuyo mensaje es una denuncia a voces del horror de la guerra, el sufrimiento de las víctimas y lo que todo eso significa como lastre para la sociedad actual.
Este documento gráfico de enorme valor artístico, realizado con la obsesiva minuciosidad de un fotógrafo tan perfeccionista en la forma como lúcido en sus conceptos, viene a engrosar un legado documental cuya trascendencia rebasa largamente lo artístico para adentrarse, con toda autoridad, en lo histórico.
Este libro, poblado de ángeles y demonios, como los protagonistas forzados de un conflicto que duró demasiado tiempo y del cual aún persisten las secuelas físicas y psicológicas, aparece en un momento coyuntural, justo cuando se inicia la instalación de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig).
Si impunidad es el término correcto, esa misión también debería ocuparse de esclarecer todos esos crímenes de lesa humanidad cuyos responsables disfrutan de los beneficios de un sistema sordo, mudo y ciego a las demandas de justicia.
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