Margarita Carrera
NOTAS DE Margarita Carrera
La filosofía tradicional evade o niega no sólo el poder del inconsciente, sino todo lo referente a las vitales necesidades del cuerpo —soma, como opósito a psique—, por lo tanto, rechaza la veracidad de los sentidos y del mundo instintivo. Ignora, asimismo, que las impostergables necesidades eróticas reprimidas son las que conducen al filósofo a llevar un género de vida singularmente limitado, así como a concebir determinados sistemas filosóficos.
Borges cautiva con lo que escribe, escandaliza con lo que dice: él mismo nos habla de cómo dentro de su personalidad hay dos Borges: "Al otro, a Borges es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel. Yo vivo, me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura me justifica. Yo estoy destinado a perderme y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en otro".
La música -a diferencia de las demás artes- escapa a toda ética, a toda concepción moral que el hombre conciba. Su sitio, pues, de acuerdo a la visión de Nietzsche, se establece en un lugar especialísimo, más allá del bien y del mal. Ello llevaría a pensar que yace alejada de todas las pasiones humanas; todo lo contrario: ningún arte (como la música) nos lleva a lo divino o a lo diabólico, a lo sagrado o a lo maldito, a la guerra o a la paz, a la alegría o a la tristeza, a la furia del deseo o al bienestar y armonía espiritual. Esto es, encierra dentro de sí, las más sublimes, desgarrantes o prohibidas pasiones humanas, fundiéndose en ella el infierno y el paraíso. Entre las dos divinidades griegas en abierta oposición: Apolo (dios del arte plástico, de la mesura, de "la redención en la apariencia") y Dionisos (la embriaguez que une en sí "la vida indestructiblemente hermosa y placentera" y más enorme de los espantos ante el sufrimiento por lo prohibido y la veleidad de la physis), Nietzsche sitúa la música como la esencia, el "ser", de Dionisos.
Goethe, como escritor y como hombre, viene a ser un testimonio del poder de la salud física y psíquica, tan insólita en los artistas y filósofos. En su filosofía, inseparable de su poesía, redime a la Naturaleza y, con ella, a sí mismo, y al ser humano en general. Su gloria radica en su infinita capacidad tanto para escribir como para vivir. Por ello, Nietzsche afirma que: "...no se separó de la vida, sino que se adentró en ella; no fue pusilánime, sino que tomó sobre sí todo lo que fue posible. Lo que él quería era la 'totalidad'
disciplinóse a sí mismo con la totalidad; se creó a sí mismo". Comprendió el infinito poder del mundo instintivo y se lanzó, intrépido, a la búsqueda de la alegría de vivir: un dios y un demonio, al mismo tiempo; por lo cual Nietzsche exclama: "Yo le bautizo con el nombre de Dionisos".
En un afán por ser reconocido, admirado o aclamado (necesidades que se tornan más imperantes por hostilidades y falta de amor durante la infancia), el ser humano, agobiado por el sentimiento de impotencia o inferioridad, mantiene una actitud que puede ir de la megalomanía charlatana al silencioso encierro. En todo caso, una forma de negación de todo lo que lo rodea y no llena, de alguna manera, su ansia de amor insatisfecho. Así, no oye ni ve más allá de sí mismo ni le interesa otra cosa que él mismo. Por ignorancia o miedo a la autocrítica o autoanálisis (únicos métodos que podrían impedirle caer en este oprobio), altera hasta su propia imagen. Esta debe ser tal y como él crea conveniente para los demás, con el fin de imponérseles, dominarlos o simplemente ser aceptado.
Las humanidades, más disciplinas que ciencias, giran entorno al hombre y su destino; por ello, en menor o mayor grado, en todas reside un sustrato ético con sus dos ramas: lo moral y lo didáctico. Refiriéndose al hombre como fin en sí mismo, se estudia lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. En todo caso, un dirigismo sectario o no sectario de lo que se espera de él en el sentido teleológico, que lo ataja y constriñe a una responsabilidad frente a su mundo. Es rara la disciplina humanística que no busque su "imperativo categórico", a la manera kantiana. Parte así, de una postura eminentemente filosófica: el hombre reflexiona sobre sí mismo y sobre los demás, sobre la existencia, la vida, la muerte, Dios, la nada, el destino, el tiempo, el espacio.
Que el humano es un ser que se compone de dos "esencias": espíritu y cuerpo, es algo que se ha venido repitiendo a partir de Sócrates. Desde entonces, estas dos "esencias" se han enfrentado como algo diferente y opuesto. El cuerpo (o soma) se ha hecho equivalente a animalitas; por lo tanto, algo mortal, perecedero. El espíritu (o spiritus) equivale, en gran medida, a divinidad; por lo tanto, algo inmortal, imperecedero. Aunque Max Scheller (1875-1929) reconoce, en su obra Sobre la idea del hombre, que "lo único que enseña la investigación rigurosa de la Naturaleza, es lo siguiente: el hombre como homo naturalis es un animal
Édgar Castro Bahten y Delia Quiñónez escriben el prólogo e introducción, respectivamente, al poemario titulado Destellos del Universo, de Cristina Camacho, cuya ilustración fuera realizada por la misma Cristina, quien es, asimismo, pintora guatemalteca reconocida. Delia Quiñónez dice lo siguiente: "La capacidad de asombro frente a los misterios del Universo no tiene confines. El ojo humano se baña de luz y entonces esos misterios se multiplican. Amanece, apenas un destello cuaja en la retina e invadidos de maravillas nos adentramos hacia la oscura noche que gobierna nuestro tiempo inmediato: palpable aún en sus enigmas". Recorrer la poesía de Cristina Camacho significa involucrarse lentamente en los entretejidos semánticos y formales que conforman una visión existencial donde espíritu, emociones y conocimiento se funden permanentemente.
Si bien, antes de Nietzsche se suscitaban polémicas o luchas con el fin de establecer cuáles normas morales debían regir a los humanos, la moral misma -como indica Cruz Vélez en su ensayo Nihilismo e inmoralismo- nunca había sido puesta en duda. Era algo necesario, según mi criterio, nacido de la represión impuesta por una sociedad tan temerosa como ignorante del mundo instintivo. Nietzsche es el primer filósofo (poeta y hombre) que cuestiona la moral en sí: la que nace de la concepción de dos mundos: "El 'mundo verdadero' y el 'mundo aparente'
el mundo "ficticio" y la "realidad". Para Nietzsche el "mundo verdadero" será el de la physis (naturaleza), y "el mundo aparente" o "ficticio" será el de la metafísica: meta, en griego, más allá; y physis, naturaleza. Lo aparente, lo ficticio es, entonces, lo que se encuentra más allá de la naturaleza o fuera de la misma.
La faceta más notable del humanismo está en la fe que profesa por el hombre. De allí surge la cultura denominada "Antropocéntrica" (del griego anthropos, hombre). Parece necesario recordar que el mundo griego es el primero que profesa tal fe. "Muchas son las maravillas que pueden existir en el Universo, muchos sus misterios, pero nada es tan maravilloso y tan misterioso como el hombre", nos dice Sófocles. Todo conocimiento, todo arte, toda filosofía se encamina hacia el hombre, existe por el hombre. Hasta los dioses griegos son una continuación del hombre mismo, pero más perfecto, más bello, más inteligente que este. Tienen, además, algo que el humano siempre ha deseado poseer: La inmortalidad. Pero inmortalidad no consiste en un ir (o escapar) hacia un lugar mejor (Paraíso Terrenal), sino en continuar la existencia en este mundo en donde hemos nacido.