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TASSOLILOQUIOS Neruda revivió en Guatemala, en el Club Italiano (I)
Amigo de Miguel Ángel Asturias. Ambos fueron embajadores en París.
Por:
Tasso Hadjidodou
Irina Darlée y Carmen Matute, ambas de generales conocidas –sacerdotisas mayores de la velada–, presidiendo la reunión autoridades de la Embajada de Chile y del Club Italiano, así como de la Asociación Dante Alighieri, ante un entusiasta público, de distintas generaciones, amante de las letras y las artes, en especial de la poesía y del cine –que pobló el salón de actos del club, el jueves pasado–. Les confío que no sentimos pasar el tiempo.
Los organizadores dividieron la velada en dos partes, colocando el brindis a la mitad de la reunión. Después de la primera mitad de la célebre y conmovedora película Il Postino o El Cartero, amigo de Neruda, que es un canto a la amistad. Después de las palabras protocolares, le tocó a Irina Darlee, personaje internacional muy conocido del mundo cultural, presentar a Carmen Matute. Fue una especie de mano a mano.
Acto seguido, la poetisa chapina compartió con nosotros sus recuerdos personales en la Isla Negra, siguiendo los pasos de Pablo Neruda. El ensayo de Carmen Matute: “Isla Negra, escondite marinero del poeta”, inició así: “En el camino que de Santiago va hacia Isla Negra, los chopos –tan amados por los poetas– forman grandes macizos de un verde intenso que el viento agita suavemente... vigilantes del camino”. Nos confesó Carmen que muy joven se enamoró de Pablo Neruda locamente, y para siempre, sobre todo de ese Neruda que afirma: “De todas maneras me parece que yo no nací para condenar, sino para amar”. Tuve ganas de repetir aquí, varias veces, esta declaración como programa ideal de vida.
También compartió lo dicho por el Premio Nobel: “Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron, con piedras y metales, torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe”.
Generosa, Carmen compartió con nosotros unos versos que le dedicó a Neruda y su dolor. “Atrás de tu sonrisa, Pablo, la rosa se disuelve en llanto, derrotadas se desploman las alondras, la angustia acumulada sube, mientras tu corazón de niño palpita, obediente a la dulce poesía. Tiembla tu corazón de barrilete amarrado en una esquina de la Tierra”.
Nos confesó, Carmen, haber estado en las tres casas de Neruda: la de la Isla Negra, la Sebastiana y la Chascona. Habló de la tabla maciza que un día le regaló, el mar, al poeta. Y que él transformó en escritorio. También nos comunicó el impacto que le causó la colección de mascarones de proa, “como ángeles que guiaran a los hombres de mar”, tesoro del maestro. Y dónde dejar cuando nos confesó que, teniendo 14 años, le regalaron “Los versos del capitán”, poemario extraordinario publicado bajo seudónimo, con versos inspirados al poeta, por su amor hacia Matilde Urrutia, quien más tarde sería su esposa.
Reconoce humildemente que mucho después lo comprendió a cabalidad: “En mi patria hay un monte. En mi patria hay un río. Ven conmigo. La noche al monte sube. El hambre baja al río. Ven conmigo. Quiénes son los que sufren? No sé. Pero me llaman y me dicen: ‘sufrimos’. Ven conmigo”.
Nos recordó Carmen Matute uno de los discursos de Neruda: “Cómo atreverse a destacar un nombre de esta inmensa selva de nuestros muertos? Tanto los humildes cultivadores de Andalucía, asesinados por sus enemigos inmemoriales, como los mineros muertos en Asturias y los carpinteros, los albañiles, los asalariados de la ciudad y del campo, como cada una de miles de mujeres asesinadas y niños destrozados, cada una de estas sombras ardientes tiene derecho a aparecer ante vosotros como testigos del gran país desventurado, y tiene sitio, lo creo, en vuestros corazones, si estáis limpios de injusticia y de maldad. Todas estas sombras terribles tienen nombres en el recuerdo, nombres de fuego y lealtad, nombres puros, corrientes, antiguos y nobles como el nombre de la sal y del agua...”.
(Continuará).
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