Migrantes deportados en 2018: La familia del búnker

En las afueras de la Fuerza Aérea de Guatemala (FAG), tres migrantes deportados comparten su experiencia en los centros de detención en Estados Unidos que ellos sintieron como un búnker, pero donde decenas de ellos se unieron como familia para afrontar la tristeza de ver frustrado su sueño americano.

Los guatemaltecos deportados salen por el espacio de una obra en construcción. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)
Los guatemaltecos deportados salen por el espacio de una obra en construcción. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

Es mediodía. Un pequeño grupo de personas aprovecha la sombra que da la lámina perimetral de una construcción y, a pocos pasos, la ventana de una puerta de metal se abre cada cierto tiempo. Una oficial asoma del otro lado y explica a quienes van llegando que deben aguardar más, pues sus parientes aún no saldrán. Uno a uno, se dispersan bajo los árboles cercanos a la Fuerza Aérea de Guatemala (FAG) y esperan. Algunos llevan 15 o 30 minutos, otros más de dos horas.


El vuelo que esperan no tendrá la misma pompa de los reencuentros que se ve en el área de arribo del aeropuerto La Aurora, particularmente durante las fiestas decembrinas. Acá todos viajan ligeros de equipaje, algunos solo con lo que llevan puesto y muy pocos serán los dichosos de un abrazo al salir de la FAG, pues todos los pasajeros son deportados. Su avión es uno de los 11 que aterrizaron del 26 al 28 de diciembre.

“¡Abrieron la puerta!”

Hacia el otro lado de la calle hay quien avisa gritando que “¡ya abrieron la puerta”. De inmediato, vendedores, taxistas, cambistas de dinero y parientes salen al encuentro del grupo de retornados. Las campanillas de un heladero y la chicharra de un vendedor de granizadas se pierden entre el barullo.

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“¡Taxi, taxi! Hue, hue; Xela, El Trébol, Centra”, informan los pilotos. Hay más taxistas que carros porque algunos optaron por estacionar lejos para evitar multas de tránsito.

“Yo tengo Q42”, dice un compatriota deportado. Otro hace ver a sus nuevos amigos que juntos tienen Q150. Los choferes cierran negocio con los más afortunados, aquellos que coincidieron durante su detención con paisanos y reunieron lo suficiente para el viaje a la estación de buses.

En cuestión de 20 minutos la aglomeración comienza a disiparse. Quedan aquellos que llaman desde los teléfonos públicos o piden prestado un celular para avisar que han llegado al país. Así, unos esperan, otros se alejan caminando y, en una esquina, hay quienes aún resuelven su suerte mientras en otro rincón más de alguno se apostó con el semblante sombrío.

Desde el anonimato

“Yo soy de Salamá, esta es la segunda vez que me envían de regreso. Me volvieron a agarrar cruzando el río”, cuenta un joven de 21 años que no quiso dar su nombre. Dijo que a las 22 horas del jueves 28 comenzaron los preparativos para el traslado desde un centro de detención en Houston, Texas, al aeropuerto de esa ciudad. “Muchos no pudimos dormir sabiendo que a las 5 horas -de hoy- nos llevarían al aeropuerto. Llegamos a las 6.30 horas y el avión despegó dos horas después”, recuerda.

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El refrigerio abordo y el que le dieron en la Dirección de Migración fueron sus últimas comidas. Le fue difícil comer durante el vuelo porque a él, como al resto del grupo de deportados, no les quitaron las esposas sino hasta pocos minutos antes de aterrizar.

Llevaba al menos un par de días sin poder cambiar de ropa. Tampoco tenía dinero para llegar a la zona 1, mucho menos para pagar el bus a Salamá, Baja Verapaz. “Llegué sin nada, pero casi todos van para Huehuetenango. No encuentro con quién apoyarme para volver”, indica. Por fortuna un peatón supo su historia y costeó su pasaje.

“Pude llamar a mi familia hace un par de días, solo les dije que me iban a deportar, pero no sabía el día, por lo menos saben que ya voy en camino”, señala. En su muñeca izquierda aún lleva el brazalete naranja que le fue puesto dos meses atrás, recuerdo de sus últimos días de detención en un búnker donde compartió el espacio con 59 personas más.  En el mismo brazo de esa pulsera sostenía una biblia que le habían obsequiado y, en la otra, una botella de agua que prefirió guardar para las cuatro horas de viaje de regreso a su tierra natal.

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Libertad

“Este fue mi primer intento de llegar a Estados Unidos, lamentablemente me detuvieron. Los primeros días sentí fatal, fue una experiencia inolvidable pues allá lo tratan a uno como sea, en un encierro donde todo lo que se ve son cuatro paredes. Ahora que estoy de vuelta puedo sentir de nuevo la libertad”, dice otro joven, de 20,, oriundo de Granados, Baja Verapaz.

“Viajé solo, pero en el camino siempre tuve el apoyo de otros compatriotas, particularmente en el búnker. Ahí conocí a personas de la capital, de Huehuetenango y de otros departamentos. Había gente de todas las edades, desde jóvenes como yo e inclusive personas mayores. Estar unidos fue clave para no perder la esperanza. Éramos como una familia”.

Él tuvo la suerte de unirse a un grupo de deportados que reunió lo necesario para viajar en taxi hasta la estación de buses. No tenía dinero para pagar el bus, pero pudo reunirlo antes de abordar el carro.

Un papel

“Yo iba para Phoenix, Arizona. Tenía 22 días de viaje cuando me agarraron y he pasado 90 días en los bunkers. Me trasladaron varias veces de uno a otro centro de detención, en unos pasaba 15 días, en otros 20. El viaje a Guatemala lo hicimos encadenados de pies y manos, como delincuentes. Fue hasta que entramos a cielo guatemalteco que nos liberaron, poco antes de bajar del avión”.

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Oriundo de Huehuetenango, también cuenta que no les permitieron celebrar la Navidad: “el 24 nos dábamos el abrazo a la medianoche y se nos dijo que no teníamos derecho a celebrar la Navidad”.

Con 34 años, este connacional, quien también prefirió el anonimato, intentó comenzar una nueva vida en EE. U.U. pero halló una realidad que prefiere olvidar. “Los guardias nos discriminaban y gritaban. No sé inglés, pero sí reconozco las palabras soeces de ese idioma, las que emplean con nosotros. El trato era malo y la comida se sentía que era una basura. Se debería de investigar todo lo que sucede en estos centros”, comenta.

En el camino de vuelta a Guatemala fue conociendo a personas que vivieron lo mismo, no solo guatemaltecos, sino también de El Salvador, Honduras, Nicaragua y México. “Cuando se está encerrado con 60 personas en el mismo lugar es vital sentir que uno tiene con quien hablar”, agrega.

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Como otros, tuvo dificultades para colectar la cantidad suficiente para volveré a casa, pero también fue socorrido por transeúntes altruistas. Después de avisar telefónicamente a su familia que resolvió el traslado reflexionó y dijo. “Todo lo que traigo es un papel que dice que no puedo poner un pie en suelo estadounidense durante los próximos 20 años”.


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