Guatemala, 26 de marzo de 2008

CATALEJOPetróleo y ley oferta-demandaMario Antonio Sandoval

COLABORACIÓNHacia atrásJaime Francisco Arimany Ruiz

ECLIPSEAbogacía y notariadoIleana Alamilla

A CONTRALUZEscenas de migrantesHaroldo Shetemul

CARA PARENS¿Le lavo su carro, don?Abraham Samuel Pérez

PUNTO DE VISTASadio Garavini Di TurnoViolencia en Venezuela
La ocupación del Palacio Arzobispal en Caracas por parte de una turba violenta chavista, capitaneada por Lina Ron, una peculiar mezcla inacabada de Evita con la Pasionaria, acompañada por dos diputados del régimen, así como las manifestaciones intimidantes alrededor de Globovisión, prácticamente el único canal de señal abierta que mantiene una línea de oposición al Gobierno y sobre todo la bomba que estalló en las manos de un miembro “ad honórem” de la Policía metropolitana y dirigente vecinal chavista, cuando la colocaba frente a la sede de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción, recuerdan los primeros años 20 del siglo pasado en Italia.
La violencia y la intimidación contra los opositores y los medios de comunicación independientes eran obra de las tristemente célebres squadracce, grupos de facinerosos de camisa negra, dirigidos por el jerarca fascista Roberto Farinacci. El Gobierno criticaba verbalmente los “excesos” de sus allegados, sin tomar medidas al respecto, con el objetivo de intimidar a sus adversarios, transmitiendo además la idea de que solo Mussolini podía controlar la violencia. Efectivamente, Chávez ha criticado verbalmente el “extremismo” de sus más leales seguidores, pero no ha hecho nada concreto para desalentar su conducta. Más bien, cuando estallaron las primeras dos bombas frente al monumento de Washington y de la Embajada de España, acompañadas con grafiti contra el Imperio y a favor de los terroristas de la ETA, Chávez y sus cipayos en los medios, con José Vicente Rangel a la cabeza, manejaron la hipótesis de que las explosiones eran obra de unos fantasmales paramilitares colombianos.
La muerte, “con las manos en la masa”, del dirigente chavista dejó al descubierto la patraña propagandística. Lo más grave es que Chávez, siguiendo el ejemplo de Benito Mussolini, por un lado, aumenta el tono violento y agresivo de sus ataques verbales a los medios, organizaciones y personalidades de la oposición, fomentando la violencia de sus seguidores, mientras que por el otro advierte que una derrota suya en las elecciones regionales de noviembre crearía las condiciones para una guerra civil. El chantaje es evidente. El Supremo fomenta la violencia y al mismo tiempo transmite la idea de que es el único capaz de mantener el orden y la paz social.
Pero la táctica puede escapársele de las manos. Mussolini, en junio de 1924, agredió violentamente, en un discurso en el Parlamento, al dirigente socialdemócrata Giacomo Matteotti. Razón suficiente para que algunos leales fascistas interpretasen la voluntad del Duce y decidieran darle una lección al diputado opositor; luego lo secuestraron para propinarle una paliza. Matteotti se defendió y lo asesinaron. También la violencia verbal entre los bandos opositores, en la España de 1936, fomentó una espiral de violencia política que, después del asesinato del dirigente opositor Calvo Sotelo, condujo a la guerra civil. Pero lo que realmente se parece más a la situación venezolana, mutatis mutandis, son los últimos años del gobierno de Allende en Chile. La escasez, las colas en los mercados y la inflación, desatadas por una política económica errada, aunadas a las invasiones, la violencia y el desorden de grupos extremistas del oficialismo, crearon las condiciones para el “orden” de la dictadura. El petróleo nos dará un poco más de tiempo para evitar un desenlace similar.
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