Ese recorrido fue reconocido recientemente con el Premio Princesa de Girona, uno de los galardones internacionales más importantes otorgados a jóvenes líderes iberoamericanos por su impacto social, científico o empresarial. El reconocimiento no solo distingue una carrera individual, sino que proyecta a Guatemala en un escenario donde la ciencia, la salud mental y la innovación social suelen ser marginales.
En un país marcado por la violencia, la desigualdad y el rezago histórico en atención psicológica y psiquiátrica, la figura de Asturias adquiere un significado particular. Su trabajo pone sobre la mesa una discusión pendiente: la salud mental como pilar del desarrollo humano y no como un tema secundario. Desde la neurociencia y la psiquiatría, ha insistido en que comprender el cerebro, el trauma y las emociones es clave para entender también los problemas estructurales del país.
Formada académicamente fuera de Guatemala, pero vinculada de forma permanente a su realidad, Asturias representa una generación de profesionales que optó por irse para formarse sin romper el lazo con su país de origen. Su reconocimiento internacional evidencia que el talento guatemalteco puede incidir a escala global y, al mismo tiempo, contribuir a transformar realidades locales.
En esta entrevista con Prensa Libre, Gabriela Asturias repasa su vocación temprana por la ciencia, su vínculo con Guatemala y la responsabilidad que implica hoy ser un referente en salud mental.
¿Cómo recibe este reconocimiento de Prensa Libre?
—Lo recibo como un honor que no es solo personal. Representa a todos los equipos con los que he trabajado en Guatemala: colegas, mentores, asesores y donantes que han hecho posible cada iniciativa. Nada de lo que he hecho ha sido individual. También me emociona porque pone en el centro un tema que considero prioritario para el país: la salud mental. He trabajado muchos años en esta área y ahora, desde la neurociencia y la psiquiatría, siento que esta oportunidad permite visibilizar su importancia a nivel nacional.
¿Cuándo nace su interés por la ciencia, la salud mental y la neurociencia?
—Desde niña. Pasaba horas leyendo libros y, al mismo tiempo, tenía una mente muy científica y matemática. Me gustaban las cosas cuantitativas y mi parte favorita del colegio era la feria científica. Siempre pensé que sería investigadora, aunque la ciencia es un campo muy amplio.
Mi primera experiencia formal fue en un laboratorio de bioquímica y microbiología con la doctora Pamela Pennington, en la Universidad del Valle de Guatemala. Ahí descubrí que la microbiología no era lo mío, pero confirmé que la ciencia sí. Ella fue clave para ayudarme a entender que muchas de mis preguntas eran clínicas y que mi interés real estaba en el cerebro. Con el tiempo comprendí que mi amor por la lectura también tenía que ver con eso. Leer es una forma íntima de entrar en la mente de alguien, de comprender emociones, relaciones y formas de ver el mundo. La ciencia que estudia todo eso es la neurociencia.
¿A qué edad decide que ese sería su camino?
—A los 14 años ya estaba convencida de que quería estudiar neurociencia. La doctora Pennington fue la primera persona que me sugirió combinarla con medicina para no limitarme si tenía preguntas clínicas. Me explicó que, como médica y científica, podría entender qué ocurre cuando el cerebro no funciona como debería y cómo eso impacta la vida diaria, las emociones y las relaciones humanas.
En ese momento incluso pensé en la neurocirugía o neuroliogía. Trabajé en Guatemala con el neurocirujano Enrique Azmitia, pero entendí que la cirugía no respondía del todo a mi curiosidad sobre cómo el cerebro afecta la experiencia humana. Aún no sabía qué rama de la medicina respondería mejor a esas preguntas.

¿Cómo fue la decisión de salir de Guatemala para estudiar?
—Fue una decisión difícil. Apliqué a escuelas de medicina en Guatemala y también en Estados Unidos. Yo nací y crecí en Guatemala, pero mi mamá es puertorriqueña, así que tengo ciudadanía estadounidense, lo que me permitió acceder a becas. Irme implicaba un camino más largo: cuatro años de neurociencia, luego medicina, más investigación y especialización. Era una década de estudio. Me daba temor estar lejos tanto tiempo y sentía una responsabilidad profunda de no desvincularme de Guatemala.
Al final decidí irme porque en Estados Unidos la ciencia y la medicina están integradas. No tienes que escoger entre una u otra. Sentí que ahí podía desarrollar plenamente mi curiosidad intelectual. La noche antes de irme hablé con mi papá y le dije: “No sé cómo, pero voy a encontrar la forma de devolverle a Guatemala todo lo que aprenda afuera”. Esa idea me acompañó desde el primer día.
¿Cómo fue ese proceso de adaptación?
—Muy duro al inicio. Nunca había vivido fuera de Guatemala. Extrañaba todo: la comida, la gente, el país. Los primeros meses fueron un reto emocional importante.
Estudié en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, y ahí también entendí algo fundamental: hay muchas formas de apoyar a Guatemala desde fuera. Estar lejos me permitió ver el país con otra perspectiva y pensar cómo contribuir de manera más estructurada y sostenible.
A los 14 años ya tenía una claridad poco común. ¿Cómo fue su adolescencia?
