Salud y Familia
Extrañar es una forma de amar a quienes han fallecido: cómo abrazar su recuerdo y seguir adelante
La ausencia duele, pero el amor y los recuerdos permanecen. Sanar es aprender a vivir con esa pérdida, sin culpa por volver a sonreír.
Abrazar los recuerdos y avanzar sin culpas son señales de que se está sanando. (Foto Prensa Libre: Freepik)
“No llores por él o ella” es una de las frases más comunes que se escuchan cuando se ha perdido a alguien. Sin embargo, el duelo es un proceso humano y necesario, y extrañar es la huella del vínculo que existió con quien se ha ido y que los sigue uniendo.
“El duelo es el proceso de adaptación emocional, cognitiva y cotidiana que atravesamos cuando perdemos a alguien importante”, señala la psicóloga Nancy Gálvez, quien explica que este sentimiento puede incluir tristeza, enojo, confusión, alivio, culpa o intranquilidad, aunque no todos lo viven de la misma manera.
Extrañar durante el duelo es una expresión del vínculo afectivo. “Por ejemplo, echamos de menos la presencia, las conversaciones, las rutinas y aquello que esa persona representaba en nuestra vida”, añade.
Por eso, extrañar no significa estar transitando mal el duelo. “Muchas veces es una manera natural de reconocer el amor y la importancia de lo vivido con esa persona”.
Para la psicóloga Cesia Soto, el sentimiento de extrañar es inherente al ser humano, un proceso que compara con un “robot interno” que se acostumbra a la cotidianidad.
“Cuando algo ya no está o se pierde, ese robotito se queda pensando: ‘¿Y ahora? Algo no engrana’. En psicología lo conocemos como inconsciente. El inconsciente, el subconsciente y el preconsciente se quedan como si algo ya no engranara. Ahí empieza ese sentimiento de extrañar: algo me falta, me siento vacío, algo no es igual. Es porque algo perdí, algo cambió o algo que era parte de mi día a día ya no está”, explica.
Sanar no es sinónimo de soltar
Aunque es común escuchar frases como “déjalo ir” o “debes soltar”, en realidad esas acciones son imposibles de alcanzar, pues sanar el dolor de la ausencia no es sinónimo de “soltar” o “dejar ir”.
Gálvez asegura que sanar no exige olvidar, dejar de extrañar ni desprenderse del afecto. “Significa aprender a vivir con la ausencia de una forma que permita atender las necesidades cotidianas, relacionarse con otras personas y experimentar momentos de bienestar sin sentir que se traiciona a quien murió”.
Agrega que el vínculo puede permanecer mientras cambia la manera de experimentarlo, por lo que la meta no es borrar a la persona, sino integrar su recuerdo de una forma que acompañe la vida en lugar de detenerla.
Soto coincide y lo explica como “aprender a mudar al nuevo cambio”. “Todo es un proceso, y con el tiempo empiezas a aceptar esa nueva realidad. En la medida en que vas aceptando, aprendes que ya es una relación más de memoria y de honra: voy a honrar a esa persona, voy a guardar su memoria y su recuerdo”, explica.
Aunque la ciencia señala que el duelo debería durar de seis meses a un año, la psicóloga comparte que cada persona atraviesa un proceso distinto y que no se trata de avanzar tan rápido que se reprima el sentimiento ni tan lento que la persona se quede estática y detenga su propia vida.
“Hay una famosa estructura que dice ‘viviendo un día a la vez’ y lo enseña mucho. El duelo también es así: hoy me voy a esforzar por avanzar con mi vida; no sé qué tanto lo voy a extrañar, pero me voy a esforzar por continuar mi rutina diaria lo mejor que pueda”, reflexiona.

Un sentimiento válido
La nostalgia y la añoranza son sentimientos que acompañan ese proceso y ayudan a conservar el vínculo interno con la persona fallecida. Por tanto, extrañar es un sentimiento válido que no es necesario “espantar”.
“Recordar una conversación, cocinar su platillo favorito o continuar una tradición puede ofrecer sentido, consuelo y continuidad. En psicología se reconoce que los vínculos significativos pueden mantenerse de manera simbólica después de la muerte. Lo importante es que estas prácticas sean elegidas libremente y resulten compatibles con las necesidades actuales de la persona, sin convertirse en una obligación ni impedir que también construya nuevas experiencias”, explica Gálvez.