—Estudié en el Colegio Village, donde existía un Programa de Aprendizaje Avanzado. Desde primer grado me separaron de mi clase para recibir educación personalizada. Estuve así hasta primero básico. Compartía recreo y educación física con mis compañeros, pero el resto del tiempo estaba con tutores. Eso influyó mucho en mi forma de ser. Jugaba con muñecas, leía libros y hacía ferias científicas. Mi papá siempre me ayudaba con los proyectos; tengo recuerdos muy lindos de construir maquetas juntos.
En séptimo grado mis papás decidieron reintegrarme completamente a mi clase para que mi desarrollo emocional siguiera su ritmo. Fue un proceso de reaprender cómo relacionarme con gente de mi edad, hacer nuevas amistades y explorar otros intereses.
¿Hubo experiencias tempranas de liderazgo o trabajo social?
—Sí. A los 13 años, con una compañera, fundamos una pequeña iniciativa para apoyar a una organización no gubernamental llamada La Ciudad de la Felicidad, en Esquipulas. Organizamos actividades de recaudación, llevamos donaciones y convivimos con los niños. Viéndolo en retrospectiva, creo que ahí empezó todo. Luego, en high school, participé activamente en el comité estudiantil. Fui vocal académica, tesorera y luego presidenta del colegio. Organizábamos ferias, subastas y eventos para recaudar fondos. Aunque hoy me siento cómoda hablando en público, en ese entonces me aterraba. Aprendí liderazgo desde la organización, no desde el protagonismo.
Hoy la salud mental es un eje de su trabajo. ¿Por qué considera que Guatemala debe asumirlo como una prioridad?
—Porque históricamente se ha relegado. En Guatemala se habla de salud casi siempre desde lo físico, pero poco desde lo emocional. Sin salud mental no hay bienestar, no hay desarrollo y no hay tejido social fuerte. He trabajado en comunidades donde el trauma, la violencia y la pobreza impactan directamente la forma en que las personas viven, se relacionan y toman decisiones. Ignorar eso es ignorar una parte central de la realidad del país. Para mí, la salud mental no es un lujo ni un tema secundario: es una base para cualquier proyecto de país.
Estamos viviendo un momento histórico, marcado por un compromiso nacional genuino y coordinado de autoridades de distintas instituciones gubernamentales. Todo indica que estamos ante una etapa decisiva, en la que el sueño de un sistema de salud mental público comienza, por fin, a consolidarse y hacerse realidad.

¿Cómo se conecta su trabajo científico con la realidad social de Guatemala?
—Desde el inicio tuve claro que la ciencia debía servir para resolver problemas reales. No me interesa una ciencia desconectada de la gente. La neurociencia permite entender cómo las experiencias tempranas, el estrés crónico y el trauma afectan el desarrollo del cerebro y, por ende, el comportamiento humano.
Cuando uno entiende eso, también entiende que muchas conductas no se explican solo desde la voluntad individual, sino desde contextos estructurales. Eso cambia la forma en que pensamos políticas públicas, educación y salud.
A pesar de vivir fuera, Guatemala sigue siendo central en su vida. ¿Por qué?
—Porque es mi hogar. Guatemala no es solo el lugar donde nací; es el país que me formó emocionalmente. Su naturaleza, sus volcanes, su gente, todo eso es parte de mi identidad. Cada vez que regreso y subo un volcán, como el Acatenango, siento una conexión muy profunda. Me recuerda por qué hago lo que hago. Guatemala es una fuente constante de inspiración, pero también de responsabilidad.
¿Existe una tensión entre irse para formarse y el deseo de volver?
—Siempre. Hay una culpa implícita cuando te vas: la sensación de que estás dejando algo atrás. Durante mucho tiempo me pregunté si estaba haciendo lo correcto. Con los años entendí que formarme afuera no significaba abandonar Guatemala. Al contrario, me permitió regresar con herramientas, redes y conocimientos que no habría podido desarrollar de la misma forma si me hubiera quedado.
¿Cómo influyó todo ese recorrido en su forma de liderar?
—Aprendí que el liderazgo no siempre es visible. Muchas veces es silencioso, estructural y colectivo. Nunca me he sentido cómoda como figura central; prefiero construir equipos y procesos. También entendí que la empatía es una herramienta fundamental. Haber vivido distintos contextos me permitió escuchar mejor y comprender realidades diversas.
Mirando hacia atrás, ¿Qué piensa de esa niña que a los 14 años ya hablaba de neurociencia?
—Siento mucha gratitud. No por la claridad, sino por la curiosidad. Esa curiosidad fue la que me sostuvo en los momentos difíciles, cuando el camino parecía demasiado largo o solitario. Hoy entiendo que no se trataba solo de una carrera, sino de una forma de ver el mundo: con preguntas, con rigor y con compromiso social.
¿Qué responsabilidad implica hoy ser un referente?
—Una responsabilidad enorme. Significa ser coherente, cuidadosa y honesta. También significa abrir camino para otros y otras, especialmente para niñas y jóvenes que no siempre se ven representadas en la ciencia. Si algo quiero transmitir es que no hay un solo camino correcto, pero sí hay que caminarlo con propósito.
¿Qué espera dejarle a Guatemala?
—Espero contribuir a que la salud mental sea entendida como un derecho y no como un privilegio. Que la ciencia se vea como una aliada del desarrollo social. Y que más jóvenes crean que es posible formarse, regresar y transformar. Guatemala tiene un potencial enorme. Mi compromiso es seguir trabajando para que ese potencial se traduzca en bienestar real para su gente.