Los sentidos juegan un papel importante, pues pueden activar recuerdos autobiográficos con mucha intensidad.
“Un aroma, una canción, un sabor, una textura o un lugar pueden conectarnos de manera inmediata con momentos compartidos, porque la memoria está asociada a emociones y experiencias sensoriales”, explica la experta.
Aunque estas percepciones pueden traer consuelo, alegría o una tristeza inesperada, no significan necesariamente un retroceso, pues son respuestas humanas ante señales cargadas de significado.
Según Soto, el problema está en que se suelen clasificar las emociones como “buenas” o “malas”, cuando en realidad son sensores que se activan para proteger y hacer pausas que permitan escuchar al cuerpo.
“Esos pequeños bajones son pequeñas pausas en las que tienes que aprender a descifrar las señales: tal vez necesito llorar o hablarlo más, escribirlo, cantarlo o tomarme unos días de pausa. Tenemos mucho miedo a pausar, pero a veces es necesario. No hay que tener tanto miedo a hacer una pausa, sentirlo y vivirlo para superarlo”, asegura.

Avance sin culpas
La culpa puede aparecer en dos direcciones: por llorar y sentir que no se está siendo suficientemente fuerte o por reír y disfrutar como si eso fuera una deslealtad hacia la persona fallecida.
“Conviene validar ambas experiencias y recordar que las emociones pueden coexistir. Reír no disminuye el amor, y llorar no significa debilidad. El bienestar no reemplaza a quien murió ni borra la pérdida”, asegura Gálvez.
Según Soto, la culpa comenzará a menguar a medida que se acepte la pérdida y se recuerde que “nadie es culpable de lo que Dios decide, es su voluntad sobre una persona”.
Cuando pasa el tiempo y la culpa persiste, es necesario prestarle atención, pues puede que, en lugar de sanar, se esté reprimiendo el sentimiento. En ese sentido, se recomienda revisar la rutina diaria y evaluar si resulta difícil mantenerla o si la persona se siente cargada y pesada.
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“Para hacer un pequeño checklist personal, tenemos que evaluar aspectos como: ¿mi vida rutinaria ha continuado con esfuerzo? ¿Mi sueño y mi alimentación se han afectado? Puede que haya sido difícil, pero continué. Si no empiezo a dormir o estoy bajando excesivamente de peso, ya no es saludable; estoy teniendo un duelo demasiado profundo o prolongado”, explica Soto.
Hablar con alguien sobre lo que se siente puede ayudar. “Expresarlo con la boca relaja la mente, el alma y el corazón”, asegura.
Las expertas recomiendan buscar apoyo profesional cuando el sufrimiento es abrumador y persistente, existe una sensación de desconexión o desesperanza, se evita casi todo lo relacionado con la vida cotidiana o hay dificultades importantes para trabajar, dormir, alimentarse o relacionarse.
“Extrañar de una manera integrada suele permitir que la persona recuerde, sienta dolor por momentos y, aun así, mantenga gradualmente sus actividades, vínculos sanos y responsabilidades”, explica Gálvez.
La especialista también recomienda cuidar el descanso, la alimentación, el movimiento y los vínculos presentes. “Cada práctica debe ser voluntaria: si una actividad aumenta demasiado el malestar, se puede pausar o adaptar. Si el dolor dificulta de manera sostenida la vida cotidiana, el acompañamiento psicológico puede brindar un espacio seguro para elaborar la pérdida”.
La mejor forma de honrarlos
En Guatemala se suele recordar a los difuntos por medio de las costumbres y tradiciones que fortalecen la cercanía con ellos, especialmente este 1 y 2 de noviembre, cuando se acude a los cementerios para visitarlos.
Además de visitar y recordar a los difuntos, una forma de guardar su memoria es continuar su legado.
“Cada padre, cada abuelito, cada antepasado, espera que seamos un legado de valores, de buenos hábitos, tanto en lo profesional y familiar. La manera más adecuada de sobrellevar ese recuerdo es continuar un legado bueno que esa persona haya querido que yo continúe”, asegura Soto.
“Por ejemplo, le dijiste a esa persona: ‘Me voy a graduar’; entonces, gradúate. ‘Voy a continuar tu legado de atletismo’; continúalo. ‘Voy a continuar tu legado espiritual’; hazlo. La manera más sana de conservar esa memoria es honrarla siguiendo un legado que hayan implantado en nuestro corazón”, concluye.






